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OPINIÓN - DOMINGO, 25 DE MAYO DE 2008

 

OPINIÓN / LAS NOTAS DEL QUIM

Dios bendiga este país
 


Quim Sarriá
quimsarria@elpueblodeceuta.com

 

Una familia catalana me ha invitado a comer en su masía. Una masía de principios de siglo XIX totalmente restaurada. Enorme y con un artesonado fantástico.

Lo que me choca al entrar en el amplio vestíbulo de la vivienda es un cuadro con un rótulo bellamente manuscrito y que reza: “¿Qué no hace el amor? Ved como trabajan los que aman: no sienten lo que padecen, aumentan sus esfuerzos según aumentan las dificultades”. Al preguntar el significado de la frase, el anfitrión me responde que es una cita de San Agustín y que ignora el motivo de la existencia de ese cuadro. Asegura que estaba desde mucho antes de que se trasladara a vivir en la masía.

La verdad es que en muchas casas catalanas, por no decir todas, siempre existe un pequeño cuadro o icono con la frase: “Dios bendiga ésta casa”, si bien en la mayoría viene redactado en catalán. Pero no he visto, hasta ahora, otras palabras sacras enmarcadas bellamente.

Mi curiosidad me lleva a preguntar al amable anfitrión, amigo desde hace años, si en la masía hay más cuadros como ese. Me responde que sí y me promete enseñármelos después de la comida.

Después de la comida, ya en el entremedio del café y los cigarrillos, mientras las damas se entretienen contándose sus cuitas en una sala separada de la de donde estamos los hombres por un simple biombo (¿Dónde estará la igualdad?), mi amigo me explica que la empresa lo ha despedido por no sé qué reorganización del trabajo, pero que como su confianza en Dios es inquebrantable, estaba seguro de que lo volverán a llamar para que vuelva.

A mí, al contrario, me abruma la certeza de que no regresaré a mi antiguo despacho. Nunca es fácil decir adiós. La jubilación parcial tiene estas cosas. Tal vez me hagan vagar, esa restante NO jubilación parcial, por los angostos pasillos de los edificios oficiales del Ayuntamiento.

Me han hecho retirar mis objetos personales del escritorio, bajar cuadros, empaquetar libros, enfundar la vieja radio, estrechar manos, extender abrazos y soltar alguna lágrima de cocodrilo en la despedida, hacer promesas que nunca cumpliré. Es la pura, que no puta, verdad.

Atrás quedan las horas de trabajo, las manchas de tantos errores propios y ajenos que he tratado de remediar, el aroma de los ingredientes que la mujer de la limpieza deja esparcido por el suelo, el olor a matarratas de los túneles del Metro, los indigeribles cafés mañaneros de la máquina dispensadora, los miles de cigarrillos consumidos y a medio consumir, tantas obras arquitectónicas que se quedarán a medio hacer. Todo ello lo he escondido el año pasado en el fondo de mi maleta bajo siete vueltas de llave, y he puesto mi equipaje en un cuarto de mi casa destinado al olvido.

Mi amigo es un católico ferviente. Reza con frecuencia y siempre tiene a mano la directa “Hágase la voluntad de Dios”. Le confieso a mi amigo que ya no estoy tan seguro de mi propia fe y, por si acaso, me dirijo mentalmente a Dios con ésta frase: “Perdóname, Padre, porque soy débil. Ya no puedo seguir haciendo tu voluntad, sino la mía”. Si es que existe ese Ser Supremo me comprenderá perfectamente.

Ya más descansado, mi amigo me pide que le acompañe por la casa, me muestra otro cuadro, de envejecido marco de ébano con lo siguiente: “Cuando Dios borra, es que va a escribir algo” firmado por un tal Jacques Benigne Bossuet, que ni mi amigo conoce. Frase acertada y no sólo atribuible a Dios. Yo también borro cuando quiero escribir algo, pero no me considero ni siquiera un dios menor, ya que si no uso la goma sería para no escribir sobre lo borrado inexistente.

También me enseña otro cuadro, en otra habitación, con una hermosa pintura al óleo que muestra a Cristo en la cruz y debajo de la misma hay escrito lo siguiente: “Pongo mi Cruz junto a la Tuya, Señor”. Me produce escalofrío esta frase. Le pregunto a mi amable anfitrión si no se referirá a que el que ha escrito esa frase no sería un ladrón, bueno o malo que más da, y por ello parodia la escena del Gólgota con la misma.

No me queda otra cosa que pedir a Dios que bendiga éste país. Sin la vanidad ni soberbia de cierto presidente americano. Que acostumbra a usar esa petición, más como imposición.
 

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