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OPINIÓN - DOMINGO, 29 DE JUNIO DE 2008

 
OPINIÓN / RECONOCIMIENTO

Un dibujante en el cielo

Por Quim Sarria


El sol hace rato que anda vagabundeando alrededor de su cenit y los rayos, que suelta eternamente, caen como hilos de plomo sobre las cabezas de un grupo de niños que corretean por los vericuetos de un solar cercano al colegio de donde acaban de salir.

Eugenio Tinoco es un amigo de la infancia con el que acostumbraba a jugar en ese descampado de la calle de La Legíón esquina a Teniente Pacheco. Jugábamos, con otros muchos chicos, a un montón de juegos que hoy en día no los veo por ningún lado. No existían ninguno de los actuales juegos, electrónicos o mecánicos, con los que ahora juega mi hijo pequeño.

Lo más que podíamos tener eran unas bolitas de cristal multicolor (a veces fabricábamos nuestras propias bolitas con el barro que recogíamos los días de lluvia y que “horneábamos” en aquellas candelas de hierro forjado alimentadas por carbón), fichas hechas con tapas de cerveza y coca-cola, aros de hierro que arrancábamos de los viejos barriles y que guiábamos con unos gruesos alambres doblados adecuadamente y que cogíamos, sin permiso, de un taller que se dedicaba a realizar los arcos de luces de las ferias de Ceuta (coloreaban las bombillas a mano introduciéndolas en botes de pintura).

Con Eugenio y otros muchos formábamos equipos de fútbol callejero, con pelotas de trapo, y jugábamos nuestros partidos en el callejón ciego que existía, existe aún, al final de la calle Teniente Pacheco. A medida que crecíamos, nuestros campos de fútbol fueron ampliándose y ocupábamos la plaza del Teniente Ruiz, la calle General Yagüe (con ventaja del equipo que tenía la portería arriba de la cuesta) y a veces la calle Fernández. En todas siempre teníamos quejas y reclamaciones de los vecinos… ¡qué recuerdos!

Pasaba muchas tardes en casa de Eugenio, donde la guapísima mamá me daba trozos de pan untados con aceite y, de vez en cuando, media libra de chocolate que me llenaba de gozo. Sin embargo, lo que más me atraía de la familia Tinoco -compuesta por el padre Claudio, la madre cuyo nombre no recuerdo, y dos hermanos más: Goyo, el mayor, y Pepito, el pequeño, creo que se llamaban- era la labor que el padre Claudio Tinoco realizaba en un cuartito de la casa sobre un tablero de dibujo. Estaba, cada día, dibujando historietas de tebeo y se pasaba horas y horas dibujando un personaje que fue famosísimo en aquellos tiempos.

Claudio Tinoco Caraballo, nació en Ceuta un 20 de agosto de 1920. Vivía en un edificio de la calle del Teniente Pacheco, esquina a La Legión, frente por frente a aquel bar-tienda del inolvidable Leoncio. En los años cuarenta comienza a trabajar en serio en el mundillo del tebeo con la Selección Aventurera y la serie Mc Kay de la Policía Montada del Canadá. Posteriormente colabora con Hispano-Americana de Ediciones, y al mismo tiempo con la revista Juventud Audaz de Editorial Valenciana hasta que el 1959 pasa a la nómina de Editorial Bruguera y empieza a dibujar su personaje mas emblemático: “El Capitán Trueno”. Se empezaría a publicar en 1960 en la colección El Capitán Trueno Extra, y a partir del Pulgarcito nº 1531 desde el 5 de septiembre de 1960, a razon de una doble página central en la revista de carácter semanal. Sin embargo, la fama se la llevó Ambrós, el dibujante jefe de la Editorial

En 1965, sale editada su última colección para el mercado español, y quizá la que más pervive en el recuerdo de los que la conocieron. “El pequeño Sioux” por Iberomundial de Ediciones. Desde este momento entra en “Ediciones Aventuras y Viajes en París” para quienes trabajaría hasta 1980.

Claudio Tinoco fallece el 6 de abril de 1993, a los 72 años, en el más completo anonimato y sin tener reconocimiento público honrando la ingente obra realizada merced a su prodigiosa mano de dibujante.

Puedo ratificar, y lo redacto, que de Claudio Tinoco aprendí a manejar el lápiz con cierta soltura, no quiero decir que haya sido, realmente, mi maestro en el arte del dibujo pero sí puedo afirmar que las horas en que me permitía observarlo –con la única condición de no molestarlo lo más mínimo- fui asimilando su manera de manejar el lapicero y quizás me hubiera convertido en un dibujante de cómics si no fuera porque emigró de Ceuta en aquellos años difíciles. Sin embargo, aquella observación mía de su manera de trabajar los dibujos quedó tan arraigada que, posteriormente, me sirvió para mi actual profesión. ¡Y mucho!

Sirva éste humilde artículo como sencillo homenaje al recuerdo de un ceutí que dejó nuestra tierra movido por las circunstancias económicas de entonces y que merece algo mucho mejor por parte de quienes deberían rendirle un homenaje póstumo como reconocimiento a su labor (ya sea por las autoridades ceutíes como la gente interesada de verdad por la cultura en general). Una labor plagada de abundantes deseos de mantener alegre e interesada a un amplísimo sector de la población española de aquellos tiempos a través de sus dibujos y las ejemplares historietas que contaba.

De la familia de Claudio Tinoco Caraballo nunca más supe hasta hace poco y de verdad que lo siento, por cuanto quisiera saludarles para demostrarles mi afecto a tan singular dibujante que ahora está en los Cielos, al que, en cierta medida, le estoy agradecido por haberme permitido aprender.

Pero ahora, después de un año residiendo en mi ciudad natal, ¡oh, paradoja!, me encuentro con que en “El Pueblo de Ceuta” están familiares de aquél entrañable Claudio Tinoco Caraballo y nada menos que en la cúspide del diario… ¿qué mejor medio para demostrar lo que aprendí del dibujante que ahora está en los Cielos? Mis caricaturas publicadas de personajes ceutíes, y que seguiré publicando dependiendo de la disposición del editor, dan verdadera fe de lo que aprendí.
 

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