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OPINIÓN - DOMINGO, 26 DE ABRIL DE 2009

 

OPINIÓN / EL OASIS

Alma de reo
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

La noticia más destacada de esta semana, desde que el martes se jugó el partido Madrid-Getafe, ha sido la agresión de Pepe a Casquero. Destacada, sin duda, porque ha sido motivo de comentario generalizado. Del mal comportamiento del jugador madridista han opinado incluso quienes detestan el fútbol.

En cualquier sitio, y a cualquier hora, he podido oír palabras iracundas contra el portugués. A quien censuro cuanto antes: no vaya a ser que piensen que trato de quitarle hierro a su desatinada actuación. Aunque se dieron varias causas para que se produjera esa enajenación mental transitoria de la que hablan los expertos en la materia.

Empecemos por la manera en que el partido se estaba desarrollando. El Madrid era un equipo roto en la parcela vital del medio terreno. Porque al poco recorrido, escasa entrega y desaciertos del holandés Van der Vaart, se unía el ritmo cansino y la indolencia de Guti; cuya pereza congénita, y escasa facilidad de maniobra para impedir que los contrarios jueguen a sus anchas, dejaban a Gago sumido en la más profunda miseria.

Perdido el orden en el césped, donde se echaba de menos la incuestionable fortaleza de Lass y su ya acreditado enorme sentido táctico, los defensas blancos se veían comprometidos a cada paso. Por lo que pedían con gestos y a gritos la ayuda de sus compañeros. Ante semejante caos, quien haya jugado al fútbol como profesional sabe de qué modo la excitación va aumentando. Máxime si se viene compitiendo en pos de un título o de eludir el fatídico descenso.

Luego, para más desgracia, Pepe se queda sin Cannavaro a su vera. Y solo ante el peligro de los adversarios que le llegan desde todos los ángulos, es testigo de cómo el árbitro le escamotea un penalti a su equipo para, a renglón seguido, indicar el cometido por él al empujar a Casquero.

Todo lo ocurrido después, tan espectacular como deplorable, no admitía más que censuras y confianza en que el Comité de Competición de la Federación de Fútbol sancionara duramente al futbolista. No cabía otra cosa. Ni siquiera esgrimiendo las circunstancias ya expresadas. Por más que ellas sirvan para que los no muy entendidos sepan que los jugadores alcanzan pulsaciones muy altas.

Me pongo a escribir nada más leer que Pepe ha sido sancionado con diez partidos. Y cuando el presidente del Getafe sigue pidiéndole al Madrid que le rescinda el contrato al portugués. Y caigo en la cuenta de algo: pocas personas le darían la mano a éste viéndole al borde de un precipicio con posibilidades de despeñarse. Porque con su cara será siempre el malo de la película.

Y con esa realidad -y que costó mucho dinero- ha tenido que hacerse respetar jugando a pleno rendimiento. Hasta convertirse en figura indiscutible. Aunque en España, actualmente, y mucho más en Madrid, a los jugadores poco agraciados les cuesta lo indecible conquistar a esos periodistas cuya cursilería desemboca en atracción peligrosa por lo estético. Ejemplo: el director de As, quien dijo de Costinha que además de mal jugador era más feo que Picio, había escrito, la víspera de la sanción a Pepe, que éste tenía alma de reo. Tal vez porque la cara de Pepe, para Alfredo Relaño, es el espejo del alma del defensa. O sea.
 

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