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OPINIÓN - MARTES, 2 DE JUNIO DE 2009

 

OPINIÓN / EL OASIS

Juande Ramos
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Es un entrenador que he seguido con especial atención desde sus comienzos. Por una razón muy sencilla: porque sabía que tartajeaba. Es decir, que hablaba defectuosamente. Y, siendo tartajoso, hay que echarle muchos bemoles para salir adelante en cualquier empleo donde no se pague precisamente por estar callado. Y, desde luego, lo que no ayuda nada es a destacar en los banquillos.

Juande Ramos, que había sido futbolista, sabía mejor que nadie que su tartamudeo era un lastre que debía subsanar si quería hacerse un nombre como entrenador. Puesto que dirigirse a los jugadores cambiando unas letras por otras, pronunciando mal, o aturdiéndose por no acertar con la palabra o frase apropiada, era traba muy importante.

Así que puso manos a la obra. Y consiguió mejoras evidentes a la hora de hablar. Una persona que supera con fuerza de voluntad una tartamudez está capacitada para llegar muy lejos en cualquier profesión. El ejemplo lo tenemos en Juande Ramos. No hace falta nada más que leer su historial como entrenador para darse cuenta de lo mucho que ha logrado.

Pero los logros de Juande no han sido suficientes para que Jorge Valdano, mano derecha de Florentino Pérez, le haya ofrecido la oportunidad de continuar un año más dirigiendo al Madrid. Y es que Valdano, convertido desde hace tiempo en un esteta a tiempo completo, sólo tiene ojos para entrenadores galanos.

Años atrás, la figura deformada de Vicente del Bosque, por lucir barriga de bebedor de cerveza, era insoportable para el buen gusto del argentino. Que sufría lo indecible viendo lo antiestético que resultaba el salmantino como entrenador. Tan gordo, con una cabeza tan voluminosa, con un bigote tan de otros tiempos, y andando peor que un pato mareado. Y tardó nada y menos en buscar los servicios de un portugués: Carlos Queirós. Muy en el tipo de cómo Valdano considera que debe ser un entrenador del Madrid. Alto, estilizado, que peine canas y que cuando salga al escenario las señoras del palco del Bernabéu queden todas embelesadas. Y no acertó.

Pero Valdano no ceja en su empeño. Porque tiene metido entre ceja y ceja un modelo de entrenador lo más parecido a Menotti. Que es en el espejo donde él se ha mirado siempre. Y de esa mirada sale fortalecido: ya que Valdano se ve incluso superior a su ídolo. Mas le tiene tanto miedo al fracaso como para desechar esa tentación de presentarse ante Florentino y decirle aquí estoy yo para entrenar al Madrid. Porque además de mis muchos conocimientos, tantas veces expuestos como glosador y escritor, doy la talla por mi físico y por mi porte distinguido.

Y a Valdano no le queda más remedio que llenar el vacío que deja, con remedos suyos: Arsene Wenger o Pellegrini. Aunque piense que están a mucha distancia de Menotti y de él. Todo antes que confiar en Juande Ramos. A quien considera vulgar en todos los sentidos. Y encima ha nacido en un pueblo manchego.

Valdano, narciso y esteta, fue el que echó a Makelele por feo. Porque desentonaba en un equipo donde Beckham sudaba colonia. Butragueño mataba el tiempo adorando a un ser superior: Florentino Pérez (a propósito: a ver si éste ha corregido ya su dequeísmo). Y Casillas servía –y sirve- de florero del ‘diario As’.
 

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