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OPINIÓN - LUNES, 22 DE SEPTIEMBRE DE 2008

 

OPINIÓN / SNIPER

Biblioteca (8)
 


José Luis Navazo
yebala06@yahoo.es

 

Si bien la traducción de la palabra Corán significa “recitación”, también en el libro sagrado de los musulmanes hay una aleya (o azora) que impele al creyente a su lectura, por lo que no es extraño que para la cultura musulmana -basada al fin y al cabo en una obra peculiar, dictada textualmente por Dios/Allah- los libros y manuscritos gocen de notable prestigio, promoviéndose desde los primeros tiempos la creación de bibliotecas (públicas y privadas) por califas, príncipes y otros mecenas a lo largo de toda la geografía del Islam, impulsadas fundamentalmente por una motivación religiosa: el estudio y comentarios sobre el Sagrado Corán.

Entre los siglos IX y X los Califas Abasíes fundaron en Bagdad la “Casa de la Sabiduría” (Bayt al-Hikma, ¿815?), financiada por el Tesoro público; se tradujeron al árabe numerosos manuscritos griegos, persas y sánscritos de filosofía y ciencias naturales, manteniendo una prestigiosa biblioteca pública de varios centenares miles de volúmenes (hacia 1234, los fondos ascendían a 80.000 ejemplares) y organizándose a la vez un observatorio astronómico. Una red de bibliotecas públicas se extendía por todo el imperio, desde Basora, a Damasco y Alejandría. En Al-Andalus omeya fue famosa en Córdoba la biblioteca del califa al-Hakam II (961-971), en la que se acogían a copistas y escribanos, se traducían y encuadernaban obras y se custodiaban unos fondos de 400.000 volúmenes; expurgados bajo el visir Al-Mansur (Almanzor) por considerarlos heréticos, fueron destruidos también por los rigoristas Almorávides y Almohades por el mismo motivo y luego quemados (al igual que las bibliotecas de los Reinos de Taifas de Toledo, Zaragoza y Granada) por la Inquisición católica con el avance de la Reconquista. El Shiísmo tampoco quedó a la zaga: en el siglo X, los Califas Fatimíes levantaron con fondos públicos en El Cairo la “Casa de la Ciencia”, una gran biblioteca que albergaba más de 20.000 volúmenes, entre ellos unas 15.000 obras de origen helenístico. Tras ser derrotados por el kurdo Saladino (vencedor de los Cruzados en Hittim), primer sultán ayubí (1138-1193), la biblioteca fue expurgada y buena parte de ella dispersa.

Aunque los Mongoles debelaron inicialmente el Imperio islámico a sangre y fuego (Bagdad fue arrasada, bibliotecas como la iraní de Merv destruida…), después de Tamerlán se fundaron bibliotecas en Tabriz y Samarcanda, en ocasiones bajo influencia del shiísmo; también alcanzaron notable fama (por ejemplo en el arte de la miniatura) las bibliotecas y centros culturales del Imperio mongol de la India, si bien los fondos de la biblioteca central fueron saqueados y dispersos por los ingleses en 1858. En los inicios del Imperio Otomano (el último Califato ortodoxo) y tras la conquista de Constantinopla en 1453 (la Granada nazarí fue debelada por los Reyes Católicos en 1492), Mehmet II impulsó la recuperación de manuscritos de los ricos fondos atesorados por Bizancio, con los que creó las famosas bibliotecas del palacio Topkapi y Süleymaniye, ambas en Estambul, que atesoran en la actualidad más de 150.000 manuscritos. Muchas mezquitas como la Karauin (Fez, Marruecos) y El Azhar (El Cairo) contaron con bibliotecas bien surtidas, fundamentalmente con obras de referencia islámica destinadas al estudio del Corán, así como de comentarios de hadices (Véase Caligrafía).
 

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