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OPINIÓN - VIERNES, 22 DE FEBRERO DE 2008

 

OPINIÓN / EL OASIS

Más chulo que un ocho
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Mi médico de cabecera, y también estimado amigo, Antonio Ferreras, me recomendó el lunes pasado, descanso absoluto durante varios días. Pero, como habrán podido comprobar mis lectores, no le hice el menor caso. Eso sí, estoy tecleando desde entonces con un solo dedo de la mano derecha.

Enfrascado, pues, en mi tarea de escribir y, por supuesto, de leer, para comprobar la verdad de lo dicho en su día por Montesquieu al respecto (“No habiendo tenido nunca un disgusto que una hora de lectura no me haya quitado”), recibo una llamada de quien suele echarme de menos cuando dejo de frecuentar los dos o tres lugares por los cuales me dejo ver casi diariamente.

Tras interesarse por la causa que ha propiciado mi enclaustramiento, me habla, cómo no, de fútbol y luego me pide, así como quien no quien no quiere la cosa, mi parecer sobre si el problema de la Manzana del Revellín ha cambiado en algo la forma de comportarse de Juan Vivas. Lo que tú tratas, pues veo a la legua tus intenciones, es que yo publique mi descripción del carácter, acciones y costumbres de Vivas, tal y como te he explicado a veces en privado. Es decir, quieres que haga de él un retrato moral aproximado. Vamos, lo que en términos literarios se suele llamar una etopeya. Pues bien, no tengo el menor inconveniente en darte ese gustazo. Por más que sepa que corro el riesgo de desagradar a quienes tengan otra impresión totalmente distinta del personaje en cuestión.

Juan Vivas es educado, agradable, simpático, moderado, prudente, aparentemente agradecido, y demuestra una habilidad notable en el manejo de la ambigüedad; lo cual le vale para no darle cobijo definitivo a nadie en su pensamiento y acción. Tiene, sin duda, cara de buena persona y vende, por lo tanto, más que bien lo que sabe. Y, sobre todo, es consciente de que en esta vida los logros apetecidos no se suelen conseguir empleándose en línea recta. Y menos en política.

Por todo ello, los ciudadanos que le profesan admiración y respeto, que son innumerables, quedarían desencantados si lo viesen actuar, ahora, de manera bien distinta: gritando como un poseso; sacando pecho a cada paso; insultando a sus adversarios por sistema, o convertido en un mandamás a quien el triunfo absoluto en las urnas le hubiera estropeado el cauce del buen discurrir.

-Entonces, Manolo, ¿cómo es posible que Aróstegui le haya catalogado de chulo?

Muy sencillo: porque el secretario general de Comisiones Obreras, y dirigente de un partido extraparlamentario, cuando escribe es incapaz de sosegar el tumulto interior que le causa una envidia que le corroe las entrañas. Y ese sentimiento de tristeza e irritación le impide centrarse en lo que escribe y habla. De ahí que sus ideas salgan achicharradas por su pasión desaforada y enfermiza.

No me extraña, pues, que haya tachado a Vivas de chulo. Algo que nunca será éste. Ya que por más que leo todas las acepciones registradas de la palabra no encuentro ninguna que tenga el menor parecido con la forma de comportarse del presidente de la Ciudad.

Sin embargo, Aróstegui debería saber que el presumir públicamente de haber colocado en el Ayuntamiento a dedo a mucha gente, entre otras salidas de tono, sí está en la línea de ser jactancioso y desafiante. En suma: de ser más chulo que un ocho.
 

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