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OPINIÓN - SÁBADO, 14 DE ABRIL DE 2007

 

OPINIÓN / EL OASIS

Banderas e himnos
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Los nacionalistas vascos y catalanes -los gallegos siguen aún con sus instintos larvados- nunca dejarán de abominar de todo lo español. Y esa aversión que sienten por la lengua y por los símbolos de España, no debería ser motivo, a estas alturas, de ningún tipo de debate. Puesto que no se puede exigir afecto allí donde el desafecto reina como distintivo de cuantos no quieren ser españoles.

Los símbolos nacionales son aquellos que un país adopta para representar sus valores, metas, historia o riquezas y mediante los cuales se identifica y distingue de los demás; además de aglutinar en torno a ellos a sus ciudadanos y crear un sentimiento de pertenencia. Con lo cual la cuestión está más que clara. Los nacionalistas vascos y catalanes tienen con España el mismo problema, un poner, que esos hombres o esas mujeres obligados a casarse con quienes detestan y a los que se les impidiese el derecho a divorciarse. De ahí que sea una pérdida de tiempo el poner el grito en el cielo cada vez que los tales nacionalistas tratan de zaherirnos con sus desplantes y sus faltas de respeto.

De hecho, ya Ortega y Gasset habló de que España tenía que acostumbrarse a conllevar, en su acepción de soportar, a Cataluña. Es decir, a los catalanes nacionalistas. A quienes, desde que nacen, comienzan a inculcarles que ser español es lo último que se puede ser en esta vida.

Algo así es lo que debió decirles el entrenador de ese equipo de benjamines del Barcelona a los chavales para convencerles de que no salieran al césped hasta que hubiera finalizado el himno nacional. Un himno que los niños del equipo valencianista, sus adversarios, oyeron en un campo portugués, con la emoción que tal ceremonial debe causar a los ocho años.

El caso ha propiciado ya algunos comentarios, pocos, por supuesto; porque, al margen del hastío que las acciones catetas y reiterativas producen, no es menos cierto que tampoco corren buenos tiempos, en relación con los símbolos, en la Federación Española de Fútbol.

Lo sucedido, y publicado a finales de marzo y principios de abril, lo tengo escrito en la libreta donde suelo mantener los datos que pueda ir necesitando en el momento adecuado. Y en vista de lo ocurrido en Portugal con el himno, he decidido referir el asunto de la bandera española, durante una conferencia de prensa dada por Luis Aragonés. El viernes anterior al enfrentamiento con los daneses, los periodistas observaron que en el salón donde apareció el seleccionador, estaba la bandera de Andalucía, la de Canarias y la Cántabra; la de Extremadura, la de la Rioja, la de Navarra, la de Galicia. Estaban todas, a excepción de la bandera de España.

Preguntado al respecto Jorge Carretero, portavoz de la FEF, dijo lo siguiente: “La falta de la bandera no era debido a un complot o a la mala fe sino a que ese mismo día, una empresa extranjera que había alquilado el local de al lado para impartir unos cursillos había pedido la bandera y la federación, solícita donde las haya, se la había cedido y no la habían devuelto”.

Los periodistas le recordaron al portavoz que lo mismo había ocurrido en el mes de diciembre pasado, durante la celebración de la copa navideña ofrecida a los medios. Y que en esa fecha alegaron que había bandera, pero que ésta carecía de mástil donde colocarla.

Que a Ángel María Villar, vasco él, no le importen que esos hechos se produzcan en la FEF, no me causa ningún motivo de preocupación. Pero que al presidente de la Federación de Fútbol de Ceuta y Melilla, con lo que es él para estas cosas, no se le haya oído decir ni pío al respecto, más que extrañeza me causa risa. Y es que el miedo, a según que cosas, es libre y hasta perdonable.
 

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