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OPINIÓN - DOMINGO, 15 DE ABRIL DE 2007

 

OPINIÓN / ESPAÑA CAÑÍ

El último padrenuestro
 


Nuria Van Den Berghe
nuriavandenberghe
@elpueblodeceuta.com
 

La realidad española, a nivel informativos, parece haberse convertido en un inconmensurable suceso. Será porque, los políticos, aburren hasta la náusea con su convencionalismo y esa especie de contención pausada, que debe de ser pactada, porque, hasta cuando discuten suenas pacatos y se echa desesperadamente en falta el verbo racial de un Don Manuel Fraga o de un Alfonso Guerra, dos tipos que, cada vez que movían la sinhueso, daban con cada frase, material para un titular.

Los de las televisiones saben que, la única manera de que, los anunciantes se publiciten y les den dinero a ganar es, o con morbo, sangre y crímenes abominables, o con casquería del corazón y chismografía y chusmografía de cola del supermercado. Pero, dentro de la crónica negra cotidiana, hay sucesos que hielan las tripas más que otros. Y que escuecen como una quemadura de tercer grado. Hablo, en este caso, del asesinato del anciano sacerdote de Murcia, un pobre cura que se gastaba sus escasos haberes en socorrer a todo aquel que acudía a su casita. ¿Con qué medios podía contar el hombre de Dios? En absoluto con los fondos de la banca Vaticana, ni con los dineros del Obispado, su pensioncilla miserable, que, seguramente no llegaba a los quinientos euros y las pocas limosnas que conseguía rascar de los vecinos caritativos, no para gastárselas en el bingo, sino para materializarlas en pan y leche, en los avíos para los bocadillos de los pobres que llegaran mendigando un mendrugo y en poner malamente un puchero para que, las criaturas, se reconfortaran el pecho con un caldito caliente. Dicen que, el viejo sacerdote, para dar lo poco que tenía, pasaba hambre, que si tenía que brindar su catre a un desheredado no lo dudaba y dormía en una silla y los escasos euros se evaporaban en manos desesperadas. “Dar de comer al hambriento. Dar posada al peregrino…”. Y si me lee mi hermano Hamadi Amar Mohamed, Mario, que tanto sabe del verbo “dar a quien nada tiene”, sabe como musulmán, las tripas con las que, como cristiana, estoy escribiendo estas frases. Porque el viejete fue encontrado por una vecina maniatado a una silla, torturado y asesinado. Precisamente por aquellos a los que ofrecía, sin dudarlo, el último cuenco de puchero, aunque el sacerdote se acostara aquella noche sin más alimento, o con el inmenso alimento de un padrenuestro y tres Avemarías, que dicen que, la oración, llena el alma y el estómago vacío y sacia el espíritu como el manjar más exquisito. Pero la barriga cruje y, al día siguiente, el poco de café se le da también a otro, que eran muchos quienes acudían a lomos de la miseria y tocar a las puertas del padre cura.

¿Qué quienes le asesinaron? Pues tres hijos de puta, que el buen Dios confunda sus almas, un español y dos rumanos que habrían ido a la humilde casa en busca de limosna y, pese a ver lo que allí se cocía, la necesidad, la pobreza que se respiraba en la morada del siervo del Señor, no dudaron en maniatar al viejo, hacerle sufrir y matarle. ¿Para que? ¿Pensaban tal vez que el anciano guardaba en una caja fuerte los dineros de la diócesis? De que, nada tenía, eran conscientes esos cerdos psicópatas, de que, caso de haber tenido lo hubiera dado, como siempre, eran conscientes también. ¿Para que el mal por el mal? Como diríamos nosotros y lo digo con el alma ¡Malditos sean los muertos arrastráos de los asesinos! Y tan solo les deseo que, en el talego, con el código moral que tienen los presos, todos se enteren del por qué están allí, que les van a meter la mundial. Pero, ni la justicia más poética me apaga el helor al figurarme los últimos momentos de la vida del viejo cura. El terror que sentiría el anciano ante esa Vía Dolorosa, por mucho que se identificara con aquel judío de treinta y tres años que también fue torturado por no hacer más que el bien y enseñar una doctrina de amor. Hiel y acíbar endulzadas hasta ser malvasía, con el último padrenuestro. Porque sé que, el hombre de Dios murió con una oración en los labios. Y el perdón en su corazón.
 

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