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sociedad - MIÉRCOLES, 7 DE ENERO DE 2009


los reyes con un niño. reduan.

EL DÍA DE LOS NIÑOS
 

Sus Majestades los Reyes
Magos y el apagón analógico

La revolución digital ha cambiado también el gusto por jugar de los niños, que alternan la forma de diversión clásica y tangible del balón y el amigo con otra virtual de saltos imposibles en videojuegos
 

CEUTA
Rober Gómez

ceuta
@elpueblodeceuta.com

HACE 15, o mejor, 20 años, hacer una crónica de ambiente del Día de Reyes hubiera sido más sencillo. Bastaba simplemente con echarse a las plazas y parques y meter la grabadora a los padres y los niños y preguntarles por qué les habían regalado, la cara de felicidad que pusieron, si consiguieron conciliar el sueño la noche pasada, si Sus Majestades se comieron el colacao con pastas, etc, etc, etc.

Sin embargo, entrados como estamos en el siglo XXI, evidentemente no basta, porque ayer las plazas de Ceuta y los bajos de La Marina no albergaban los suficientes niños para pensar que los Reyes Magos de Oriente hubieran pasado por todas las casas; y entrevistar a esos niños y sus padres como si esa parte fuese el todo dejaría al margen a esa gran cantidad de pequeños que este 6 de enero, como los anteriores, jugaron en el salón de casa, que estaban ansiosos por enchufar la consola y comenzar a salvar al mundo en una realidad virtual.

Lo cierto es que en la plaza de los Reyes a las doce y media de la mañana de ayer había tan sólo tres niños, dos en bicicletas y uno en patines; y que en La Marina se podía intuir que perfectamente podía ser casi como cualquier día festivo en el que los niños juegan al fútbol o al baloncesto.

Vídeojuegos y consolas han liderado, según los estudios a este respecto, las demandas a los Reyes Magos en 2009 –y también lo hicieron en 2008–, por delante de muñecas que hablan o cantan y peluches que hacen ruidos gracias también, eso sí, a chips electrónicos.

La revolución digital ha cambiado y seguirá cambiando nuestros hábitos de vida. El apagón analógico es una realidad ya: del teléfono fijo al celular, del walkman al IPOD, de la cámara de fotos con carrete por revelar al móvil que capta imágenes de gran resolución, del sobre con remitente al e-mail, del disco de vinilo a un archivo comprimido en mp3 en el ordenador, del álbum de fotos al face book, del diario personal al blog, de comprar en la tienda al E-bay...

Los gustos de los niños no escapan a nuevas tendencias de diversión con tecnología punta. No se trata de juzgar si antes jugar era más sano que ahora. No hay vuelta atrás, porque ningún niño pedirá en nuestos días una peonza en su carta a los Reyes. Los chicos de hoy en día tienen la posibilidad de experimentar virtualmente lo que es infiltrarse en las líneas enemigas con un subfusil de asalto liquidando nazis, talibanes, comunistas locos o extraterrestres con oscuras intenciones.

En mi patio, allá en los años 80, iniciábamos guerras de castañas con otras comunidades de vecinos para saber qué se sentía en una batalla. Hubo tres grandes guerras púnicas de la castaña en un sombrío parque poco transitado; y el balance final fue que un chico de mi barrio casi pierde un ojo y a otro del bando contrario un politoxicómano le abrió la cabeza de un ladrillazo porque no le dejaban colgarse a su gusto. Ahora, a ningún grupo de chavales se les ocurriría una cosa semejante. En el siglo XXI quedan en red y salvan virtualmente a la humanidad o ganan el Mundial de fútbol. Las sensaciones son las mismas, pero más seguras que antaño. Sin embargo, en la realidad virtual queda el poso, una vez desconectada la consola, de la levedad de lo vivido. No es real, al fin y al cabo.

Siempre habrá gustos, pero no es lo mismo golpear con el pie un balón a que lo haga un Leo Messi pixelado en la pantalla de una televisor de plasma porque uno ha pulsado el botón correcto.

Hablo, además, con conocimiento de causa, porque, por mi edad, yo viví desde el comienzo la evolución de los vídeojuegos. Al principio, acudíamos a salas recreativas o a bares. Toda la panda del barrio cruzábamos la carretera y metíamos por la ranura 25 pesetas para echar una partida al Golden axe o al Street fighter –el primero de todos–. Tenías diversión durante unos diez minutos, luego te tocaba ver jugar a otro y esperar la cola. Al final te marchabas cuando habías gastado las 100 pesetas, los cuatro créditos.

Luego llegaron los ordenadores personales de 64 y 128 kas. Subíamos a casa del afortunado y cargábamos durante un cuarto de hora una cinta magnética que hacía un ruido horroroso para echar una partida que no duraba más de cinco minutos. Perdíamos y rebobinábamos la cinta para empezar de nuevo. A los pocos días la cinta estaba tan hecha polvo que ya no funcionaba. De ahí se pasó a los diskettes, mucho más fiables.

Llegaron al mercado las primeras consolas Game Boy, a las que jugábamos en el patio al Mario bros. o al Tetris, con un alto índice adictivo –una vez llegué tarde y todo sudado a un examen de recuperación en el colegio por intentar pasar uno de los niveles–.

Después aparecieron las consolas de mesa con una evolución en los videojuegos que llegan a parecer auténticos simuladores de la realidad. No me extraña que gusten y generen adicción cuando aumentan la presión sanguínea, dilatan las pupilas y oleadas de dopamina y adrenalina recorren las áreas del cerebro.

Sin embargo, tienen un gran inconveniente. En los años 90, cuando era veinteañero y estaba en el paro, me pasaron un cd en el que había escrito con un rotulador permanent la palabra Comandos... y me pasé un mes enganchado a ese perverso juego. Apenas dormía y comía y en sueños se me aparecían el boina verde, el espía y los soldados alemanes. Hasta que no finalicé todas las misiones del maldito juego no pude volver a la realidad. ¿Qué ocurrió cuando lo terminé? Me puso muy triste la insoportable levedad de esos pasatiempos. Mi conclusión: que fue una pérdida de tiempo, que nada de lo que hice durante ese mes fue real; que no dinamité ningún tren nazi ni ayude a ganar la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, las tres guerras púnicas de la castaña sí que existieron, sí que puedo recordarlas y hablar de ellas cuando me encuentre con alguno de los soldados que participaron en ellas y que lograron licenciarse.

En 2005, la PlayStation 3 se publicitaba con una famosísima frase de la película Blade runner, la que pronunciaba el replicante, interpretado por Rutger Hauger, en sus últimos momentos de vida: “He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser...”. Lo que no hacía aquella petrea voz era concluir el discurso del replicante: “...y todo eso se perderá como lágrimas en la lluvia”. Muy significativo.

Es una desventaja, y grande, de los juegos virtuales, pero no todo son inconvenientes: no hay duda de que los vídeojuegos desarrollan la psicomotricidad, la inteligencia y el interés por la informática y las nuevas tecnologías.

Tal vez lo mejor sea alternar los juegos reales con los virtuales, pero no me gustaría que pareciese que el reportaje tenga algún tipo de moralina. No me parece mal que los chavales disfruten entrando en una nueva dimensión virtual en la que disparen enloquecidamente, brinquen sin miedo a la gravedad y salven al planeta de las fuerzas oscuras, pero sin olvidar que estamos hechos de carne y hueso, no de ceros y unos.
 

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