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OPINIÓN - DOMINGO, 8 DE JUNIO DE 2008

 

OPINIÓN / SNIPER

Jariyismo, frente a sunnismo y shiísmo (y III)


José Luis Navazo
yebala06@yahoo.es

 

Doctrinalmente y según reputados autores, los jariyíes o secesionistas serían “musulmanes fanáticos decididos a mantener las tradiciones de La Meca a toda costa”. En cuanto a las masas conversas a la nueva religión triunfante entendían que debían no solo aceptar, sino cumplir al menos, los pilares de la nueva fé (Unicidad de Dios, Mahoma como último Mensajero, la oración, el impuesto para los pobres, el ayuno, la peregrinación y la defensa del Islam); además y en un rasgo de puritanismo que los caracteriza exigían a todo musulmán llevar una vida exenta de pecado, rasgo doctrinal que los emparenta con el salafismo actual más radical conduciéndolos al concepto de “takfir”, asumido hoy día por la ideología del “yihadismo” terrorista: un musulmán nominal que comete actos prohibidos por el Corán deja automáticamente de serlo convirtiéndose, de hecho y de derecho, en objetivo legítimo a batir (asesinar, para ser claros), idea extremista asumida en la década de los noventa por el terrorismo del GIA (“Grupo Islámico Armado) en Argelia, así como por “Al Qaïda” y algunos grupos terroristas marroquíes, cuyo precedente doctrinal podemos rastrear en las atroces matanzas (“isti´rad”) sin distinción de edad o sexo practicadas por los jariyíes, para los que era lícito ejecutar no solo al reo de pecado grave sino a su familia. El tercer califa, Otmán, no los veía con muy buenos ojos pues su extremismo fanático lastraba la expansión imperial del Islam por lo que alentó (observe el lector la imbricación inicial del Islam entre religión y poder) una secta rival, la de los “mury´a” (los que aplazan el juicio), quienes defendían que la piedad de cualquier musulmán solo podía corresponder a Alláh/Dios. Quienes infringían la “sharia” o ley islámica debían ciertamente ser castigados, pero seguían siendo musulmanes; lo importante, recalcaban, era la observancia externa y el acatamiento al gobierno del califa. Enfurecida, una turba jariyí asesinó al tercer califa Otmán en La Meca, en el 656 de la Era Común. Junto a la extremista idea de “takfir” los jariyíes asumieron el concepto de que cualquier musulmán intachable, sin distinción de condición o raza ¡aunque se tratara de un esclavo negro!, podía ser elegido califa. Este, obviamente, era un planteamiento revolucionario y claramente desestabilizador para el poder tradicional tanto antes… como ahora. Un detalle: la intransigencia contra los malos musulmanes contrastaba, en el jariyismo histórico, con la tolerancia mostrada hacia la “Gente del Libro”, judíos y cristianos, mucho más benevolente que en el Islam tradicional sunní y shií. Aceptaban incluso a éstos en pie de igualdad si recitaban la “sahada” (profesión de fe musulmana), modificando la referencia a Mahoma por entender que el Profeta había sido enviado expresamente a los árabes. Tremendamente igualitarios además de rigoristas, consideraban apócrifa e interpolada (además de indigna) la azora 12 del Corán, referente a la historia de José en Egipto. Una secta directamente emparentada con el Jariyismo es la de los Ibadíes, rama moderna y moderada cuyos pormenores dejaremos para un viernes de éstos, así como algunos apuntes históricos (con su proyección actual) sobre la gran revuelta jariyí del Maghreb y su plasmación en el reino rustemí de Tiaret, entre el 761 y el 908.
 

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