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sociedad - DOMINGO, 1 DE ABRIL DE 2007


Menores inmigrantes. M.Z.

REPORTAJE / LOS CUATRO MENORES QUE LLEGARON DE SENEGAL
 

“Hemos venido a España
a cambiar nuestra vida”

Integrados y empezando a dominar
el castellano, cuatro menores senegaleses trasladados a Ceuta desde Canarias
el invierno pasado recuerdan su odisea
en el mar y explican sus planes de futuro

CEUTA
Gonzalo Testa
gonzalotesta@elpueblodeceuta.com

Se llaman Ngagny, Ousman, Modou y Saba y son senegaleses. Tienen oficialmente diecisiete (los dos primeros), quince y doce años, según las pruebas antropométricas que se les realizaron el verano pasado en Canarias, donde desembarcaron tras viajar durante más de una semana junto a centenares de compatriotas en pateras en las que estuvieron a punto de perder la vida y el juicio.

En el archipiélago pasaron entre cinco y tres meses, según el caso, esperando el momento en el que un avión los trasladase a la península para llegar a Barcelona, su sueño africano, una ciudad ideal, según siguen pensando ahora, para “cambiar nuestra vida”. Sin embargo, cuando a finales de septiembre del año pasado los representantes de las Comunidades Autónomas en el Consejo Superior de la Inmigración manifestaron su disposición a acoger a parte de los cerca de mil inmigrantes menores de edad no acompañados (MENA) que llegaron a las islas en 2006, cuando no estaban preparadas para atender a más de cien, a ellos les tocó volver a África.

Lo recuerdan ahora, con una sonrisa, los miembros del equipo técnico del centro Mediterráneo [además de este en Ceuta hay otros dos, con una capacidad máxima operativa en total para albergar a unos 200 menores extranjeros], unas instalaciones con casi dos décadas de antigüedad destinadas en principio a acoger menores de edad ceutíes que, en función de las necesidades del momento, también alberga jóvenes inmigrantes. Ahora mismo conviven en él subsaharianos, asiáticos, magrebíes y españoles de ambos sexos con menos de 18 años.

“Los chavales subsaharianos llevan la península en la cabeza y, cuando aterrizaron en Ceuta [previo viaje en helicóptero desde Málaga], otra vez con el Estrecho de Gibraltar de por medio, lo vivieron como un engaño, tal vez también por falta de información”, explican en el centro.

El caso es que cuando los cuatro senegaleses llegaron a la ciudad autónoma, tres de ellos en noviembre y otros dos en enero [el que falta del grupo fue trasladado al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) local en diciembre al cumplir 18 años] no quisieron ni deshacer sus maletas. Con los rudimentos de español que habían aprendido en Canarias se plantaron en el despacho del director del centro y le dijeron que no, que no habían pasado todo lo que habían pasado para volver a África, aunque fuese en helicóptero, otra vez con el mar entre ellos y la utopía europea.

Ahora, aún sin mucha ilusión, se confiesan más contentos. “No me gusta Ceuta, me gusta este centro; tengo amigos, compañeros...”, dice entre las risas de los técnicos del centro Ousman, extrovertido, que hilvana frases en español mucho mejor que sus compañeros, con quienes ejerce sin pudor de traductor. En las instalaciones ceutíes él y los demás menores reciben ropa, calzado, champú, pasta de dientes y todo lo necesario para cubrir sus necesidades básicas. Además, los viernes, cinco euros por cabeza que el grupo dedica sin excepción a comprar tarjetas telefónicas para hablar, en rotación rigurosa, con sus madres, otros familiares y amigos de Senegal.

“Aquí la vida es más fácil”, corrobora Ngagny mientras Ousman muestra el teléfono móvil que compró en Canarias ahorrando los 30 euros que recibía en las islas como ‘paga’ semanal para cubrir también todas las necesidades que en Ceuta ven satisfechas directamente en el centro

En el equipo técnico y directivo del área de Menores de la Ciudad Autónoma también están “muy contentos” con ellos. “Son muy maduros, tienen muy claro lo que quieren y no son conflictivos; sólo quieren que pase el tiempo, trabajar, salir adelante y ayudar a sus familias”, explican, con lo que mantenerles ocupados e interesados aprendiendo el idioma y cualquier otra capacitación profesional básica a este lado del Estrecho, mientras pasan los nueve meses que habitualmente les permiten acceder a los ‘papeles’ para quedarse en España, es su tarea primordial.

Hasta la fecha cumplen con creces. Todos ellos están “muy bien integrados” en el centro y fuera de él. Los tres mayores están en programas de Garantía Social y acuden a diario a clase y a una imprenta local a hacer prácticas. Aún no ganan dinero para enviarles a sus familias a Senegal. Pero la España europea, desde Ceuta, sólo con que se retire el viento de Levante y aparezca el de Poniente, que despeja el horizonte y deja el peñón de Gibraltar casi al alcance de la mano, se ve mucho más cerca.

