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OPINIÓN - LUNES, 10 DE MARZO DE 2008

 
OPINIÓN

Caciquismo en el Príncipe ¿La grandeza de la democracia?

Por Rober Gómez


A lgunos en el Príncipe no conocen lo que es la democracía, porque ni siquieran saben hablar correctamente el castellano. Eso sí, una vez cada dos años, comprenden que si depositan unos papeles en unas urnas ganan un bocadillo, un euro o la promesa incierta o fantasmal de un puesto de trabajo.

El caciquismo en el Príncipe es algo que se huele en la calle, igual que se huele el hachís en los cafetines que lo dispensan. Ambas prácticas están prohibidas por la Ley, pero también la Constitución dice que todos los españoles tienen derecho a un trabajo y una vivienda digna y algunos duermen debajo de cartones.

Dos hombres entran a la una del mediodía en el Polifuncional del Príncipe, uno sigue al otro. Llaman la atención por ser los dos enjutos y sonrientemente desdentados. Al pasar, uno de ellos saluda a un interventor del PP y éste le devuelve el saludo. “Aquí traigo otro cliente”, dice.

“¿Cliente?”, pregunto al interventor. “Este se arrima al sol que más calienta”, contesta, “les da un euro o cualquier cosa...”.

Osea: caciquismo. Así, delante de los interventores, la Guardia Civil... como una práctica habitual en el Príncipe.

El hombre de faz morena, con gorra roja que agrupa en la nuca una larga melena rizada, espera sonriente en la cola. No tienen ninguna papeleta en la mano. El otro no está.

Un minuto después sale de una cabina; sonriente también, con un sobre para el Senado y otro para el Congreso. Se los da a su cliente. Diente sí, diente no. Un poco de conversación y marcha. Le deja en la fila, siempre sonriente.

Sale a la calle, yo también. Le sigo con la vista y a unos 50 metros, en una parada de autobús, se detiene a hablar con dos personas de aspecto humilde, no tanto como el hombre desdentado que debía estar ya a punto de participar de la democracia.

No consigue convencerles y marcha. Me acerco a la parada y pregunto. Sin duda, deben pensar que soy policía, porque me responden que ha ido a comprar un bocadillo. “¿Sólo eso?”, cuestionó. Nadie responde.

Mientras, el hombre de la gorra roja y grasienta melena rizada deposita su voto. No sé a quién votaría. Tampoco él lo sabe.
 

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