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OPINIÓN - DOMINGO 2 DE SEPTIEMBRE DE 2007

 

OPINIÓN / EL OASIS

Debilidad mental
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Ocurrió cuando principiaban los años sesenta en un Madrid al cual acudíamos quienes necesitábamos buscarnos los “grabieles”.

Era cuando en el Bar Club, sito en el pasaje de la calle de la Victoria, nos reuníamos todos los jóvenes con ambiciones de destacar en una España donde aún escaseaba el trabajo y los temporeros pasaban más tiempo jugando al futbolín que currelando.

Comer pollo en aquel Madrid era un artículo de lujo y había que hacer malabares para poder ser cliente asiduo del asador gaditano. Yo tuve la suerte de enrolarme bien pronto en el Conquense: equipo que acababa de inaugurar un buen campo y donde me pagaban bien y a tiempo.

Contaba con la confianza del entrenador y hasta me designó como capitán en algunos partidos. Lo cual no me impedía reconocer que el técnico era de una rusticidad apabullante. Tosquedad que trataba de disimular dándonos charlas en las que predominaban las faltas de ortografías más gloriosas que yo haya visto nunca.

Un día, en Aranjuez, en la Rana Verde, restaurante de buen ver, nos reunió alrededor de él para darnos el habitual mitin previo al partido. Fue entonces, aprovechando la antesala del discurso, cuando dos compañeros me propusieron que tratara de corregirle la acentuación de un vocablo con el que siempre abría su perorata.

Los dos compañeros eran universitarios y alegaban que les causaba vergüenza ajena oírle pronunciar al entrenador “unisono” en vez de unísono. Adjetivo que nunca faltaba para decirnos que había que luchar todos en conjunto y armonía.

Yo conocía muy bien la forma de ser del entrenador: contumaz en el error. Y, por tanto, estaba seguro de que amén de que no admitiría la sugerencia podría mi intervención costarme muy cara. Por lo cual les dije a mis compañeros que, en vista de su autoridad como estudiantes de Derecho, eran ellos los más cualificados para hacerle la observación. Y así lo hicieron. Pues bien, de nada les valió actuar con el tiento apropiado. Ya que el entrenador, todo iracundo, gritó que a él nadie le enmendaba la plana. Y mucho menos unos niñatos. Lo siguiente fue que ambos estuvieron sin jugar varios partidos.

Viene a cuento lo relatado, porque la actitud de aquel entrenador guarda semejanza con un articulista local (!), que es también presidente de la Federación de Fútbol de Ceuta. Éste, al corregirle algunos de sus innumerables despropósitos ortográficos, con caridad cristiana, suele salir despotricando. Y pidiendo, además, pruebas de academicismos para poder decirle a él que su escritura mancha el periódico decano. Cuando lo lógico en tales casos es que acepte sus errores y sanseacabó. Ya que está claro que Dios, ese Dios tan suyo, no se ha mostrado generoso con él a la hora de concederle las aptitudes mínimas para que pueda expresarse bien por escrito. Todo no se puede tener: es decir, escribir bien y encima hacer las cuentas del Gran Capitán con los dineros de la Federación.

He aquí un ejemplo de una de sus últimas barrabasadas gramaticales y que ha servido, una vez más, de cachondeo, y a mí me ha dado mucha pena y por ello trato de pedirle que se enmiende o lo deje.

Artículo publicado, el 23 de agosto, en El Faro. Título: La tiburona y su crisis (sic). Párrafo donde trata de mofarse de una andaluza: Magdalena Álvarez. “Por su forma de hablar, tengo la impresión que es andaluza, vamos, de Andalucía, lo que no sé de que pueblo o ciudad es nacida, pero sea de donde sea, lo que no hay duda que es andaluza”. Y el tío se quedó tan pancho.

A mí sólo me cabe decir que el tal articulista (!) tiene debilidad mental. Y que le vendría muy bien leerse la gramática cien veces. Cada dos por tres.
 

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