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OPINIÓN - JUEVES, 21 DE MAYO DE 2009

 

OPINIÓN / MIS COSAS

Mis cosas
 


ADE
ade
@elpueblodeceuta.com
 

Un amigo mío, cada vez que salía a relucir alguna conversación sobre los niños, decía siempre la misma frase: “los niños de pequeños están para comérselos, y de mayores se arrepiente uno de no habérselos comido”. Que conste para que no haya equívocos, en defensa de mi amigo, que sólo es una frase hecha, que es un gran tipo, magnifico padre y que se le cae la baba cuando pasea con su nieto.

Los niños son pequeños monstruitos, sin término peyorativo, con los que hay que tener un cuidado enrome a la hora de educarlos. Darle todos los caprichos al niño, es uno de los mayores errores que se pueden cometer para su educación. Pues basta darle un dedo para que el niño se quiera comer la mano entera.

De ahí el error de algunos educadores, de esos llamados progresistas, que ha tenido el convencimiento de que al niño se le debe tratar de igual a igual, sin que haya diferencia alguna entre el educador y el alumno, tanto uno como otros son Pepitos, Miguelitos o Juanito.

El resultado obtenido, con ese sistema de somos iguales, salta a la vista, el primer día el niño le dice al profesor Juan, el segundo le llama Juanito o Juanillo y el tercero si no le conviene lo que le dice el profesor, le da una patada en las espinillas o saca el teléfono móvil y se pone a hablar en clase, sin que su colega el profesor, porque son colegas, le pueda llamar la atención, para evitarse la contestación que el alumno le va a dar.

El niño, sin duda alguna, se pega como una lapa, a aquel que le da todos los caprichos que, por pura lógica, son los abuelos. Mientras estos les den todo cuanto ellos pidan, serán sus seres más queridos. Pero el día que, por circunstancias, no se lo puedan dar, le nieguen algunos de sus caprichos sus abuelos, aquellos que le dieron todos, serán sus máximos enemigos.

Ahora se les ha dado la posibilidad de que, a los dieciséis años, puedan tomar la decisión, sin permiso paterno para abortar, un permiso que necesitan incluso para ponerse un tatuaje y no digamos nada si se tienen que someter a una operación, cosa que no podrán realizar sin la autorización paterna.

No cabe duda la gran satisfacción que han sentido los niños de dieciséis años al saber que pueden decidir abortar con su sólo consentimiento sin necesidad del permiso paterno. Pero más que un acierto, desde mi particular punto de vista, se ha cometido un grave error.

Esos niños querrán más mucho más pues pensarán, dentro de toda lógica, que si pueden decidir abortar, de la misma forma creerán que tienen el mismo derecho para poder comprar alcohol o tabaco. Y a no tardar mucho lo exigirán.

Y ahí es donde, verdaderamente, empezará el problema para aquellos que les han permitido abortar por decisión propia a los dieciséis años. Entonces, ellos, considerarán que van contra sus intereses, y todo el cariño que manifestaron a favor de los que le dieron la oportunidad del aborto a los dieciséis años, desaparecerá para hace de ellos sus enemigos a batir pues, sin duda alguna, les han privado de sus otros caprichos. ¿O no?
 

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