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OPINIÓN - MARTES, 26 DE JUNIO DE 2007

 

OPINIÓN / EL OASIS

Endika Gurrotxena
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

El miércoles pasado, la selección vasca de fútbol disputó en Venezuela su primer partido fuera de España desde 1938. Los jugadores portaron pancartas reclamando la oficialidad de su equipo. Y la plataforma de apoyo, ESSAIT, pidió ayuda al presidente Hugo Chávez. Al frente de esa plataforma iba Endika Gurrotxena: ex jugador del Athletic Club de Bilbao; dirigente de la Mesa Nacional de la suspendida Batasuna; y futbolista cuyo mayor logro profesional fue marcarle un gol, el de la victoria, al Barcelona, en la final de la Copa del Rey de 1984.

Leída la noticia de lo ocurrido en Venezuela, fechas atrás, se me hizo presente el año de 1982 en un santiamén. Se detuvo el tiempo en aquel verano de una España donde se celebraba un Mundial de Fútbol y a mí me había contratado la Agrupación Deportiva Ceuta, como entrenador.

Nada más arribar a esta ciudad, recibí una llamada de Manolo Delgado Meco. Preparador físico del Athletic y hombre fuerte de las instalaciones deportivas de Lezama y a quien conocí cuando llevaba pantalones cortos en su pueblo: Alcázar de San Juan.

Delgado Meco, por si alguien no lo sabe, fue además un guardameta extraordinario, perteneciente al Real Madrid y al que una lesión grave, jugando cedido en el Rayo Vallecano, le apartó del fútbol. Si bien se convirtió, en nada y menos, en uno de los más prestigiosos licenciados del INED.

Pues bien, fue este hombre quien me pidió, encarecidamente, que hiciera todo lo posible por darle la oportunidad a Endika de jugar en la ADC. Ya que al estar en Ceuta cumpliendo sus deberes militares no quería que estuviese una temporada inactivo.

Al preguntarle por el carácter de Endika, el preparador físico del Athletic me contó que era un chaval disciplinado pero introvertido. Espero que tú, dada tu forma de ser, lo ayudes en todo lo que puedas, me dijo.

En cuanto colgué el teléfono, empecé las consiguientes indagaciones y gracias a un jefe militar, siempre dispuesto a ayudar al equipo local, Endika se unió a la plantilla en el menor tiempo posible.

Aquel vasco, serio y retraído, apenas hablaba con nadie y tampoco ponía el menor interés a la hora de entrenarse. Procuré, por todos los medios, que el mero hecho de ser soldado no influyera en un rendimiento negativo. Mas el tiempo transcurría y los aficionados no cesaban de gritarle a Endika su falta de rendimiento en el césped.

Cayó mal el jugador vasco y yo hube de defenderlo de unas críticas que iban minando su moral y quitándole las ganas de vivir en esta ciudad. Y, sobre todo, aguanté estoicamente las broncas de un público que me reprochaba su alineación.

Un día, en una de las charlas que yo mantenía con él, para tratar de recuperarlo, me respondió con más claridad que nunca antes lo había hecho: “Yo no sé cómo usted es capaz de aguantar a estas gentes...”. Mi respuesta no se hizo esperar: “Estas gentes son mis gentes. No olvide usted que yo he nacido a un paso de esta tierra”.

A partir de entonces, comenzó a eludirme y ya no me tenía la fe que él le había comunicado tenerme a Delgado Meco. Luego me llegaron unos informes militares que me desagradaron en extremo. Y aprovechando que un domingo llegó tarde a la cita de un partido, sin razones evidentes, y otros comportamientos inconcebibles, prescindí de sus servicios. Aunque jamás le negué que se entrenase con nosotros.

El final de lo sucedido, entonces, me lo reservo; pero debo decir que jamás me alegré del gol que le marcó al Barcelona y que le supuso un título al Athletic. El tiempo me ha ido dando la razón. El muchacho tenía peligro. Pues era ya un... antiespañol.
 

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