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sociedad - LUNES, 26 DE ENERO DE 2009


joven marroquí. reduan.

REINTEGRACIÓN DE MENORES
 

En busca de la caprichosa libertad

Mohcine Grimli se escapó de Marruecos a los trece años y ha tenido una vida azarosa en la que no han faltado los centros de menores, las familias de acogida y las noches de sueño a la orilla del mar que baña la Ribera
 

CEUTA
Cristina Marzán

ceuta
@elpueblodeceuta.com

Nació en Rabat en 1985 en el seno de una familia noble de clase media en la que creció junto a sus cuatro hermanos. Al cumplir los 14 años, y a raíz de la separación de sus padres, el joven Mohcine Grimli decidió abandonar Marruecos y probar suerte en España, buscando la libertad y el crecer como persona de manera individual.

Su llegada a Ceuta y su traslado posterior a la penísula, ha sido una aventura de diez años en los que los centros de menores, las familias de acogida y la supervivencia en las calles no han faltado. Pero Mohcine, a diferencia de otros jóvenes problemáticos, ha sabido separar esa inquietud por la independencia de las soluciones rapidas para sobrevivir como pudieran ser las drogas, el alcohol o los delitos. Un caso específico y espontáneo que destroza el estereotipo de los menores delincuentes.

Su historia comenzó con la huida, con una mochila a cuestas, un poco de dinero en el bolsillo y el deseo de recorrer mundo alejado de su familia considerando “incorrecta” la educación o las decisiones que su padre, personalidad de la alta esfera en Marruecos, había tomado. “Empecé el viaje en la frontera, sin que nadie supiera que me había escapado. Conocí a una señora que me prestó el pasaporte de uno de sus hijos y conseguí cruzar el Tarajal, ya que no tenía papeles ni documentación. Le daría lástima y se ofreció a ayudarme”, explicaba el joven.

Al llegar a la ciudad, deambulando por las calles y durmiendo a orillas del mar que baña la Ribera, los agentes de la policía trasladaron a Mohcine al centro de menores San Antonio. “No sabía hablar español así que me ficharon con otro nombre aunque con la huella se me reconocía. Allí me trataron muy bien pero yo deseaba libertad y allí la veía coartada. Así que me escapaba de vez en cuando aunque siempre me devolvían los policías”, confesaba.

Por las calles de Ceuta y sus peripecias de apenas 15 años de edad, Mohcine conoció a otros jóvenes que luego le proporcionaron ayuda en su escapada a la península. En 2001, el joven comenzó a trabajar en la plaza de Real 90 y cuando ahorró el dinero suficiente consiguió desplazarse. Mientras tanto, sus familiares pusieron una orden de búsqueda y captura en Marruecos hasta que los secretas del país vecino, supieron que el joven se encontraba en Ceuta. “Vinieron a por mí pero me escapé y conseguí cruzar el Estrecho. Me colé en el barco con el pasaporte de un amigo y junto con él, nos fuimos a su casa, en Málaga”, narraba.

A los 16 años, Mohcine ingresó en el centro de menores de Torremolinos para conseguir el permiso de residencia. Paralelamente, la madre de su fiel amigo arregló los trámites para el acogimiento familiar y el joven marroquí tendría una doble vida, con dos familias, y dos residencias. “En el centro estudié, aprendí perfectamente el español, saqué la ESO y el instituto. Al cumplir los 18 años, me trasladé a mi casa, en Málaga, con mi familia adoptiva. Los educadores se portaron muy bien pero les tenía cierto miedo a los menores que había allí porque bebían, eran problemáticos, drogas, y yo nunca me he metido en ese mundo”, aclaraba.

En 2004, Mohcine decidió establecer contacto con su madre biológica y reencontrarse con ella. “Fue muy emotivo, alucinante, y desde ese momento decidí sentar cabeza ya que para mí fue muy duro ser pequeño, verme solo, desprotegido y sin cariño. Pero quería demostrar a mi padre que me podía valer por mí mismo”. Por aquella fecha, Mohcine regresó a Málaga donde estuvo trabajando sin contrato hasta que en 2005 se trasladó a Madrid. “Me dijeron que allí tendría más oportunidades y empecé a trabajar en una obra, me dieron el permiso de trabajo y de residencia por cuenta ajena y ya me he acostumbrado a buscarme la vida por mí mismo sin recurrir al dinero fácil”, añadía.

A pasado hambre, sueño, miedo, inseguridad; pero Mohcine dice no arrepentirse de nada sólo no haber cumplido su sueño: ser enfermero. “Quería estudiar pero mantenerme al mismo tiempo no podía ser. Me hice grande y no estaba dispuesto a renunciar a mi libertad, mi independencia. Y ahora lo único que quiero es montar mi propio negocio y crear mi propia familia”.
 

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