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OPINIÓN - DOMINGO 2 DE SEPTIEMBRE DE 2007

 
OPINIÓN / COLABORACIÓN

El psicópata

Por Manuel de la Torre


Sus padres lo encontraron muerto en la cama. Habían estado una semana fuera de la ciudad, y a su regreso vieron horrorizados cómo el cadáver de su hijo olía ya lo suyo. Claro que como vivían en el extrarradio, nadie podía pensar que Julio llevara ya días yaciendo más frío que el mármol.

También es verdad que poca gente podía echarle de menos. Sus compañeros de trabajo sabían que estaba de vacaciones y como amigos, lo que se dice amigos, apenas se le conocían, pues allí podía haber estado todo el tiempo del mundo. En fin, que el suceso despertó cierta atención, pero sin que adquiriera visos de sensacionalidad.

Pero un hombre cayó en la cuenta de que aquella muerte podía ser el comienzo de otras más y la preocupación se apoderó de él. Era el inspector Salinas. El cual estaba al frente de homicidio. Contaba con una hoja de servicios extraordinaria y una capacidad de intuición reconocida por todos, que le había proporcionado magníficos resultados en sus muchas pesquisas.

La muerte de Julio, según el dictamen del forense, databa de hacía cinco días y se había producido por desnucamiento. Como consecuencia de un golpe dado con la mano por un experto en artes marciales. Tras la autopsia, el inspector Salinas comenzó a indagar sobre la vida del asesinado y obtuvo respuestas que bien pronto le marcaron el camino que debía seguir.

De carácter introvertido y físicamente vulgar, luchaba Julio denodadamente contra su homosexualidad. Hijo único, basaba sus miedos en lo que dirían sus padres el día que se enteraran de sus inclinaciones. Sobre todo su padre: hombre apretado donde los hubiera y a quien siempre había oído decir que el sitio de los maricones era la cárcel, pelados al cero y con una buena dosis de aceite de ricino.

Con esos miedos terribles, y sabedor de que cuando la ciudad era visitada por el hombre más importante de España todos los maricas fichados sufrían el castigo del cual tanto hablaba su progenitor, no se le ocurrió nunca darse a conocer en los ambientes frecuentados por los de su condición. Aunque sus compañeros de trabajo conocían sobradamente sus inclinaciones y, cómo no, su más que amistad con Anselmo.

Con su pericia investigadora, el inspector consiguió que Anselmo le pusiera al corriente de ciertas cosas fundamentales acerca del muerto. Mantenían relaciones, sí; pero antes de su muerte hacía ya dos semanas que Julio no quería saber nada de él. Incluso se atrevió a decir que lo encontraba excitado, fuera de sí; o sea, bastante rarito…

El verano estaba en todo su apogeo. El calor hacía mella de lo lindo. El inspector Salinas comía en silencio, atendido por Juanita –la muchacha de servicio-, mientras sus pensamientos discurrían al compás de la quejumbre exhalada por el pequeño ventilador que aliviaba sus sudores. Los suyos estaban veraneando en casa de su suegra: algo que venían haciendo desde hacía varios veranos. Él solía recorrerse los 30 kilómetros de distancia más bien por ver a sus hijos y… cumplir con su mujer. Si bien se cabreaba de lo lindo cuando se veía obligado a permanecer horas en la playa. Motivo más que suficiente para procurar espaciar sus visitas.

Con Juanita la casa seguía su ritmo normal. Eficaz y discreta, la muchacha llevaba ya varios años trabajando con gran contento de la familia. Andaba en los veintitantos, por más que su juventud no paliaba en modo alguno lo poco agraciada que era. Hablaba a golpes: un tartajeo que se acrecentaba cuando el levante soplaba con fuerza. A Salinas le había dicho su mujer que, últimamente, la chica andaba luciendo su contento porque se le había acercado un muchacho con buenas intenciones.

Pasaban los meses y las investigaciones de Salinas y su grupo andaban estancadas. A pesar de que vigilaban todos los ambientes donde el asesino pudiera escoger a sus victimas. Incluso a Madrid se había reclamado el envío de un agente especializado, que se había introducido como un homosexual más en los sitios adecuados. Mas nada de nada. Vamos, ni la más ligera pista. Hasta el punto de que el Comisario estaba convencido de que el criminal estaría ya a muchos kilómetros de distancia.

No obstante, en el fuero interno de Salinas permanecía la idea de que muy pronto el asesino saldría nuevamente a la palestra. Presentimientos, reflexionados en muchas ocasiones, que se vieron cumplidos justamente en el mes de diciembre; es decir, un año después de su última fechoría. Esta vez se había ensañado con un cincuentón amanerado, pero a quien no se le reconocían tratos carnales con nadie. Considerado mocito viejo, por aquello de su soltería, vivía en una casa de planta baja, rodeado de sus gatos y de sus flores, y disfrutando de la pequeña fortuna dejada por su madre al morir.

-¡Esto ya se pasa de castaño oscuro…! –gritaba el Comisario sin descanso-. ¡O me traen ustedes a ese hijo de puta, en una semana, o seguro que todos vamos a saltar de nuestros puestos!... Busquen sospechosos y que canten… ¡Cojones!... ¡A ver si voy a tener yo que tirarme a la calle en busca de ese maricón perturbado y grandísimo cabrón!...

Trascurrida una semana desde que el Comisario andaba subiéndose por las paredes, llamaron al inspector Salinas, pero éste no se hallaba en su casa. Nada extraño, porque otra vez había vuelto a las andadas: cada noche iba al club Colo-Colo para envilecerse mientras detestaba que Amalia siguiera sirviendo copas a cuantos la reclamaban. Fue su mujer la que apuntó el sitio donde le podrían localizar. Y hasta el club le llegó la noticia de que dos policías locales, motorizados, en su ronda por el extrarradio, observaron que alguien corría por entre los árboles de una finca pegada a la carretera. Así que se adentraron en ella y descubrieron una mujer estrangulada con una media.

Dos horas más tarde, coincidiendo con la llegada del juez, Salinas pudo comprobar horrorizado que la muerta era Juanita. Su chica de servicio. Sin pérdida de tiempo, los miembros de la brigada buscaron al novio de la muchacha. Estaba en su casa. Era macizo, achaparrado, y simulaba aires cantinflescos. Salinas manejó el interrogatorio con habilidad y el detenido se fue atribuyendo crímenes en muchos y variados puntos de España y del extranjero. De Juanita dijo que la había matado porque esa noche estaba muy pesada y había conseguido sacarle de quicio. Es decir, por pedirle que le hiciera porquerías que a él no le gustaban. Eso sí, dejó muy claro que lamentaba su detención porque ya no podría matar a tantos homosexuales como tenía previsto.
 

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