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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 12 DE SEPTIEMBRE DE 2007

 

OPINIÓN / ESPAÑA CAÑÍ

La pequeña Madeleine
 


Nuria Van Den Berghe
nuriavandenberghe
@elpueblodeceuta.com
 

Mala cosa cuando se rentabiliza una tragedia y la expresión y explosión sentimental se transforman en billetes de banco, en negocio puro y duro, con “asesores de imagen”, “managers” y hasta secretarias, que van dosificando apariciones televisivas, entrevistas y comparecencias. No lo comprendo. Pero es que nunca he comprendido el circo siniestro en el que, los padres de la pequeña Madeleine, convirtieron la desaparición de su hija. Ni encuentro lugar en mis sentidos para la infinita frialdad de la pareja británica ¿Qué dicen? ¿Qué son peces fríos anglosajones incapaces de exteriorizar sus sentires? Aún así siempre he asistido con estupefacción a la exquisita contención de esa madre, impertérrita, con el osito de su pequeña entre las manos, la mirada huidiza y la voz neutra, pensaba para mi interior “O esta va colocada con trankimazines o no tiene sangre en las venas”.

Porque, en la memoria de todos los padres de España está la imagen de la madre del niño canario Yéremi, también evaporado en la nada, el rostro desencajado, la mirada enloquecida por el dolor, las frases gimientes, a tropezones y el shock terrible que envió a la madre directamente a un hospital psiquiátrico. Nada de elegante flema, ni de gélidas palabras ante las cámaras. La madre de Yéremi no acudió cobrando a los platós y el padre menos, porque no estaban en condiciones ni físicas ni psíquicas, si acaso cuatro palabras sollozadas en la puerta de su casa, en el corazón de la barriada y sin asesores de imagen, ni marketing publicitario, ni montajes mediáticos. ¿Que son diferentes caracteres el español y el inglés? Aún así, el duelo y sus expresiones son universales y unos padres que piensan lo peor, que no saben si su hija ha caído en manos de una red de inmundos pederastas o si ha sido asesinada, ni pueden viajar en tournées con interminables ruedas de prensa, ni se les ocurre sacar dinero del drama, ni vender lacitos amarillos y fotos para financiarse y todo con la alcachofa del periodista siempre a punto y sumando dividendos a toda pastilla. Algo tan horrible no habíamos presenciado desde que, una enloquecida Alicia Hornos, madre de la joven y desventurada Rocío Whaninkoff, irrumpiera en programas televisivos de pago, blandiendo la foto de la niña asesinada y acusando por activa y por pasiva a Dolores Blázquez en el más vergonzoso juicio paralelo del que España tiene memoria, si exceptuamos a las víctimas del montaje Malayo. Dolores fue condenada y su inocencia se demostró porque atraparon a Anthony King, asesino múltiple a quien delató el ADN. De no ser así puede que, Dolores, una excelente mujer que vivió amoríos lésbicos con la ventajista Alicia Hornos, la pobre señora, aún estaría hoy penando en prisión por un crimen por el que la condenaron, primero las televisiones y luego un jurado de tontos intoxicados.

¿Se imaginan si alguno de ustedes es víctima de la desaparición de uno de sus niños? ¿Tendrían fuerzas materiales para pasear su tragedia por todo el continente hasta acabar en la Plaza de San Pedro? Yo no. Puede que sea una cobarde, en absoluto una “madre coraje” pero le pido y les invito a que pidan conmigo al buen Dios que no nos mande todo aquello que somos capaces de soportar. Porque la capacidad de sufrimiento del ser humano es inconmensurable. Pero, lo más normal es que se cortocircuite el cerebro ante el dolor atroz, que nos demenciemos por el brutal choque emocional, que pidamos la muerte a gritos y que jamás se nos pase por la cabeza el contratar a un equipo de expertos, bien seleccionados, para publicitar el asunto y pactar entrevistas y apariciones. ¡Pobrecita Maddie con sus flemáticos progenitores! Bienaventurado Yéremi con sus modestos padres dándose cabezazos contra las paredes para atemperar el dolor, padres rotos ante las cámaras, sin atinar ni a expresarse coherentemente. Pobre, pobre niña…
 

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