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ACTUALIDAD - SÁBADO, 2 DE MAYO DE 2009


momento del funeral. reduan.

PRIMER FALLECIMIENTO DE UN BOMBERO EN CEUTA
 

Bombero 88 Ceuta

Familiares, compañeros y amigos dan el último adiós a Marco Navas Lázaro en un cortejo fúnebre que congregó a políticos
y fuerzas de seguridad y que transcurrió desde el velatorio hasta el cementerio
 

CEUTA
Luis Parodi

ceuta
@elpueblodeceuta.com

Al menos dos centenares de personas dieron el último adiós al bombero número 88 de Ceuta, Marco Antonio Navas Lázaro. Familiares, compañeros de profesión, amigos, políticos y representantes de las fuerzas de seguridad de la ciudad conformaron el cortejo fúnebre que trasladó al bombero fallecido desde el velatorio de San Amaro hasta el cementerio de Santa Catalina. El cuerpo fue transportado en un camión de bomberos y seguido por una comitiva a pie, además de varios vehículos del cuerpo contra incendios, Guardia Civil, Policía Nacional y Policía Local durante un recorrido que duró una hora.

Sus compañeros levantaron el féretro y lo auparon sobre la plataforma del camión rojo. El aplauso desahogó el silencio. Un bombero arrancó el vehículo y otros cuatro formaron repartiéndose a cada lado del ataúd y se asieron a la escalera contra incendios para cubrir el trayecto que separa el velatorio de San Amaro del cementerio de Santa Catalina, quedando expuestos a la contemplación, hieráticos y presidiendo el nutrido cortejo fúnebre.

En los laterales y entre las anchas ruedas, seis coronas de laureles homenajeaban a Marco en el que sería su último servicio: UGT, Academia Premier, Bomberos, Familia Cózar Navas, Ciudad Autónoma y Bomberos Helipuerto. Familiares, compañeros, amigos, allegados, políticos y cuerpos policiales de la ciudad seguían a un camión rojo con el que los niños sueñan con subirse alguna vez y sobre el que ayer se erguían cuatro hombres en formación y un conductor que avanzó constante a cinco kilómetros por hora. Sobre el féretro, su casco, y en los uniformes, la escalera contra incendios, la goma de la manguera, el 080, las singulares botas y el tejido de la zamarra se percibía una porción de él, una mirada hacia el pasado y otra desconsoladora hacia el futuro.

Su madre quería que se supiese que todas sus compañeras del taller habían acudido al sepelio y se sorprendió al ver que Marco guardaba una inagotable lista de amigos. Estaba a punto de terminarle una figura de un bombero, porque a ella le gusta trabajar con las manualidades. Este fin de semana tenían previsto asistir a una boda en la Península. Sus alumnos, a los que enseñaba a ser bombero, presenciaron la última de sus clases, en donde impartió el tema de la tenacidad, el sacrificio, la honra y la profesionalidad. Les enseñó las cuatro virtudes cardinales: la fortaleza, la justicia, la templanza y la prudencia.

El ser humano se derrite de sentimientos cuando afronta la tragedia como suceso irrevocable. Todos sus compañeros sentían haber sido él. Y los que no lo eran, también. En momentos así no existen las personas malvadas y el niño que sueña con subirse a un camión de bomberos aflora sin remisión. Los más mayores contienen las lágrimas, porque apenas les quedan y sufren con el corazón, pero los que aún no han conformado la coraza del dolor lloran como niños a los que el mundo opone resistencia.

Por la mañana, el parque de bomberos sentía el escalofrío del duelo y apenas había necesidad ni fuerzas para hablar. Los bomberos leían la prensa, y contemplaban durante minutos inconsistentes las imágenes de su compañero enterrado bajo la zamarra oscura de bombero. No podía ser, pero lo era. “Nosotros sentimos muchísimo esta pérdida, pero los que más lo sienten son los de su turno. Aquí trabajas 24 horas seguidas y descansas tres días. Esto es como una familia, él tenía la suya propia y nosotros realmente le veíamos menos, pero imagínate los que convivían con él las 24 horas. Lo haces todo: comes, descansas, sales a hacer los servicios, charlas...”. Detrás de uno de los camiones aparcados en el patio del parque de bomberos, dos compañeros y amigos de promoción se abrazaban para consolar la fatiga de una noche en la que sólo durmieron por agotamiento.

Por la tarde, a las 17.00 horas, el ritual diseñado por los bomberos dejaba en estado de precariedad al servicio de guardia. Pero ayer, 1 de mayo, pocas alarmas podía haber en la ciudad. Todos los bomberos caminaban junto al sendero de San Amaro y los cuatro hombres que formaban sobre la plataforma del vehículo rojo se recortaban con el mar y el puerto de fondo. Su traslado coincidió con una tarde frondosa, de color azul y de viento furtivo.

Las mujeres expresaban con horror la pérdida, mientras que los bomberos más bizarros y corpulentos se aturrullaban de lágrimas sobre el hombro de un amigo y lo hacían en un silencio tullido por los sollozos.

El último Padre Nuestro terminó con un rosario de lágrimas que sirvió para cerrar el nicho y dar por concluido un duelo que cada familiar y cada compañero continuará de la mano del más fiel de los amigos, la soledad.
 


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