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OPINIÓN - JUEVES, 12 DE FEBRERO DE 2009

 

OPINIÓN / MIS COSAS

Mis cosas
 


ADE
ade
@elpueblodeceuta.com
 

Cuando en las noches del frío invierno sentado alrededor de la mesa, con el brasero debajo de ella para calentar los cuerpos, con aquella bombilla colgante del techo porque las lámparas, en las casas de los “pudientes”, brillaba por su ausencia, lo mejor que se hacía en cada casa, era ponerse a jugar al parchís o contar historias nacidas, en algunas ocasiones, más de la fantasía de los pueblos que de la realidad.

Por ello, no era de extrañar, que la conversación o los cuentos estuviesen basados, en aquella época de frío y hambre, en historias que con la poca luz que daba la bombilla y el momento de recogimiento con el estómago lleno de café negro migado con pan, “bocata de cardinales”, llevasen a los chavales al acostarse a soñar, con aquel tío “sacamantecas” que solía llevarse a los niños para sacarle semejante asunto.

Me encantaba escuchar a la sabia de mí abuela contarme, en aquellas noches de frío, de café negro migado con pan y con menos luz que un farol apagado, la historia del hombre del saco, que era otro que se llevaba a los niños metidos en un saco y la del “sacamantecas”.

Una de esa noches, mientras mis padres jugaban al parchís, que tengo que decir y digo, que ese juego es una jartá de aburrido, mi adora viejecita me contó una historia que pasó en Sevilla, según ella y que, desde entonces, se me ha quedado grabada en la memoria sin poderla olvidar porque, esa historia, es aplicable en muchas ocasiones a ciertos personajes de hoy día.

La historia se iniciaba en un barrio sevillano, donde el protagonista, de la misma, según su propia definición, era el más inteligente y el más valiente de todos los habitantes del mismo, estando siempre rodeado de otros personajes del barrio que le rendían pleitesía a aquel inteligentísimo y valiente personaje.

Este singular personaje, auténtica “lumbrera” del barrio y “valiente” como él sólo podía ser, atacaba a todo bicho viviente, sin importarle los más mínimo meterse en todos los charcos aunque no hubiese llovido o lanzarse en paracaídas desde diez mil metros, sin paracaídas.

Para demostrar todo el valor que poseía, acostumbraba a ponerse en una esquina, con una faca en la mano y un letrero colgado sobre su pecho que decía: “se busca un valiente para batirnos a muerte”. Por supuesto que nadie osaba pasar por aquella esquina, y sus seguidores paseaban sacando pecho por las calles del barrio, sabiéndose protegido por tan valiente personaje.

Pero cierto día, uno del barrio cansado de tanta aguantar al personaje en cuestión apareció en la esquina, con otra faca en la mano y dirigiéndose al personaje, le dijo: “aquí tiene a otro valiente dispuesto a batirse en duelo a muerte”. Nuestro personaje se echó a temblar y le contestó “ponte en la otra esquina y ya somos dos valientes”. Salió corriendo a reunirse con los suyos para decirles que cinco mil se habían presentado con navajas para matarlo. Sus seguidores se dirigieron hacia el lugar, encontrándose con el otro vecino, con el letrero sobre el pecho, sentado en el suelo, con una navajita de juguete. ¡Las cosas que me contaba mi abuela!.
 

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