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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 10 DE OCTUBRE DE 2007

 

OPINIÓN / EL OASIS

Historia verista
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

La muerte de Antonio Puerta ha propiciado que se debata en Telecinco los posibles errores que impidieron salvarle la vida al joven futbolista sevillano. Quien está en posesión de la palabra ha de gritar porque los demás participantes le impiden que hable con normalidad y, por tanto, todos los intervinientes braman. De forma que el espectáculo moderado por Jordi González alcanza momentos denigrantes para el caso debatido.

Lo lamentable es que entre los interlocutores haya dos profesionales de la medicina que también causan bochorno. Más incluso que los periodistas que están en el plató. María Ángeles Grajal y Alfonso Cabeza tiran de La Noria y se hacen notar por sus rebuznos. No me extraña, pues, que el Defensor del Paciente haya pedido a los dirigentes de la televisión que dejen tranquilo al fallecido y, sobre todo, que no emitan vídeos médicos del jugador.

Aunque es verdad que la muerte de Puerta ha servido para que cunda la alarma entre los deportistas. Y, claro, los cardiólogos del deporte demandan reconocimientos más frecuentes y exhaustivos. Si bien éstos reconocen que las miocardiopatías que predisponen a un episodio como el del futbolista AP suelen cursar de forma silente. Y la primera manifestación de muchas de ellas es la muerte súbita.

Recomiendan los especialistas, sin embargo, estar atento a ciertos signos que han de alertar a los deportistas, a sus familias y a sus clubs. Hablan de mareos, dolor torácico, palpitaciones, sudoraciones, vómitos, desmayos... Porque deducen que no es normal que alguien pierda el conocimiento mientras hace deporte; sobre todo si se trata de un profesional. Y, desde luego, insisten en que es vital el reconocimiento deportivo idóneo.

Quienes han vivido el fútbol profesional, saben perfectamente que la dejadez en los chequeos ha sido la nota predominante. Los controles médicos han sido de chicha y nabo. Con el paso de los años no cabe la menor duda de que las mejoras han sido evidentes. Pero tales mejoras priman en los equipos grandes. Y a veces ni en ellos. Por consiguiente, nadie deberá molestarse si yo digo que en las categorías inferiores muchos jugadores están exponiendo la vida constantemente.

Con su vida jugaba un futbolista de la Agrupación Deportiva Ceuta que era un preferido de su afición. Me tocó a mí darme cuenta de que presentaba síntomas palpables de no estar en condiciones de competir. Mostraba un cansancio fácil. Respiraba mal. Su color era cada vez más ceniciento y su rendimiento iba de mal en peor porque pocos días se encontraba con arrestos para entrenarse bien.

Jugábamos en Jaén. En el antiguo campo de la Victoria. Era invierno y reinaba el frío. Los jugadores se calentaban en el césped y noté que me faltaba uno de los titulares.

Me dijeron que se había quedado en el vestuario con un malestar del cual nadie sabía nada. Acudí presuroso a verlo y lo hallé hecho una piltrafa. Le propuse no jugar. Pero él, muy entregado a la causa, dio un paso al frente. Su rendimiento fue ínfimo.

Hablé con él y con los directivos, nada más finalizar el partido, para que visitase a un cardiólogo. Al día siguiente, el futbolista, además de negarse a ser reconocido, decía que yo la tenía tomada con él. Pasado un tiempo, hubo de ser operado de corazón deprisa y corriendo. ¿Tomaba anfetaminas?...
 

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