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OPINIÓN - MARTES 9 DE SEPTIEMBRE DE 2007

 

OPINIÓN / EL OASIS

El Día de la Ciudad
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Francisco Olivencia, a medida que va cumpliendo años, se nos muestra más belicoso. Tal vez sea motivado por las muchas medallas que le han ido otorgando durante su vida, que el hombre piensa más como si fuera un militar del XIX que un político de los tiempos actuales.

De ahí que aprovechando la celebración del Día de la Ciudad, en el Patio de Armas de las Murallas Reales, tuvo a bien recordar en su discurso, cual galardonado, la gesta de Perejil.

-No queremos la paz de los pusilánimes... prefiero una dosis de perejil que no un vaso grande de agua... Y no cualquier serenidad, si no tenemos las cosas por las buenas cogeremos la vara de Meneses...

Las palabras de FO, en ese espacio grande que es veneno para los agorafóbicos, las hubieran firmado los espadones antañosos. Ávidos siempre de que las relaciones entre naciones o ciudadanos se rompiesen para intervenir con mano militar. Me parece a mí que en un día de fiesta, como es el Día de la Ciudad, no venía a cuento arengar a la gente en un acto donde se imponía hablar, por encima de todo, del futuro de una Ceuta que quiere contar con la denominación de ciudad autónoma, aunque sea a la carta.

Francisco Olivencia, tan premiado por ser muy trabajador y hombre cabal, según quienes lo han ido atiborrando de reconocimientos, vive obsesionado con la intervención de Perejil. Y, en cuanto se le calienta la boca, allá que mete baza al respecto. Y está en su perfecto derecho de recrearse en la acción ordenada por Aznar y dirigida por Trillo: “Al alba y con viento fuerte de levante”. Pero tampoco es menos cierto que mete la pata cuando se recrea en la suerte de aquel desembarco, en sitio y momento inadecuados. Lo cual ocurrió en en el Patio de Armas de las Murallas Reales.

En una ocasión, durante la lectura de una entrevista que le hice a Juan Vivas, Olivencia, como asesor del presidente, insistió en que se hablara del desembarco del islote con más contundencia. Y el presidente y yo nos miramos perplejos y le dimos a su opinión una larga cambiada.

Mas el domingo se daban todas las circunstancias favorables para que el hombre distinguido con la Medalla de la Ciudad, diera rienda suelta a su acendrado patriotismo e hiciera alardes de sus pensamientos tradicionales. Sin percatarse de que su mensaje era una provocación en toda regla.Y no tocaba herir susceptibilidades en tales momentos.

Y, desde luego, FO ha de tener en cuenta que su vocación de héroe no debe olvidarse del mundo en el cual vive. Porque la heroicidad, sin inteligencia, acaba siendo la actitud de quienes desean la batalla cruenta a la batalla de la diplomacia. Y no está el mundo para bromas en ningún sentido.

Y, por tanto, conviene recordarle que lo del vaso del agua, tremendo error de José Luís Rodríguez Zapatero en Sevilla, fue subsanado por éste con una rápida visita a una ciudad donde nunca pusieron los pies, como presidentes, ni Felipe González ni José María Aznar: el héroe de las Azores y el hombre que le ha ganado el corazón a Francisco Olivencia.

Por lo demás, me parece que, por una vez, le tengo que dar la razón a Juan Luis Aróstegui, en relación con lo dicho sobre las entregas de las medallas: “Un festín en el que los del PP se las ponen unos a otros”.

En suma: que en el Día de la Ciudad, celebrado en el marco incomparable de un espacio abierto donde los que padecen de agorafobia excusan su presencia, Francisco Olivencia desentonó con su perorata caduca. Y Mustafa Mizzian, secretario general del PDSC, faltó a la cita. Y lo hizo en señal de protesta porque de lo “suyo” el presidente sigue sin decirle ni pío. ¡Menuda fiesta!...
 

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