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OPINIÓN - LUNES, 29 DE OCTUBRE DE 2007

 

OPINIÓN / VERBA SEQUENTUR

Jueces a porrillo, ¡vaya lío!
 


Miguel Massanet Bosh
miguelmassanet@elpueblodeceuta.com

 

La cosa empezó cuando en España se dieron cuenta de que no había suficientes jueces para atender al aumento de juicios que la vida moderna generaba. El cambio experimentado por las nuevas corrientes económicas, por el aumento de población, por la aparición de la inmigración masiva y por fenómenos como el terrorismo, el nacionalismo o la apertura de las naciones a un ente común supranacional, la UE, provocó que juzgados como los de lo penal habituados a tener que resolver sobre hurtos, agresiones y crímenes pasionales, se vieran obligados a abrirse a otros delitos con los que anteriormente no se contaba. La premura y urgencia hicieron que el Ejecutivo se decidiera, con carácter excepcional, a incorporar a la judicatura a jueces escogidos de entre los letrados en ejercicio y juristas de reconocida solvencia con el fin de cubrir las carencias registradas.

Las oposiciones a juez son duras y los licenciados que quieran concurrir a ellas saben que van a tener que destinar tres o cuatro años de su vida a preparase para ellas. Es evidente que, cuando uno termina la carrera es como un pichón que tiene alas pero que las plumas todavía son tan cortas que no le permiten alzar el vuelo. Por buen estudiante de derecho que uno haya sido y por muchas matrículas que haya sacado eso no significa que, de golpe y porrazo, esté en condiciones de iniciar la práctica de la profesión.

Se supone que, cuando se establecieron unas oposiciones para el cargo de juez, los que así lo decidieron sería porque debieron pensar que, un recién salido de la universidad, estaba verde para enfrentarse a la complejidad de un juicio y, en especial, para un juicio penal en el que, aparte de un conocimiento exhaustivo de la Ley Procesal y del Código Penal, se necesita una preparación adicional que capacite al neófito para enfrentarse a casos de cura resolución se pueda derivar una condena de cientos de años de prisión o la absolución de un sujeto que: o puede ser inocente, en cuyo caso se comete una gran injusticia condenándole o viceversa, si se permite que un criminal salga a la calle para poder volver a delinquir. Seguramente la Justicia tiene necesidad de modificarse; no hay duda de que necesita desprenderse de una gran carga de burocracia que la ha convertido en una pesada maquinaria incapaz de funcionar con la debida diligencia; es evidente que precisa de más medios, modernización y actualización de muchas de las leyes que se han quedado obsoletas; pero todo ello no puede ser, en modo alguno, en detrimento del derecho de los encausados o querellantes a recibir de ella un trato equitativo y justo.

De ninguna manera por deficiencias de organización o por falta de personal, los tribunales se pueden convertir en un lugar de aprendizaje para jueces bisoños con ciudadanos que piden recibir una sentencia justa y equitativa. ¿Qué clase de Estado de Derecho tendríamos en España si estuviéramos sometidos a los ciudadanos al albur de recibir una justicia dictada por jueces novatos? El hecho de que se produjeran sentencias poco trabajadas o equivocadas tendría por consecuencia un incremento de los recursos que deberían ser atendidos a la vez, por los tribunales superiores, que se verían sometidos a una carga adicional de trabajo con la consiguiente saturación de juicios pendientes de resolver.

No obstante, no nos debe causar extrañeza que, del señor Fernández Bermejo, surjan esta clase de ideas ya que no deja de asombrarnos con sus salidas de tono y con sus meteduras de pata que, por cierto, obligan la pobre Vice de la Vogue, señora Fernández de la Vega, a hacer horas extraordinarias para comparecer, una y otra vez, ante la prensa para desmentir, matizar o camuflar todas las sinrazones que se le ocurren a este stalinista redomado que parece que, si por él fuera, dejaría la toga colgada de la percha de la fiscalía y se lanzaría a la calle al frente de una nueva Internacional Comunista y su Frente Popular. Pero, cuidado con él, no se olviden del refrán: “Más mal hay en la aldehuela del que se suena”. Habrá que vigilarlo.
 

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