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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 7 DE MAYO DE 2008

 

OPINIÓN / SNIPER

Adiós a un Presidente
 


José Luis Navazo
jlnavazo@telefonica.net
 

Y ya van dos desde los comienzos de nuestra azarosa Transición: porque si Leopoldo Calvo-Sotelo se fue físicamente, Adolfo Suárez está tiempo ha muerto en vida. Calvo-Sotelo, el hombre cuya investidura como presidente del Gobierno de España fue abruptamente interrumpida por la asonada del 23 de febrero de 1981, fue despedido en las mismas Cortes por militares de ambos sexos y de todos los cuerpos que, por vez primera, entraban en la Cámara Baja en honrosa misión institucional.

Sentí abandonar el lunes la ría del Eo sin poder permitirme el lujo de haberme quedado en su ribera para despedir a un hombre que entró en nuestra Historia por la puerta grande y con el que, al menos en dos ocasiones, tuve el honor de intercambiar con franqueza diferentes opiniones. La primera cuando por aquellos lares, subiendo la montaña, afrontaba en unas difíciles condiciones cierta responsabilidad institucional; la segunda en conversación más relajada, según el apunte que conservo, en compañía de uno de sus hijos, regidor por un tiempo de la villa de Castropol. Al ex Presidente, hombre honesto, coherente y con una soberbia preparación intelectual, conservador pero liberal, siempre educado y finamente irónico, no le caían precisamente bien los periodistas aunque respetaba su trabajo y, también, no acababa de calar que alguien pudiera navegar en algún momento por ambos cauces. A Leopoldo Calvo-Sotelo le gustaban los deportes náuticos y no era raro verle, en sus tiempos, practicar esquí acuático por las mansas aguas de la ría que une, más que separa, las orillas hermanas de Asturias y Galicia. Precisamente en la orilla izquierda y al lado del antiguo faro, en la señorial villa de Ribadeo, se encuentra el pétreo y aplanado chalet familiar en el que solía buscar paz y sosiego en la época estival, protegidas siempre sus puertas por al menos una pareja de la Guardia Civil. Pero Calvo-Sotelo se nos fue al final a su estilo, elegante, callado y sin estridencias, releyendo en la biblioteca de su mansión de Somosaguas y tocando (era un gran experto en música) el piano. Don Juan Carlos no pudo buscar mejores palabras; después de alabar su lealtad a la Corona y tras destacar su contribución a la Transición, el Rey fue emotivamente rotundo: “Ha muerto un gran español, un gran hombre de Estado, un demócrata y una persona muy querida”. Ciertamente.

Calvo-Sotelo no vivió precisamente unos tiempos fáciles al frente del timón del Gobierno, en los que el reguero de víctimas asesinadas por ETA eran enterradas en la clandestinidad, por miedo a la reacción popular. Torpedeado desde dentro por una UCD que se deshilachaba día a día, Calvo-Sotelo aguantó elegantemente el tipo incorporando a España en la OTAN y convocando unas elecciones anticipadas aun intuyendo, de antemano, el equipo y el nombre del ganador: el PSOE de Suresnes (no exactamente la histórica formación de izquierdas) liderado por Alfonso Guerra y Felipe González, dos jóvenes políticos aupados por los Estados Unidos y generosamente financiados, desde Bonn, por la socialdemocracia alemana. Se nos ha ido un gran hombre, que supo demostrar valor en los momentos difíciles sabiendo estar a la altura de las circunstancias.
 

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