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OPINIÓN - MARTES, 26 DE DICIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Las disputas religiosas
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Jesús Cordero, de quien hace ya mucho tiempo que no sé nada, decía, cada dos por tres, que a los clásicos hay que leerlos a edad temprana. Y yo le respondía que a los clásicos se debe acudir siempre que uno pueda dedicarles algún tiempo. Durante la tarde de Nochebuena, me dio por adentrarme en la novela picaresca y elegí el Lazarillo de Tormes. Un relato de ironía que retrata perfectamente las miserias y problemas de los siglos XVI y XVII. Y, desde luego, en su Tratado Segundo, aparece el anticlericalismo existente en la época. El cual arranca ya en la Edad Media.

Tal era así, que en Orense, en el año de 1419, los habitantes de la villa cansados de su obispo, se sublevaron, lo prendieron y lo arrojaron al río Miño. La religión católica era una creencia de muchos en una fe que no les impedía criticar ferozmente a aquellos representantes de la Iglesia que corrompían el hábito con su comportamiento.

La Inquisición luchó contra el anticlericalismo latente en hombres de gran cultura, cual Lope de Vega o Cervantes. Ambos atentos en todo momento a criticar a la Iglesia en una época de truhanes, de hambre, de epidemias... Aunque con la prudencia que los tiempos recomendaban.

Del catolicismo español, ya escribió Unamuno en su ensayo Religión y patria (1910): “En el orden religioso, toda la miseria de esta pobre España, enfangada de mentiras, es que se perpetúa una mentira: la mentira de que España sea católica... No son católicos en su mayoría los que, haciendo pública confesión de serlo, escalan los altos puestos. Y mientras esa mentira no se borre, España no acabará de ser cristiana”.

Verdad es que hay un catolicismo español muy especial. Cervantes, en una de sus novelas -Rinconete y Cortadillo-, coloca este diálogo:

“-¿Es vuesa merced por ventura ladrón?

-Sí -respondió él-. Para servir a Dios y a las buenas gentes”. Esto en cuanto al mandamiento de no hurtar. Y en cuanto al de no matar, he aquí lo que nos cuenta Díaz Plaja en Los siete pecados capitales. “En unas memorias del siglo XVII cuenta el protagonista que su enemigo derribado le gritó: ‘No me mates, por la Virgen del Carmen’. Y él contestó: ‘Has tenido suerte...: has nombrado a mi Virgen y eso te salva. Si apelas a otra, no sales vivo’. Lo cual no quita para que en España surjan los católicos doctrinales y convencidos, que van más allá de los preceptos divinos.

La religión se convierte en tema de enfrentamientos en nuestro siglo XVIII y se agiganta cuando España, tras la invasión napoleónica, se divide entre tradicionalistas y liberales. Y así llegamos a la pérdida de nuestra colonias y los intelectuales, cuando se estrena la Electra de Galdós, entienden que nuestro futuro está en descontaminar al Estado de toda creencia. A partir de entonces, se arma la marimorena y aparece en escena la obra de Marcelino Menéndez Pelayo, bendiciendo a la Inquisición. Contra sus tradiciones se estrellan Unamuno, Ortega y Gasset, Azaña...

Con la llegada de la Segunda República, en vez de cumplirse el sueño secularizador de Azaña, el ideal que acabaría tomando forma sería el de la Iglesia. Que, según dice Fernando García de Cortázar, en Los Mitos de la Historia de España, se venía preparando mucho más para recibir al franquismo que par actuar en una democracia liberal.

Durante esta navidades, están arreciando las muestras de desagrado contra los símbolos religiosos, por parte de maestros, de abogados, de padres de alumnos... Que han suscitado la respuesta inmediata y contundente de quienes defienden la postura de una España católica y tradicionalista. Donde la Iglesia exige la tutela espiritual del Estado. No escarmentamos.
 

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