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OPINIÓN - VIERNES, 20 DE ABRIL DE 2007

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

La legión de hipócritas (I)
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Cuidado con presentar la vida al dios de la inocencia, una legión de hipócritas andan al acecho, y éstos si que rompen todas las líneas rojas, dispuestos a morder doquier débil existencia y luego lavarse las manos como si nada hubiese ocurrido. Sus hazañas, en esta falsa sociedad del saber, donde unos saben ser más pillos que otros, son continuas y constantes ¡Cómo salpica el ventilador de la corrupción! Parece como si nadie estuviese libre del pecado. Qué pena. La corrupción del alma, más vergonzosa que la del cuerpo, suele perdernos entre la fábula y el dolo. Los farsantes ya se encargan de montarnos el teatro, prometiéndonos días de gloria para siempre. Rechazo su invitación.

Lo que pasa en este coliseo de títeres, es que se cuidan mucho los gestos para no dar que pensar. Y así, lo que pudieran parecer vestiduras áureas y brillantes que dejan entrever una personalidad notable, en cuanto a níveo corazón y señorial sentimiento, esconden tras de sí, espíritus engañadores en boca de doctrinas diabólicas. En realidad estos falsarios lo que ellos sueñan es poseer el mundo a sus pies y a nosotros como servidores. Claro, ahora comprendo, porque el mismísimo Dios es un estorbo para sus poderes. Suelen esconderse en una tolerancia que no es tal, sino pura hipocresía, en unas libertades fingidas y en una justicia que donde verdaderamente funciona suele ser en el sector de los excluidos. Vista la epidemia de enredadores que nos rondan, uno llega a sentir verdadera nostalgia de un mundo más poético; un mundo donde los seres humanos cultiven la autenticidad sin miedo a nada, donde las acciones se correspondan con la ética, la ética con la estética y las ideas con la coherente sabiduría. Un conocimiento que debiera ser un bien público de obligado cumplimiento en todas las sociedades para no caer en las envenenadas redes de los farsantes.

De un tiempo a esta parte, lo que se ha avivado es la imagen de conflicto endémico, el desconcierto sistemático, el caos y el desorden mayúsculo, la confusión y la desorganización permanente. Sólo hay que sentarse un rato en el andén de la vida y ver lo que pasa. Ya no digo nada cuando la noche llega y comienzan los insensibles lobos sus batidas, dispuestos a tomar la calle como suya y también nuestras habitaciones del silencio. Imagínense lo que nos puede deparar el futuro, sino alumbramos otro tipo de conciencias más sanas. Por lo pronto, algunos padres desesperados ya no pueden más y tienen que denunciar el maltrato que sufren por parte de sus propios hijos. Lo peor es que la escuela puede corregir bien poco estas salvajadas, cuando el mundo de los deberes apenas existe en el aluvión de derechos. Perdido el norte de las obligaciones, la honradez y el respeto, no hay brújula educacional que nos salve del cataclismo. La verdad es que la ciudadanía en una sociedad que potencia las apariencias, donde nadie se fía de nadie, es poco reeducadora. Más bien lo empeora todo.

La colectividad irradia más vicio que virtudes y más actitud hipócrita que modos sinceros. Así crecen las maldades. O sea, la fantasía ideológica. Lo más reciente, la supuesta tumba de Jesús. Menos mal que al final todo sale a la luz, incluso las cosas más recónditas y secretas. Los aguijones del fingimiento, de la manipulación descarada, son un mal del siglo. Siguen clavándose en conciencias débiles, en aquellas mal cultivadas o educadas. Por ello, nos hace falta más que nunca una sólida formación para el discernimiento.
 

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