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sociedad - DOMINGO, 8 DE FEBRERO DE 2009


mujer maltratada. archivo.

reportaje
 

Violencia de género: La tiranía
de la hegemonía masculina

La violencia sexista es la más
impune de todas y la que se cobra
más victimas, superando a la terrorista,
siendo la prevención con sistemas más igualitarios y la detección elementos fundamentales para acabar con ella.

CEUTA
María Muñoz Tinoco

ceuta
@elpueblodeceuta.com

La violencia contra las mujeres ha estado presente en la vida de éstas en todas las épocas y se ha mantenido a lo largo de los tiempos debido a la tradición cultural y a numerosos prejuicios y estereotipos que existen acerca de las mujeres y de cuál debe ser su posición en la estructura social. La única diferencia con la actualidad es que antes la violencia estaba normalizada y por lo tanto no tenía reconocimiento como tal.

Con el movimiento feminista de los años 70 empiezan a surgir acciones organizadas que consiguen tener un impacto social y que abren el camino a que el problema pase del ámbito privado al público.

Hoy en día, tanto en España como a nivel europeo e internacional se reconoce la violencia de género como un problema de primer orden y existen instituciones encargadas de la lucha para su erradicación. Las medidas y los esfuerzos para prevenir, detectar y destruir este tipo de violencia son cada vez mayores y complejos aunque todavía queda mucho por hacer.

Origen de la violencia: género y cultura.


Un concepto fundamental para empezar a entender este fenómeno es el de género. A menudo se suele confundir los términos sexo y género a pesar de que son diferentes. El sexo hace referencia a las características biológicas con las que nacemos mientras que el género es un constructo cultural que aplica unos determinados rasgos según seamos hombres o mujeres. Por tanto las características de género aplicadas a cada sexo no son innatas sino que dependen de la cultura.

Nuestra sociedad occidental se caracteriza por tener una estructura jerárquica y patriarcal, es decir existen grupos sociales estratificados y además en estos grupos unos mandan y otros obedecen, por tanto no existen las relaciones igualitarias sino las de poder y obediencia. Por otra parte al ser patriarcal es el hombre el que se coloca en la posición superior. Desde la religión tampoco la mujer ha salido muy bien parada. Dios es el Padre todopoderoso mientras que María es elegida por Él para ser madre de Jesucristo, también hombre. María representa los valores de la maternidad, la virginidad y la entrega total, su función es la de sumisión al varón. La doble moral sexual se tolera para el varón, mientras que la mujer sufre todo tipo de castigos por el mismo comportamiento. Otro caso es el de Eva. Dios la crea a partir del hombre y como distracción para éste y es ella la culpable de la expulsión del paraíso. Aparecen así los dos tipos de mujer diferenciados y dicotómicos: la madre, asexuada y servicial o la mujer seductora, malvada y sexual.

Por otra parte también la ciencia se ha encargado de difundir todo tipo de mentiras sobre las mujeres con el fin de mantener el orden establecido, sus cuerpos y sus mentes se consideraban inferiores a las del varón, hechos que han quedado totalmente desmentidos en la actualidad.

Nuestra cultura actual sigue vendiéndonos el amor romántico como el ideal de la relación de pareja en el que la mujer renuncia a todo por su hombre y en el que el amor debe ser el centro de nuestras vidas. Encontrar al príncipe azul que nos llene y nos complete y que nos haga felices para siempre. La música, el cine, la televisión, etc siguen transmitiendo éste mensaje de dependencia de la persona amada.

Todo este proceso cultural ha hecho que la mujer en la formación de su identidad lógicamente haya interiorizado los valores típicos atribuidos al género femenino como son la obediencia, el cariño, la paciencia, la dependencia, el cuidado de la familia, la resignación…el hombre sin embargo asume rasgos como la valentía, la fortaleza, la autonomía y la agresividad. Así se convierte en el cabeza de familia mientras que la mujer se dedica al cuidado y servicio del hombre y de los hijos.

Es esta situación desigual la que durante años ha sentado las bases del maltrato a la mujer ya que el hombre ha considerado legítimo y normal tomar las decisiones oportunas y tratar a la mujer como un objeto de su propiedad e inferior a él. Hoy en día se puede pensar que estas circunstancias han cambiado mucho y que las relaciones entre hombres y mujeres son igualitarias sin embargo en el inconsciente colectivo sigue estando muy imbricado el prejuicio contra la mujer. Por otra parte en la propia mujer esta cultura machista ha dejado una profunda impronta muy difícil de borrar y que es la que ha provocado que haya muchas mujeres que permanezcan en una situación de maltrato

El ciclo de la violencia


Cuando un hombre educado en una cultura machista y que ha interiorizado como propios los valores de esta cultura empieza una relación con una mujer espera que se comporte según lo establecido. La mujer educada en el modelo tradicional femenino aceptará las reglas de su hombre e incluso considerará los celos o el control de su pareja como una demostración de amor.

