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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 7 DE FEBRERO DE 2007

 

OPINIÓN / EL OASIS

Vilezas
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Hace años, hubo un delegado del Gobierno a quien su cargo político le hizo creerse con derecho omnímodo a inmiscuirse en la vida de muchas personas. Esa forma de comportarse, en alguien que aún no digería muy bien la democracia, empañaba actuaciones suyas merecedoras de elogios.

Sí, ya sé que nadie es perfecto. Pero aquel hombre se ideó una forma de controlar a cuantos estaban bajo su mando, que dejaba mucho que desear. Cierto es que para poner en práctica su meditada estrategia, necesitó de la ayuda de la prensa y, concretamente, de algún profesional dispuesto a colaborar con él.

El profesional, ávido de destacar en una ciudad que le era desconocida y a la cual llegó por puro azar, vio el cielo abierto cuando le dijeron que iba a cumplir un papel relevante a la vera del todopoderoso señor afincado en la plaza de los Reyes.

Aquel día, cuando el editor le comunicó de qué manera había sido elegido para una misión tan importante, lo primero que hizo el periodista fue llamar a su tierra para decirle a su gente la alta confianza que habían depositado en él. Y todo porque se había trabajado muy bien su fama de discreto.

Los padres de la criatura, ante tan buena nueva, dieron rienda suelta a su alegría y pensaron que su niño había necesitado apenas unos meses para convertirse en alguien tan destacado y en una ciudad tan compleja como Ceuta. Y hasta bromearon entre ellos acerca de la parte alícuota que les correspondía en la inteligencia heredada e indiscutible que estaba demostrando el chaval.

Parece ser que las relaciones entre el delegado del Gobierno y el periodista fueron siendo cada vez mayores y acabaron por convertirse en una práctica diaria. El trabajo del plumilla consistía en ser receptor de todas las miserias que desde la Delegación del Gobierno le contaban de miembros pertenecientes a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Actuaciones erróneas; modos de vida; carácteres; ineficacias... Y, sobre todo, el periodista se permitía el lujo de amonestar, bien en la sección de rumores o por medio de una crítica sin personalizar pero certera como mensaje, a quienes ya habían sido señalados por el jefe político. Con lo cual le evitaba a éste tener que enfrentarse cara a cara con los que no estaban cumpliendo con sus obligaciones. Es decir, que el periódico servía como elemento de difusión de acusaciones y amenazas veladas.

A medida que pasaban los días y el invento funcionaba, ambas partes decidieron que por qué razón no usarlo con todos los políticos, sin excepción. Y hasta llegaron a la conclusión, en vista del éxito, que tampoco estaba mal controlar la vida de ciertos ciudadanos. Ni que decir tiene que el periodista era invitado cada dos por tres a comer en la casa gubernamental. Y allí, entre plato y plato, se contaban vida y milagros de las personas sometidas a vigilancias.

Ante tanta información y halagos, el finchamiento del profesional de la pluma fue aumentando y llegó a creer que en la ciudad él era ya tan importante o más que el propio delegado. Y en vista de ello, el editor del medio, que disfrutaba de lo lindo con el papel que desempeñaba su empleado en la vida local, hablaba y hablaba de cómo había acertado plenamente en situar a su hombre en sitio preferente: nada más y nada menos que a la derecha del virrey de la ciudad. Que así lo llamaba él.

Un día, de tanto escupir las partes hacia arriba, los lapos les cayeron encima. Aquellos polvos, es decir, actuaciones tan rastreras, han traído estos lodos que ahora parecen escandalizar incluso a quienes reían abiertamente el daño que causaban aquellas vilezas. Dejen, quienes lo hacen, de divulgar rumores, de cizañar, y de causar tanto daño a las instituciones.
 

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