Hasta el último paso


“Aquí les ayudamos y les acompañamos hasta el último paso, que es embarcar en el ferry que les lleva a la península cuando los reclama algún familiar [Saba tiene a su padre en Francia] o reciben la documentación necesaria para quedarse en nuestro país legalmente”, explican en el centro. Entonces, el personal del Mediterráneo llama a la Policía, les entrega su billete y les dicen adiós.

Ousman y Ngagny son, por edad, los que más ansían dar ese último paso. Llevan pensando en él desde que salieron de Senegal. El segundo llegó a Canarias en la misma patera que Modou, al que no conocía pese a vivir en el mismo pueblo, cerca de Saint Louis, una de las ciudades más ‘desarrolladas’ del país.

Los dos mayores, que ya trabajaban a sus dieciséis años de sol a sol en la pesca, el viaje les salió gratis porque “sabíamos dónde había que embarcar, cómo y con quién”. Los casi doscientos senegaleses que les acompañaron en un viaje que dura entre 7 y 10 días, según la climatología, abonan “unos 300.000” francos locales, aproximadamente 500 euros, “mucho dinero”. Ousman compró para la travesía dos cartones de tabaco, algo de comida y agua.

“En el barco sólo se come arroz y media copa de agua, cuando se puede, al día”, explica Ngagny. “Nosotros”, le apunta Ousman, “sabíamos lo que es el mar porque llevábamos tres años trabajando en el pescado. Saba y Modou, que no lo sabían, se pasaron dos días vomitando. No es, con todo, lo peor. Ousman trata de explicar, en un relato confuso donde se mezcla el miedo a lo desconocido con tintes de religiosidad tribal, que en “el barco”, porque en Senegal no saben lo que es una “patera”, hay “demonios que quieren hundirlo” a los que hay que “maniatar”.

“Un viaje de hombres”


Tal vez por ello, ninguno piensa, al menos ahora, que repetiría el viaje. De hecho, ni siquiera se lo recomiendan a sus amigos cuando les llaman por teléfono [“no queremos que les ocurra lo mismo que a nosotros; este viaje es cosa de hombres, muy difícil”, dicen muy serios], aunque a ellos sí se lo aconsejaron el verano pasado, pocos meses después de que comenzara a llegar la marea inmigrante a Canarias, cuando desde los alrededores de Saint Louis salían “dos o tres barcos a la semana”.

“Los mayores se fueron primero; después llamaban y nos decían ‘No hay problema’”, recuerda Ousman, que el agosto pasado [llegó a Canarias el día 11 de ese mes] compaginaba su trabajo en el sector pesquero con la recogida de piedras para la construcción con el fin de que, huérfano de padre, su familia pudiese salir adelante.

A su madre no le hizo ninguna gracia su plan de viaje pero Ousman, como Ngagny, al que le han llamado mucho la atención las artes pesqueras de Ceuta, con caña, nada que ver con el largo sedal al que ataba un anzuelo cada dos palmos para esperar toda la noche antes de ver si había picado algo, lo tenía muy claro: Canarias y después la península, ideal si es Barcelona, era el camino más fácil para “cambiar de vida”.

Puestos a hablar de cambiar de vida, Ousman es una voz autorizada. Salió de Senegal contra los consejos de su madre con dos cartones de tabaco en el macuto que repartió con todo el pasaje y, nada más llegar a Canarias, dejó el hábito. “Cuando llegué a España me puse a pensar y me di cuenta de que tenía que cambiar”, recuerda antes de soltar su declaración de intenciones: “Yo no voy a tener nunca problemas en España; cualquier trabajo lo quiero hacer menos robar o vender drogas y voy a intentar ganar dinero para ayudar a mi familia y regresar a mi país, pero no a gastarlo, sino a hacer algo bueno por él, a hacer muchas cosas para que los demás también puedan trabajar”.

A Modou, típicas rastas africanas, extremadamente tímido, también le gustaría volver a su país cuando haga cierta fortuna “en Francia”. Ngagny se inclina, cuando le dan a elegir, por Murcia. A Saba, el más pequeño, que estudiaba árabe antes de subirse al barco, le sigue fascinando Barcelona.

A él le quedan, salvo que su padre o algún otro familiar lo reclame antes, seis años en los centros de acogida para MENA de Ceuta, al borde de su capacidad máxima operativa desde hace años y sin perspectiva de grandes mejoras. Ngagny y Ousman cruzarán el Estrecho, a más tardar, en un año. Entonces terminará de empezar a cambiar su vida de verdad, esta vez si, por fin al otro lado del mar.
 

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