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OPINIÓN - VIERNES, 10 DE ABRIL DE 2009

 

OPINIÓN / EL OASIS

Álvarez y su mosca cojonera
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Días atrás, algunos tontilocos celebraron una expresión, tan manida como vulgar, con que nos obsequió el genio premiado por el GIL en su momento de esplendor, dedicada en su tira al secretario General de Comisiones Obreras.

El genio nos dijo que Aróstegui era una mosca cojonera. Y el hecho, dado el asombro que produjo entre esas personas tontas y alocadas, ha pasado a ser considerado como la gran obra del dibujante. Autor de una tira cómica en un medio cuyo editor comprendió bien pronto que para seguir llenando la faltriquera no tenía más remedio que hurgarle en los genitales a los gerifaltes surgidos de Marbella, allá cuando los años noventa estaban tocando a su fin.

Mas, eso sí, con mucho cuidado y tiento; a fin de que los tocamientos a los gilistas fueran placenteros y nunca causantes de desazón, inquietud o desasosiego. Estamos hablando, sin duda, de una mosca cojonera amaestrada e interesada, por encima de todo, en llenar la caja de caudales. Aunque en el empeño tuviera que acuclillarse y hasta posponer su enorme orgullo.

Por consiguiente, a mi estimado Vicente Álvarez, de quien me sé de sobra cómo trabaja, le faltó, al calificar como mosca cojonera a Aróstegui, decirnos también que es insecto tan amaestrado como el editor del periódico en el cual se le permite que insulte todos los días a otro medio que ha sido capaz de romper la barrera del monopolio en una ciudad donde sólo mandaban, hasta hace nada, el editor referido; el secretario general de CCOO; y varios empresarios que usaban a las moscas cojoneras, amaestradas, para beneficiarse del trabajo que éstas acostumbran a desempeñar en los lugares más desaseados.

Ambas moscas cojoneras, ya nombradas -tampoco es cosa de insistir-, llevan ya muchos años formando pareja bien avenida. Primero se detestaban. Porque una era licenciada en remonta, mientras la otra procedía de cuadras de andar por casa. Pero hubo un momento en que ambas coincidieron en el sitio justo y en los momentos adecuados. Es decir, en la zona sucia del Ayuntamiento. Y fraternizaron. Y echaron a volar juntas. Con el único objetivo de asustar a quienes se opusieran a sus voluntades.

Puesto que las moscas cojoneras, esas que animan la tira de Álvarez, suelen volar muy bajo y gozan de enormes posibilidades de adherirse a las partes pudendas de sus oponentes y dejárselas inservibles para mucho tiempo.

Lo cual es más peligroso que molesto. Dado que ambos insectos destilan un líquido con propiedades inflamatorias. Y que dejan los cataplines tan deteriorados que incluso los mejores dermatólogos se las ven y se las desean para sanar lo que los dípteros estropean con sus lamidas iracundas. Aunque, justicia obliga, conviene volver a recordar que lo mismo, si se salen con la suya, dan mucho gustirrinín...

A Vicente Álvarez (tan imaginativo él; de lo contrario le habría sido imposible inventar esa expresión de mosca cojonera, que debe haberle dejado exhausto) le convendría saber que en la traición a Fortes intervino decisivamente una de las moscas cojoneras que aparecen aquí. Claro que en el pecado lleva la mosca cojonera su penitencia. Ya ves, Vicente, la que se ha liado por culpa de tu brillante imaginación. Y es que lo tuyo no tiene parangón. O sea.
 

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