El proceso de la violencia es muy complicado y no surge de un día para otro sino que va desarrollándose poco a poco. El hombre violento empezará a exigir cada vez más a su mujer e irá minando sutilmente su autoestima y autonomía hasta conseguir que ésta sea totalmente sumisa. El hombre lleva a cabo una estrategia integrada en la que pretende conseguir básicamente: el aislamiento de la mujer ( para que le sea más difícil pedir ayuda), la dependencia ( a través de la humillación que la hará más vulnerable) y el pánico y la intimidación (romper objetos ,gritos ,golpes…)También utilizará todo tipo de chantajes emocionales con el fin de hacerse la víctima y conseguir que la mujer desarrolle un sentimiento de culpa por la situación.

La investigadora estadounidense Eleonore Walker describió en 1979 el “ciclo de la violencia” resultado de su experiencia en el trabajo con mujeres maltratadas descubriendo que este tiene tres fases: la fase de acumulación de tensión, la de agresión y la de reconciliación. En la primera fase el hombre se muestra cada vez más hostil y aumentan las discusiones y las demandas por parte de éste. Todo lo que hace su mujer le molesta y se muestra constantemente irritado. La mujer intenta complacerle con tal de controlar la “bronca” aunque al final será inevitable y llega la fase de agresión. El hombre utilizará la violencia ya sea psíquica, sexual o física. La mujer suele sentirse impotente y débil por no haber sabido controlar la situación. Posteriormente el hombre se arrepiente pidiendo perdón a la mujer con todo tipo de promesas, se desvive por ella o incluso le hace regalos, estamos en la fase de reconciliación o “luna de miel”. Este arrepentimiento es el que hace albergar en la mujer la esperanza de cambio por parte de su pareja y lo que le lleva a perdonarle. Si tras la agresión le había denunciado será en este momento cuando decida retirarla y darle otra oportunidad. Sin embargo con el tiempo cada vez se van repitiendo más la fase de tensión y la de agresión y va desapareciendo la fase de conciliación, por lo que cada vez resulta más difícil aguantar la situación. Salir de este ciclo violento es muy difícil y aunque se consigue suele pasar mucho tiempo hasta que la mujer llega a tomar conciencia real del problema y decide dar algún paso.

Las microviolencias

Otro tipo de violencia mucho menos evidente pero no por ello menos traumática es lo que se he llamado micromachismo o microviolencia. Aunque actualmente la sociedad ha tomado conciencia de la gravedad del problema de la violencia de género solo se reconoce esta violencia en los casos de muerte o agresiones graves. Pero la violencia no es sólo el golpe. Existen muchas otras formas de agresión que persiguen el mismo fin de dominio y control de la mujer, aunque se practican con artes más sutiles. Cada vez se dan más casos de mujeres que acuden a los servicios sanitarios aquejadas de estrés, fatiga crónica y un malestar psicológico cuyo origen son incapaces de identificar. Esto ha llevado a que en la mayoría de los casos se atribuya este malestar a la personalidad o a motivos intrínsecos a la mujer y no se consideren los factores externos que han podido desencadenar estos síntomas. Normalmente la mujer que ha sido socializada para comportarse según los roles de su género intenta llevar a cabo todas las funciones de las que se cree responsable. De una mujer se espera que sea cariñosa, buena ama de casa, madre abnegada, fiel esposa, y hoy en día una brillante profesional. Todo esto sin despeinarse y manteniéndose bella y apetecible para cualquier hombre. La frustración que supone no poder cumplir con estas expectativas imposibles va llevando a la mujer a un estado pésimo de autoestima y a desarrollar un sentimiento de malestar por haber “fracasado”.

Por otra parte, en las relaciones de pareja, el hombre, que desea continuar disfrutando de las ventajas que le otorga su género intentará desarrollar todo tipo de pequeñas “trampas” para mantener el estatus quo que tanto le beneficia. Muchas de estas acciones cotidianas no son planeadas deliberadamente ni con mala intención por parte del hombre sino que son mecanismos que han aprendido en su socialización como varones. En el ámbito de las tareas domésticas sigue siendo la mujer la principal responsable de llevarlas a cabo y el hombre en el mejor de los casos se dedica a ayudar pero siempre teniendo en cuenta que son “obligaciones femeninas”. Lo mismo ocurre en el cuidado de los hijos y la familia. El hombre queda eximido de cualquier responsabilidad debido a su “no saber hacer” y obliga a la mujer a duplicar sus esfuerzos abusando de su tiempo y disponibilidad.

Existen también como señala Luis Bonino en “Revista Argentina de Clínica Psicológica” otro tipo de micromachismos llamados micromachismos encubiertos. Estos son muy sutiles y se sirven sobre todo de la manipulación.

El hombre somete a la mujer a ciertas leyes masculinas a través de las cuales conseguirá mantener el dominio sobre ésta pero siempre sin parecer querer pretenderlo. Imponer el silencio o aislarse, descalificar o desautorizar y minusvalorar los propios errores, suelen ser entre otras las tácticas más comunes para conseguir someter a la mujer a sus deseos y necesidades.

Los efectos de todas estas pequeñas violencias pueden llegar a producir en la mujer efectos muy dañinos en su estabilidad tanto psíquica como física y son muy difíciles de detectar dada su práctica invisibilidad. Es muy importante que los profesionales de la salud sepan de su existencia y puedan dotar a la mujer de técnicas y armas psicológicas para contrarrestar sus efectos y poder paliarlos. De igual modo es fundamental empezar a considerar el origen cultural de la violencia con el fin de crear modelos más igualitarios donde hombres y mujeres empiecen a convivir en paz.
 

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