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OPINIÓN - LUNES, 1 DE OCTUBRE DE 2007

 
OPINIÓN / COLABORACIÓN

Dos preguntas a propósito de las amenazas de Al Qaida

Por Luis de la Corte Ibáñez (*)


LLa reciente llamada de Ayman al-Zawahiri a “limpiar el Magreb Islámico de los hijos de Francia y España”, así como a recuperar Al Ándalus han vuelto a suscitar el mismo interrogante de otras ocasiones: ¿realmente hay que tomar en serio las amenazas de Al Qaida? Esta era la pregunta que un medio de comunicación dirigía a un miembro de Athena Intelligence –yo mismo- pocas horas después de que el lugarteniente de Bin Laden hiciera públicas sus últimas amenazas. Naturalmente, la pregunta es de máxima relevancia hoy, como seguirá siéndolo en los próximos años. Por supuesto, su contestación habrá de ceñirse a las evidencias y los indicios más fiables de los quepa disponer en cada momento sobre la naturaleza del fenómeno Al Qaida. Especialmente habría que tener en cuenta la cantidad y calidad de los recursos operativos de que disponga dicha organización, su ubicación y extensión territorial, el estado y la amplitud de sus vínculos con otros grupos terroristas y, por último, pero no por ello menos importante, el impacto de sus comunicados y su propaganda sobre los activistas y simpatizantes más o menos autónomos de la causa yihadista global.

Lo que hoy podemos apuntar al respecto se deduce de algunos informes elaborados en los últimos meses por varios integrantes de Athena Intelligence, así como de otros muchos análisis públicos y privados de todo el mundo. Aunque no existe un pleno acuerdo entre los expertos sobre la magnitud real de la actual Al Qaida en cuanto a sus capacidades operativas, no hay motivos para desdeñar ninguna de sus amenazas ni para poner en duda su liderazgo sobre el llamado movimiento yihadista global en términos de influencia ideológica, estratégica y táctica.

En consecuencia, y respondiendo a la pregunta anteriormente planteada, hoy por hoy podría afirmarse que las últimas alusiones de los líderes de Al Qaida a España y Al Andalus deben ser tomadas muy en serio (como acaba de apuntar el ministro de Defensa, José Antonio Alonso), tanto más cuanto dichas amenazas no son excepcionales sino reiteradas, hasta el grado de haberse convertido en una especie de obsesión para el propio Al Zawahiri.

Ahora bien, una vez asumida la verosimilitud y el riesgo implicados en aquellos comunicados yihadistas que señalan a objetivos, tropas y territorios españoles, tal vez fuera conveniente plantear otras preguntas. Por ejemplo, una cuestión que rara vez se discute en medios públicos y periodísticos es la de si la sociedad española, su gobierno y sus principales instituciones están realmente preparados para reaccionar con prudencia, eficacia y tacto a la noticia de uno o varios atentados yihadistas perpetrados en suelo español (ya fuera en Ceuta, Melilla o en algún lugar de la península).

Desde luego, no se trata de una pregunta fácil de responder. Al fin y al cabo lo que se solicita es un pronóstico sobre una serie de reacciones que estarían sujetas a la influencia de múltiples variables. Pero permítanme hacer un poco de psicología para encuadrar un principio de respuesta. Si tomáramos por bueno un viejo adagio muy querido por muchos psicólogos, según el cual el mejor predictor de la conducta futura es la conducta pasada (por ejemplo, la constada durante el 11-M), deberíamos anticipar que la tragedia de un nuevo atentado terrorista podría acarrear para España los peores efectos emocionales y sociopolíticos.

Es decir, según este enfoque y dejando aparte las lógicas respuestas de estupor, indignación y dolor, la producción de uno o varios ataques terroristas, especialmente si implicaran altas dosis de espectacularidad y letalidad (como en el caso de las operaciones suicidas), tenderían a desatar nuevos efectos de polarización social y enfrentamiento político, precisamente en aquellos momentos en los que la cohesión y la unidad nacional resulta más importante.

La buena noticia es que la regla que sirve de premisa al pronóstico anterior no es perfecta y cuanta con muchas excepciones. La conducta futura no siempre es una mera réplica de la conducta pasada, sino que los seres humanos somos capaces de aprender nuevas formas de reaccionar ante acontecimientos semejantes a otros ya antes vividos. Luego una nueva serie de atentados similares a los perpetrados en marzo de 2004 podrían generar respuestas sociales e institucionales diferentes a las de entonces.

No obstante, para que esas reacciones futuras resultaran efectivamente distintas habría de cumplirse la condición de que los nuevos atentados fueran percibidos desde esquemas muy diferentes a los que guiaron la interpretación más o menos espontánea que no pocos dirigentes políticos y gran parte de la población española dieron a los atentados del 11-M.

