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OPINIÓN - VIERNES, 4 DE JULIO DE 2008

 

OPINIÓN / EL OASIS

Fernández y Gil
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Días atrás, durante un acto al cual asistí porque se distinguía a una persona muy estimada por mí con un importante galardón, Basilio Fernández y Antonio Gil movieron sus manos en señal de saludo desde la distancia que nos separaba. El gesto de ambos, al unísono, era un claro de ejemplo de educación y saber estar.

Fernández y Gil demostraban con su comportamiento que si bien sus decisiones tomadas como críticos furibundos contra el PSOE de Ceuta, no habían tenido buena acogida en este espacio, ellos desechaban cualquier intento de mostrarme su enfado negándome el saludo en cuanto se hubiera presentado la ocasión. Que es lo que suelen hacer quienes no gustan de ser enjuiciados desfavorablemente en sus cometidos como personas que desempeñan cualquier actividad pública.

El saludo a mano alzada por parte del secretario general de la Unión General de Trabajadores y del presidente del Consejo Económico y Social de Ceuta, en señal evidente de que deseaban acortar las distancias habidas entre nosotros, en cuanto se presentara la ocasión, para pegar la hebra durante unos minutos, fue una bocanada de aire fresco en sitio donde había individuos cuyas caras parecían estar asediadas por los síntomas del estreñimiento pertinaz.

En cuanto pude, es decir, nada más finalizar la cháchara que mantenía en esos momentos, me fui derecho hacia el sitio donde ellos se encontraban. Es decir, donde estaban los hombres que ese mismo día se habían visto reflejados en este espacio como equivocados por haberle tomado mal la medida a José Antonio Carracao. Y entre bromas y veras, supimos conversar con esa relajación que propicia poder decir lo que ambas partes desean.

A Basilio Fernández hacía tiempo que yo le quería poner al tanto de un hecho que siempre le agradeceré a su mujer. Quien jamás, por más que él en mis escritos, desde que fuera alcalde y presidente de esta ciudad, hasta hoy, no haya tenido la mejor de las acogidas, ella, su esposa, me mantuvo siempre el saludo y las palabras agradables cuando nos cruzábamos en la calle.

No hace falta decir que la confesión llevaba un mensaje muy claro. El señorío que prima en tu casa, estimado Basilio, hace posible que tu familia esté por encima de la cortedad de miras de quienes están convencidos de que si no pueden matar al mensajero al menos se le desprecie retirándole el saludo y diciendo de él impropios entre conocidos. Y creo que así lo entendió BF. A quien le tocó vivir, como alcalde, una época tumultuosa de una ciudad que se vio de pronto invadida por un fenómeno para el que no había entonces respuestas en ningún sentido: la inmigración.

En lo tocante a Antonio Gil, me cabe decir que siempre he mantenido con él ese tipo de relación que a nada obliga pero que en cuanto nos hallamos en cualquier sitio nos permite analizar la situación o hablar de lo saludable que es ponerse a escuchar atentamente el canto de los pájaros.

Y esa relación, sin ningún tipo de interés que la motive, me permitió recordarle que como secretario general de un sindicato de clase, de la categoría del suyo, le está vedado el seguir contando cosas en una sola dirección. Y Antonio, como no es de los que se chupan el dedo, entendió el mensaje y prometió enmendar su yerro cuanto antes.
 

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