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OPINIÓN - MARTES, 31 DE MARZO DE 2009

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

“El tiempo de contar” en Rodríguez Almodóvar
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Tiempo de contar” es el último poemario escrito por Rafael Rodríguez Almodóvar, afincado en Granada, pero natural de Jerez de la Frontera (Cádiz, 1921). En la contraportada del mismo: el archivo central de Ceuta y el distintivo de la Ciudad Autónoma de Ceuta. Escoger el propio tiempo, para injertar versos por los caminos del silencio, es una forma de conquistar espacio a la vida y de resucitar la juventud del mundo en un mundo viejo. El poeta lo es por la gracia de serlo y sabe, porque tiene oficio y vivencias, que la savia es lo que uno recuerda en el verso y cómo la recuerda para ofrecerla. Por ello, en esta obra literaria recién germinada, cada poema es un instante preciso en la eternidad del movimiento, donde el poeta descubre la verdad y el mañana en una oda interminable de emociones.

Dice el prologuista del libro, Rafael Delgado Calvo-Flores, visionario del verbo y de la ciencia, no en vano tiene la mente científica (es catedrático en la Facultad de Farmacia) y el corazón en la lírica (es poeta en la Facultad de la Vida por su siembra de autenticidades, belleza e ingenio), que en la poética de Rafael Rodríguez Almodóvar “no hay lugar para la falsedad”. Ciertamente, el poemario es él mismo, con el valor de sentirse libre en la veracidad del verso. Nada es ajeno a su poesía: la soledad que le circunda, la tierra honda, los presagios, las evasiones, los silencios, la esperanza, las preguntas… Lo importante, al fin y al cabo, es no dejar de interrogarse. El poeta no desperdicia segundo en ello: “Le voy ganando al tiempo/ parcelas de poder en la memoria/ como paso las páginas de un libro, / en sucesión de horas,/ hasta encontrar/ la palabra que cifra/ la identificación de un verso/ que se enmarque en la vida”.

El Académico Numerario (Fundador) de la Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras de Jerez de la Frontera, Rodríguez Almodóvar, bajo las alas del tiempo vivido, conservando sus ojos de niño y conversando con los abecedarios, que van de 1990 a 2006, nos entrega un libro crecedero en sueños y ascendente en voz. La palabra mana por si misma, quizás de tanto sentimiento desbordado que le sale del alma o tal vez fruto de esa aproximación a lo absoluto. El libro es conmovedor y, a la vez, tan emotivo como el acorde de los sonidos armónicos del universo. Cada mensaje es un timbre de metáforas incrustadas en el aire. Es tiempo de contar y de cantar todo lo bello que la vida encierra, de encender el entusiasmo por todo lo noble que nos rodea, de admirar y hacer admirar todo lo grande que envuelve nuestra pequeñez existencial. El poeta nos convence, y hasta nos hace vencer horas al tiempo, con su poética, bien elaborada y mejor servida. Es el momento de latir unidos. “Una página en blanco tiene el tiempo que mide/ los signos que obscurecen el pensamiento mío, / pero mi corazón sigue latiendo”.

El autor del libro se sirve del tiempo y se topa con el curso de la vida de la que obtiene la razón de ser poeta. Estamos, pues, ante un libro de raciocinio, de diálogos incesantes. Como expresa el prologuista del mismo, “su poesía es la cara visible, la piel sentida de su vida, un ejemplo de rectitud, caballerosidad y buen hacer”, y, en su obra literaria, viven sus mejores hazañas de lucidez y temple. Si en el libro de la naturaleza yace el poema perfecto, en este último libro de Rodríguez Almodóvar, también cohabita el poema en el que todos nos podemos ver reflejados. Cualquiera que lo tome, que lleve a los labios una de sus páginas, aparte de comprenderse más él mismo, se hallará con la poética del ser, una manera de vivir y de hacer vivir a pesar de las sombras. Y es que, en el fondo, uno tiene que ser algo para poder contar algo. El actual presidente de la emblemática Asociación Cultural Extramuros y la revista del mismo nombre, Rodríguez Almodóvar, con la cátedra de la vida embolsada de poemas, que ha tomado como devocionario, sabe decir mucho y además lo que dice, lo dice a corazón abierto. Buen libro y gran ejemplo, con autoridad literaria y conciencia crítica. Leerlo es tiempo ganado para uno mismo, para esa plática entre al autor y el lector, espíritu que inyectan los magnos volúmenes como el comentado, de saludable digestión.
 

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