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OPINIÓN - MARTES, 5 DE MAYO DE 2009

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

El instante preciso para cambiar
modos y maneras en el mundo

 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Para el poeta era el dolor tan fuerte, que miraba para otro lado, para otro mundo, por encima del ocaso, sabedor de que cada día es una pequeña vida que no conviene malgastarla. Pronto se dio cuenta que un espíritu cultivado puede mirar las cosas desde muchos puntos de vista, también de frente. Realmente, todos los ciclos tienen su momento, el instante preciso es algo mágico, un sí o un no pueden cambiar toda nuestra existencia. Precisamente, creo que estamos en ese tiempo de reescribir nuestra propia historia y no perder el paso de vivir. La alegría se la lleva aquel que aprovecha la ocasión, cuando se le aparecen los dinteles de la luz en el camino, y la comparte. Por desgracia, como dijo el dramaturgo español, Jacinto Benavente, “más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor”. Nos hace falta universalizar la donación humana antes que el auxilio social. Que los hombres de corazón ayuden al hombre a ser alma. Es el albor primario y primero, el minuto exacto, el punto vital, de conjugar amaneceres y conjuntar la palabra con los hechos. El futuro nos pertenece a las personas. No puede presentarse como un gran desierto y menos como una riada de incertidumbres.

Es importante escoger bien, no arruinar el “cabello de ángel” del que prenden las auroras. La primera opción fundamental debe ser abrir las ventanas interiores de cada uno a los abecedarios del ser humano. No importa quién es quién, ni cuáles son sus modos, para ponerse manos a la vida. De ninguna manera se puede permanecer insensible ante decenas de miles de ciudadanos que malviven, dormitan en la calle porque no tienen techo, o sufren la exclusión. Más que unas simples migajas para los millones de parados, de hogares en los que no trabaja ningún miembro de la familia, lo que en verdad se necesita es generar empleo de calidad en igualdad de oportunidades, promoviendo políticas transparentes y no partidistas, haciendo verdaderamente efectivos los derechos socialmente humanizadores. Pienso que es el instante preciso para que germine un nuevo hábitat, cuyo lenguaje sea la paz, las luces del amor. Uno tiene que considerarse algo para ser algo y, así, poder hacer por los demás. Nos arroja bochorno algunos usos de poder. He aquí el botón de muestra: La mitad del mundo tiene mucho que decirnos, pero no tiene voz, es censurada por la otra mitad poderosa. Esta otra mitad, la poderosa, se ha vuelto imperiosa, soberbia como la sombra del nogal y nada deja crecer a su lado. Con estas mimbres, de dominadores y dominados, difícilmente se puede avanzar hacia un mundo habitable.

Sabemos que para progresar hay que pensar hondo y con altura de miras, en grande, quizás sólo sea posible avanzar cuando se sabe mirar y ver. La ciudadanía de cualquier continente ha de fraguarse desde el respeto al ser humano como tal. Justamente ahora hace diez años, en el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza), el Secretario General propuso un “Pacto Mundial” entre las Naciones Unidas y el mundo de los negocios, que convendría poner en la rutina diaria como primer deber, puesto que el fin es que todos los pueblos del mundo compartan los beneficios de la mundialización e inyectar en el mercado mundial los valores y prácticas fundamentales para resolver las necesidades socioeconómicas. Para desdicha de todos, todavía no se ha abolido de forma efectiva el trabajo infantil, la discriminación, los trabajos inhumanos, la corrupción en todas sus formas, las ofensas empresariales contra el medio ambiente.

Volviendo los ojos a Europa, que por cierto en este mes celebra su onomástica, ya que el día nueve de mayo de 1950 nacía la Europa comunitaria, en un momento -es significativo traerlo a la memoria- en el que la amenaza de una tercera guerra mundial se cernía sobre el continente; pienso que nos conviene ahora avivar el instante preciso, sobre todo de una nueva esperanza, para reforzar el proyecto de la integración europea. Lejos de convertir a Europa en una mera fortaleza económica, que se mira solo a sí misma, se necesita el reencuentro y dar forma al mañana europeísta, porque sólo así se puede responder a los grandes desafíos del mundo. En este sentido, nos satisface que el presidente del Gobierno español haya dicho que la presidencia española de la Unión Europea, en el primer semestre de 2010, vaya a ser de “acción, de iniciativa”. La existencia de la Unión Europea es el mejor ejemplo de la necesidad de una gobernanza que “supere las fronteras y los idiomas”, y que una “esfuerzos, que sume”, ha enfatizado recientemente el Presidente Rodríguez Zapatero. Totalmente de acuerdo. Creo que si tuviéramos claro que la Unión Europea se deja el pellejo por la ciudadanía, por el tema del hambre, de la ecología, de la paz, pasaríamos de una Europa adormecida a una Europa efervescente, de seguidores.

Es cierto que Europa todavía debe reencontrar su espacio común, sus raíces globalizadas y globalizantes, el fundamento de sus valores como hoja de ruta. El viejo continente tiene necesidad de un ideal como lo tiene el mundo entero, pero éste debe ser fundado y fundamentado más allá de una retórica retahíla de valores vacíos, que nada dicen, porque nada ni nadie los cumple. No podemos decir que Europa trabaja por la pacificación mientras no exista realmente el adiós a las armas. Tampoco podemos decir que se trabaja por la dignidad humana, sino fijamos qué significa en concreto la palabra, en qué se apoya y qué proyectos podemos llevar a cabo para defender este predicamento. Hablamos de la mundialización de la economía, pero no hablamos de la mundialización del ser humano al que solo le puede salvar otro ser humano. Hablamos de la evolución demográfica, del cambio climático, del abastecimiento de energía, pero no hablamos de éticas necesarias para sobrevivir. Es, pues, el instante preciso para cambiar modos y maneras en un mundo viejo que necesita otras lecturas comprensivas, otras caricias humanas, otras ideas distintas al ojo por ojo, explícito o tácito. El mejor regalo que podemos darle al mundo, en suma, es darnos a nosotros mismos, con la singularidad de ser únicos y de ser personas civilizadas.
 

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