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OPINIÓN - JUEVES, 27 DE NOVIEMBRE DE 2008

 

OPINIÓN / EL OASIS

Violencia contra la mujer
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Era una mujer que aspiraba a casarse con quien tuviera posibles económicos para poder disfrutar de una vida muelle que en su casa no tenía. Un sueño que no se cumplió, aunque el marido que le cupo en suerte era honrado a carta cabal y estaba acreditado como alguien que se dejaba la piel trabajando como pluriempleado, a fin de que los suyos pudieran vivir más que dignamente.

Pero su esposa le reprochaba diariamente que él ganaba muy poco y le recordaba nombres y apellidos de otros que ganaban muchísimo más y hasta llegaba a calificarle de tonto por no conseguir los dineros que su amigo, fulanito de tal, conseguía estraperleando. Aquella mujer, además, no se cansaba de quejarse amargamente de que las tareas de la casa la tenían absorbida y no le permitían tomarse el menor respiro, a pesar de que en el hogar no faltaba ninguno de los electrodomésticos del momento. Y no conforme con ello, cada noche, cuando el marido regresaba harto de bregar todo el día en diferentes tajos, ella volvía a lamentarse de todo lo habido y por haber.

El hombre hacía acopios de paciencia y procuraba por todos los medios mantener la calma ante aquel egoísmo manifiesto de su esposa. Las amistades de ambos comenzaron a tacharlo de calzonazo; debido a que la mujer tampoco se cortaba lo más mínimo en reprocharle en público todo lo que a ella le disgustaba de él.

Aquel hombre murió relativamente joven y ella, su mujer, lo lloró en el velatorio con un desconsuelo tan descompasado que más que pena causó risa entre quienes estaban al tanto de cómo había tratado en vida a su difunto marido.

He aquí, pues, el evidente maltrato a un hombre en época donde las mujeres, desgraciadamente, estaban sometidas al yugo del llamado aún patriarca de la casa y sin la menor protección por parte de unas leyes que amparaban solamente a los varones. Un caso que formaba parte de otros muchos cuando lo corriente era lo contrario.

Lo corriente era que la mayoría de los hombres, sin distinción de clase, tuvieran a las mujeres para cubrir sus necesidades de cama, prestas a la ayuda y entregadas a la crianza de los hijos. Y que en cuanto ellas se salieran de las normas establecidas, ellos estaban legitimados para castigarlas acorde con la severidad que cada cual creyera conveniente y según el grado de maldad que atesoraran en sus entrañas.

Aquellas mujeres, ricas, de medio pelo o pobres de solemnidad, no encontraban comprensión ni contando su calvario. Porque padres, asesores religiosos, conocidos... más que buscar soluciones se limitaban a pedirles a las víctimas que procuraran no irritar a sus verdugos. Y éstas, atiborradas de dolor y muy avergonzadas, procuraban mentir acerca de por qué lucían un ojo tumefacto o la mejilla herida por el bofetón de una mano ensortijada.

El martes se ha celebrado el Día Internacional contra la Violencia de la Mujer. Porque los hombres que entonces pegaban ante la indiferencia y la hipocresía generalizadas, ahora matan más que nunca. Una locura. Una tragedia sólo evitable cuando los hombres entiendan que la vida no se acaba cuando una mujer diga que las relaciones están caducadas o se muestren agrias de carácter o egoístas hasta extremos insospechados.
 

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