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OPINIÓN - SÁBADO, 10 DE MAYO DE 2008

 

OPINIÓN / SNIPER

Sensación de vivir
 


José Luis Navazo
jlnavazo@telefonica.net
 

Los asiduos marroquíes y españoles del cruce fronterizo de El Tarajal (“paso”, en principio, de personas y no de mercancías), valoramos diferentes variables antes de escoger el tránsito entre ambos países vecinos: desde la alerta roja por inminentes amenazas terroristas, a hechos puntuales como las elecciones en Ceuta o la presencia del Rey de Marruecos en Rincón; los sábados a mediodía para salir de España o los domingos por la noche para entrar, por no hablar del viernes, particular día de rezo para los musulmanes y durante el cual El Tarajal aparece silencioso; contando, además, con el escollo de que nunca hay normas fijas. El Tarajal, impertérrito, siempre está ahí, como la energía: ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. Anda la de chascarrillos y tarascadas que llevo puntualmente reflejadas en mis cuadernos de campo… Pero, como ustedes perspicaces lectores de uno y otro lado ya saben, raramente he dedicado alguna línea (salvo para ser la excepción que confirma la regla) a este espacio fronterizo porque, si como advierte castizamente el popular dicho “donde está la olla no se mete la polla” (disculpen la expresión), para un escribano transfronterizo no parece inteligente mojar habitualmente la pluma en espesos tinteros. Puedes mancharte. Por consiguiente.

No hace falta señalar que el firmante de esta columna siempre ha sido tratado con el respeto y la consideración que merece por los respetables uniformados de uno y otro lado de El Tarajal. Digo. Únicamente reseñaría en los últimos tiempos la especial atención de la que uno disfruta -“avec plaisir”- al salir o entrar (mi estadística particular dice que “al entrar”) en el Reino de Marruecos, pues pese a portar pasaporte español emitido en Ceuta, Ciudad Querida, siempre me es requerido para estamparle el sello respectivo mientras otros conciudadanos, moros y cristianos, pasan tan ricamente. Ayer mismo se lo espetaba con cariño al diligente funcionario de turno a eso de las 10.30 de la mañana, hora marroquí: “ Ah jay, chof, ¡bon service mon amí!. ¿Pero qué pasa…? ¿Por qué yo siempre sello, jai?” El susodicho se va por peteneras mientras, cortésmente, me contesta: “Pirdona, is rápido, no ti priocupes”, yendo corriendo a la garita no sin antes “priguntar” lo de siempre: “¿Para quí piriódicos iscribes?” Elevo los morros como los canes, venteo el aire y replico plácidamente: ¡Ah jai, ¿es por lo de darle a la pluma…? ¡Acabáramos!”. Una amable sonrisa de oreja a oreja junto a un ligero encogimiento de hombros hacen de muda pero elocuente respuesta. La verdad es que en los últimos meses es reconfortante sentirse, no más vigilado ni mucho menos sino, por el contrario, ¡más protegido!. ¡Mira que si me pasara algo…!: un secuestro, una paliza, una rebanada en el cuello o un inexplicable accidente… Cuando entro en Marruecos siempre doy en verdad, créanme, un suspiro de alivio. Me siento “marhaba”. Y con alitas.

El lunes debo acercarme a la “Wilaya” para intentar despachar unos minutos con su titular, Dris Khezzani, que andará apuradísimo por la inminente visita del joven soberano Mohamed VI a la zona. Aprovecharé para darle las gracias por la discreta pero eficaz protección policial de la que gocé, frente a mi casa en el plácido Río Martín, durante el pasado septiembre. “¡Chukram barakalofi, jais!”
 

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