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OPINIÓN - DOMINGO, 18 DE ENERO DE 2009

 

OPINIÓN / EL OASIS

Ocho años como presidente de la Ciudad
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Febrero de 2001. Día 6. El Gil pierde la presidencia de la ciudad de Ceuta. ¡Albricias! ¡Aleluya! ¡Vivan las madres de todos los que han hecho posible tal cosa! Sí, no creas tú que soy tan lerdo como para creerme que los disidentes del ‘gilismo’ lo son porque han querido prestar un gran servicio a Ceuta a cambio de nada. Pero, aunque se lo hayan llevado calentito, me da igual. La única verdad es que han hecho posible que Antonio Sampietro pierda la presidencia y se vea obligado a darse el bote. A poner pies en polvorosa; vamos, a najarse.

Mi interlocutor, sentado frente a mí a una mesa en la cafetería Real, no estaba de acuerdo con mis expresiones de alegría ante la buena nueva. Se endemoniaba pensando que la caída de Sampietro facilitaba el acceso de Juan Vivas a la presidencia. Y rezumaba rencor por todos sus poros. Le podía el sentimiento de hostilidad y venganza, porque se acordaba de lo que... se acordaba. Mientras yo seguía festejando lo ocurrido.

Quien dialogaba conmigo, aquel 7 de febrero, del año ya reseñado, o sea, al día siguiente del voto de censura, no pudo contenerse y me recordó con deleite mi tormentoso pasado con quien pronto sería investido presidente de la Ciudad. No en vano, se sabía al dedillo los desencuentros que habían ido surgiendo en mis relaciones profesionales con el hombre elegido para evitar que Ceuta se hundiera en el abismo de los escándalos políticos. Sin que por ello hiciera mella en mi satisfacción por el cambio que se iba a producir.

En Juan Vivas Lara no creía nadie. Ni los suyos creían que pudiera ser ese presidente capaz de gobernar con tino y hacer de la prudencia un arma con la que devolver al PP la credibilidad que había ido perdiendo en la ciudad a pasos agigantados Y, desde luego, las lumbreras con despacho en la calle Génova ni siquiera podían imaginarse que Vivas, un recién llegado al partido, se convertiría en un político que arrasaría en las urnas y además se ganaría un prestigio enorme a escala nacional.

En febrero se cumplirán ocho años de la llegada de Javier Arenas a Ceuta para presidir la investidura de Vivas como presidente de la Ciudad. Todo un acontecimiento. En esta ocasión dejaré a un lado lo que pensaba Arenas, entonces, de Vivas. Puesto que todos tenemos el derecho a equivocarnos cuando hacemos juicios temerarios y precipitados. Y bien que lo habrá sentido el presidente del PP en Andalucía.

En esta ocasión, lo que quiero destacar es que la popularidad de Vivas sigue intacta. Que el consabido desgaste del poder parece que no le afecta a él. Por más que haya cometido errores y haya dejado ver sus carencias y sus defectos más acusados, durante los ocho años que lleva presidiendo el Gobierno local. Faltaría más. Pues de lo contrario estaríamos hablando de un ser superior.

Pero hay más. La reciente visita del presidente ceutí al Palacio de la Moncloa ha vuelto a poner de manifiesto, por si alguien lo dudaba, la enorme diferencia que existe entre Imbroda y Vivas. El primero es incapaz de disimular que considera a los socialistas más que adversarios políticos enemigos acérrimos. Y, claro, los socialistas procuran mantenerlo a raya, e incluso esquivarlo. Lo cual perjudica gravemente a los melillenses. El segundo consigue logros sin despeinarse. Procura caer bien y beneficia a Ceuta. Albricias, pues.
 

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