Como es bien sabido, muchos españoles tomaron aquellos ataques como una consecuencia poco menos que natural del apoyo del presidente Aznar a la guerra de Irak, lo cual ayudó a transferir culpas y responsabilidades por los atentados al gobierno y permitió el triunfo electoral del PSOE. Por supuesto, quien esté mínimamente familiarizado con el problema yihadista y con su evolución antes y después del año 2004 sabe perfectamente que sus causas van mucho más allá de factores como la eventual implicación de uno u otro gobierno en la guerra iraquí. Sin embargo, no está nada claro que el grueso de la población española haya adquirido una visión más completa y coherente sobre la naturaleza de la amenaza yihadista que se cierne sobre nosotros. Según un reciente informe del Real Instituto Elcano, la mayoría de los españoles se declaran muy conscientes de la gravedad de la citada amenaza pero al mismo tiempo no creen muy probable que España pueda ser objeto de un nuevo atentado yihadista.

Años después del suceso continúan atribuyendo el 11-M a la guerra de Irak pero asimismo contemplan el fanatismo religioso como la principal causa del terrorismo desplegado por extremistas islamistas en todo el mundo. Además, la mayoría de los españoles parecen dar una credibilidad distinta y muy superior a los discursos que amenazan Ceuta y Melilla, lo que sugiere la persistencia de algunos prejuicios sobre nuestras dos ciudades norteafricanas y cierta ignorancia respecto a las numerosas operaciones policiales llevadas a cabo en territorio peninsular contra elementos yihadistas.

Por otra parte, no puede decirse que los debates políticos y mediáticos sobre asuntos de terrorismo de los últimos años hayan sido muy pedagógicos. Desde el Gobierno se ha venido recordando periódicamente la relación entre el 11-M y la guerra de Irak para desacreditar a la oposición, se ha promovido el uso de expresiones eufemísticas como “terrorismo internacional” que oscurecen en el origen y el sentido de la amenaza yihadista y se han lanzado propuestas rimbombantes como la proclama para una “alianza de civilizaciones” que, dejando aparte su nula operatividad, no dejan de sugerir también la existencia previa de un falso choque de civilizaciones, del que los europeos deberían sentirse culpables y al que cabría atribuir el origen del terrorismo islamista. Entre tanto, algunos medios de comunicación críticos con el gobierno han insistido en mantener viva la llama de una teoría conspirativa que sugería la autoría de ETA en el 11-M, así como la posible implicación de elementos de las fuerzas de seguridad españolas, incluso de servicios de inteligencia extranjeros, en la comisión de esos ataques terroristas o, cuando menos en la ocultación de importantes hechos y datos asociados con la investigación de esos atentados. Aparte de poner en duda la profesionalidad de nuestros servicios judiciales y policiales, lo que podría alimentar la expectativa de futuros fraudes en la gestión de sucesos semejantes a los del 11-M.

Los anteriores argumentos permiten sospechar que la ciudadanía española podría reaccionar de manera poco unitaria si tuviéramos la desgracia de padecer un nuevo ataque yihadista en nuestro territorio, un efecto que podría tener graves consecuencias si esa disparidad de reacciones se extendiera a la clase política y a los medios de comunicación. Una primera forma de prevenir esta posibilidad pasaría por evitar los errores de diagnóstico y actuación suscitados por los atentados de marzo 2004. En consecuencia, a las autoridades y la oposición políticas cabría exigirles que reaccionen con entereza y unidad, evitando aprovechar el terrorismo con fines electoralistas o demagógicos y activando todos los dispositivos institucionales y ciudadanos necesarios para atender a las víctimas (el único aspecto que no falló durante la gestión del 11-M) y para descubrir, detener y encausar a los autores materiales e intelectuales del posible pero indeseable atentado.

Asimismo, y con respecto a la gestión de la amenaza a medio plazo, las autoridades políticas deberían tomar muy en consideración el carácter global de dicha amenaza y evitar tomar decisiones apresuradas que no perjudiquen la capacidad de afrontamiento de otros países aliados o amenazados (por ejemplo, decisiones relativas al movimiento o la retirada de tropas españolas directa o indirectamente implicadas en la lucha contra facciones yihadistas). Por su parte, los medios de comunicación y la ciudadanía deberían evitar caer igualmente en cualquier de los errores antes señalados, como reaccionar a nuevos los atentados sembrando la desconfianza respecto a su gestión gubernamental, culpabilizar al gobierno (o a la oposición política) por dichos actos criminales, o exigir a las autoridades una cantidad y una calidad de información relativa a la investigación de esos actos que no esté disponible o que ponga en riesgo la eficacia de la reacción policial.


(*) El autor, ceutí, es miembro de la red de investigación avanzada en insurgencia y terrorismo yihadista compuesta por especialistas procedentes del mundo académico, de las Fuerzas Armadas y de las agencias de seguridad españolas ‘Athena Intelligence’, que tiene entre sus objetivos favorecer la investigación compartida y multidisciplinar del fenómeno yihadista y elaborar y difundir trabajos analíticos y de carácter científico.
 

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