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OPINIÓN - MARTES, 25 DE MARZO DE 2008

 

OPINIÓN / EL OASIS

Intereses decanos
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Juan Vivas sigue siendo el político mejor valorado y más estimado por los ciudadanos. Y es así, a pesar de que fue presidente por accidente; como bien recordaba, días atrás, alguien que conoce perfectamente las causas que propiciaron su llegada a la presidencia.

También uno, y sin ánimos de darse pote, está enterado de cómo se fue gestando la decisión de convertir a Vivas en candidato a la presidencia, mediante el voto de censura al GIL, por más que en el Partido Popular los había convencidos de que estaban más capacitados para acceder al cargo.

Los convencidos de que gozaban de más atributos que Vivas para ser presidentes no dudaron, en su momento, de cortarle un traje en Madrid. Manifestando su desconfianza hacia él y destacando lo que ellos veían como carencias graves, a la par que le reconocían unos méritos cual funcionario que poco o nada le valdría como político.

En aquellos momentos, 10 de febrero de 2001, día de la toma de posesión de Vivas como presidente de la Ciudad, ni siquiera Javier Arenas confiaba en él. Debido a que había sido intoxicado por una descripción del candidato como poco capaz de afrontar una labor que ya se había llevado por delante a dos presidentes: ambos apeados de la poltrona por votos de censura.

Sí, ya sé que me repito en este asunto; pero lo que nadie me puede negar es que yo pude escuchar atentamente, en la Cafetería Real, la conversación mantenida entre Arenas, González, Olivencia y Reina, por aquel entonces secretario de Estado. Existía la duda de si Vivas iba a dar la talla como presidente. Lo cual, bien visto, entraba dentro de lo lógico. Puesto que no era lo mismo ser el mejor y más acreditado asesor de los políticos, como funcionario preparado e influyente, a convertirse, de la noche a la mañana, en el Presidente de la Ciudad.

Lo que no me gustó, de aquella conversación, fueron las bromas innecesarias con relación a Vivas, del Niño Arenas metido en su papel de señorito guasón y con la burla brillándole en los ojos. En su descargo, conviene decir cuanto antes, que amén de que le habían contado un mal rollo acerca de la personalidad de Vivas, él no le había tratado lo suficiente. Más bien no le había tratado nada.

Sin embargo, contra pronostico de esos dirigentes del PP que lo veían como un advenedizo en el mundo complejo de la política, Vivas no sólo dio la talla en su quehacer presidencial por accidente, sino que consiguió un respaldo en las urnas jamás visto en esta tierra. Y por dos veces.

Triunfos tan sonados llamaron la atención en la calle Génova. Y el propio Arenas, antes tan repleto de incertidumbres, propagó entre los gerifaltes del partido, con enorme satisfacción, las extraordinarias maneras de hacer política de su ahijado. Dado que él se consideraba ya un padrino afortunado de la ceremonia de investidura de un Vivas que los había sorprendido a todos.

Creo que viene a cuento lo relatado, porque de haber ganado el PP las elecciones generales, posiblemente estaríamos hablando ahora de un Vivas que tendría que decidir entre continuar en su cargo o aceptar un ministerio propuesto por Rajoy. Y esa situación habría multiplicado el sufrimiento de los envidiosos. Quienes, con empecinamientos enfermizos, no cejan de atentar contra el presidente de la Ciudad. Favoreciendo intereses decanos.
 

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