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OPINIÓN - MARTES, 27 DE FEBRERO DE 2007

 

OPINIÓN / EL OASIS

Listas electorales
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Hubo una época, de ya hace bastantes años, que fui testigo de cómo los militantes de los partidos políticos se pegaban al costillaje de los barandas para ganarse su confianza y tener posibilidades de ir en las listas electorales. Se daban situaciones en las cuales uno sentía vergüenza ajena y procuraba hacerse el lipendi. Y es que resultaba bochornoso ver, un día si y el de en medio también, a hombres como trinquetes esperando la llegada de quien podía convertir en realidad sus aspiraciones. Que eran las de ser concejal del Ayuntamiento a cualquier precio.

Los había que alegaban sus muchos años ejerciendo de pegadores de carteles, amén de otros trabajos de intendencia, para gritar que ya les había llegado la hora de que se les pagaran sus desvelos en favor de la causa. Y no se cortaban ni un pelo en airear semejante bagaje para postularse como favoritos cual aspirantes a obtener un cargo público.

Aquellas personas, cuando España comenzaba a vivir su democracia, estaban sometidas a la tiranía de quienes manejaban las riendas de los partidos. Y daban la impresión, casi siempre, de ser felices convertidos en verdaderos machacantes de quienes podían otorgar sinecuras y cargos milagrosos.

Podría contar anécdotas, muchas, que más que risas me causaban tristeza. Un cierto deje de amargura al comprobar de qué manera alguien podía caer tan bajo ante quien, en cuanto le era posible, se burlaba de tales sumisiones y hacía las gracietas oportunas al caso. Una manera malévola de hacerse notar ante otros que no dudaban en seguirle la corriente con el mismo propósito de los entonces ofendidos.

Algunos conseguían el objetivo. Aunque lo pagaban a un precio muy alto. Otros se quedaban en el camino. Mientras los dirigentes gozaban plenamente de saber que contaban con aquella servidumbre dispuesta a todo.

Es verdad que los años ochenta quedan ya muy lejos y que las circunstancias concurrentes son otras. Mas no creo que muchos militantes hayan perdido la costumbre de convertirse en lameculos de quienes están facultados para hacer posible que se cumplan sus deseos: ser diputado de la Asamblea, o bien ser nombrados para cargo de poco trabajo y disfrute de una nómina de aupa.

Así, imagino que los dirigentes de los partidos estarán ya siendo sometidos a un marcaje implacable por parte de cuantos se han propuesto participar como candidatos en las elecciones. Lo cual debe de cansar tanto como eso de firmar autógrafos todos los días.

Y es entonces cuando pienso en Pedro Gordillo, Antonia María Palomo, Juan Vivas, etc, y me compadezco de ellos. Porque hay que echarle muchas ganas y paciencia a raudales, para poder aguantar todos los días a quienes están emperrados en que se les conceda la oportunidad de su vida.

De Pedro Gordillo me consta que está hasta los dídimos de un fulano cuyo andar de lado lo hace peligroso. Y es así porque cada dos por tres se le mete en su despacho para recomendarle nombres que han de formar parte de las listas. Y, de paso, faltaría más, hacerse su artículo a fin de que se le premie también a él.

PG, para recuperar su humor, cualquier día nos sale diciendo, con ánimo de que el fulano que le da la tabarra lo deje tranquilo, que cuando habla con un político lo que quiere es encontrarse con un político y no con un meapilas empeñado en explicarle cómo debe dirigir el partido.

Juan Vivas, en cambio, sabe desde hace ya mucho tiempo que el tonto, con vocación de sacristán, no es bueno ni agradecido. Antonia María Palomo puede decir a boca llena que no comulga con el sujeto.
 

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