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OPINIÓN - VIERNES, 3 DE OCTUBRE DE 2008

 

OPINIÓN / SNIPER

Los Santos Ángeles Custodios
 


José Luis Navazo
yebala06@yahoo.es

 

Es de bien nacido ser agradecido y allí acudí puntual, primero a la misa en la iglesia de San Francisco y luego al discurso oficial, seguido de una copa de vino español, en el hotel Ulises, actos con los que el Cuerpo de Policía Nacional festejó ayer a sus santos patronos, Los Ángeles Custodios. Entré a altas horas de la madrugada por el paso fronterizo de El Tarajal, con el traje recién planchado colgado en el coche y felicitando, de paso, en su fiesta a los aduaneros de servicio en el vecino país. “Net y pulit” pero “a la iraní”, sin corbata (varios años llevándola de adolescente generaron cierta alergia en la madurez) quise corresponder a la amable invitación de El Delegado del Gobierno y, en su nombre, el Jefe Superior de Policía, acudiendo a este emotivo acto.

Cada cual hace su trabajo y, a veces, desde los medios de comunicación los escribientes nos vemos obligados a llamar la atención sobre actuaciones más o menos afortunadas, pero ello no es óbice para reconocer la inmensa deuda que el conjunto de la sociedad tiene contraída con unos sacrificados cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que, en la compleja y arriesgada lucha contra la criminalidad y el terrorismo global, arriesgan día a día su vida para angustia de los suyos. Valgan pues estas líneas de solidaridad y agradecimiento, sin abundar en detalles, para las fuerzas policiales que ayer vivieron su día grande, el de los Santos Ángeles Custodios, patronos históricamente desde principios del siglo XIX de la policía española y así asumidos por el Papa Pío XI en 1926, si bien la propia Iglesia ya venía celebrando la liturgia de este día, 2 de octubre, por decisión de Clemente X.

Ceuta y Melilla, estas ciudades con una rica y compleja demografía, avanzadillas de España en el Maghreb, acogen una sociedad multicultural (al contrario de la peninsular más secularizada) muy marcada por sus raíces religiosas, que contemplan la existencia de estos seres polifuncionales, mensajeros del Cielo. que descienden a la Tierra para proteger a hombres y pueblos como puede rastrearse en los textos de la Biblia hebrea o Tanak, los Evangelios y en el mismo Corán. Curiosamente la Iglesia Católica, después de muchas y agrias controversias teológicas, no despachó oficialmente el asunto hasta el primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325 (“Cristo es Dios y los ángeles son criaturas de Dios”), siendo el Doctor Angélico (Tomás de Aquino) quien en su “Summa Teológica” intentó sistematizar, racionalizando, su existencia. En el Corán los ángeles son citados, al menos, en 33 suras. Escribía fray Luis de León con su peculiar estilo que a los ángeles se les llama “estrellas de la aurora porque sus entendimientos, más claros que estrellas, echaron rayos de sí, saliendo a la luz del ser en la aurora del mundo”. Ayer pude observar en la franciscana iglesia el fervor y recogimiento con el que unos hombres y mujeres, curtidos al sol y al aire de la calle, sentían su día participando con el sacerdote oficiante de la liturgia. Ustedes, amables lectores, ya conocen mis parámetros y, entre ellos, el respeto a las íntimas creencias de cada uno es un firme pilar de mi conducta. Los ángeles de Dios, podemos leer en los Salmos (103, 20) son “agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra”. Que Dios, pues, proteja a estos hombres y mujeres que velan, día y noche, por nuestra seguridad.
 

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