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OPINIÓN - MARTES, 16 DE JUNIO DE 2009

 

OPINIÓN / EL OASIS

No me lo tomo en serio
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Juan Vivas fue siempre una persona reservada. Y me consta que tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para transmitir una campechanía de la que estaba escaso. Debido a que, en un momento determinado, se vio obligado a conectar con la gente porque lo exigían sus ambiciones políticas. Y decidió pasear la calle como nunca antes hubiera podido imaginar ni él ni cuantos lo habíamos frecuentado.

De todos es conocida su forma de actuar en la rúe. Se prodiga en saludos más aún que el alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez (que ya es decir). Hasta el punto de que sus admiradores, los de Vivas, que son muchos, cuentan la siguiente anécdota: Estando un día saludando a varias personas, muy cerca de la escalinata del Ayuntamiento, se volvió y le dijo a una señora, que pasaba por allí: “¿Cómo esta usted...?”. Y la señora, toda extrañada, exclamó: “¡Pero Juan, que soy tu suegra, hijo...!”.

Lo peor que puede ocurrirle a un presidente de Gobierno no es que nos enfademos con él, sino que comencemos a no tomarle en serio (José Luis Martín Prieto). No ser tomado en serio es lo peor que le puede pasar a cualquier persona que se estime en lo más mínimo. Por más que sea presidente de Gobierno, editor, obispo, maestro, alcalde, o la mujer del vecino del quinto.

A mí me cuesta lo indecible llegar a tal extremo cuando se trata de una persona en quien había depositado una confianza enorme. Una persona, como Vivas, cuya forma de ser no era la más idónea para adentrarse en la senda del populismo. A fin de conectar con innumerables ceutíes. Y con la sola intención de que se justificaran en las urnas.

A veces me preguntaba, sabedor de que Vivas no era en la calle la alegría de la huerta, por haberse manejado mejor en interiores, o sea en despachos, qué milagro se habría obrado para que se hubiese producido semejante cambio. Por lo que, viéndole en la calle con paso y braceo de torero de fuste, me fue embelesando. Y, claro está, la gente se lo rifaba -y se lo sigue rifando- en cuanto decidía darse un garbeo por la ciudad.

Mas a pesar de reconocerle yo al presidente logro tan principal (ese don de gentes que se había sacado de la manga en tan corto espacio de tiempo, cuando parecía carecer de aptitudes para ese menester), tampoco tuve el menor inconveniente en recordarle que no cayera en el error de hablar por hablar. Que huyera de comportarse como si fuera un charlista de aquellos de posguerra, de palabreo y prosa de bulto. Un charlista a tiempo completo. Monótono y falto de variación.

Pero, por lo que supe entonces y por lo que he sabido después, al presidente no le hizo ni pizca de gracia mi opinión. Porque él prefiere oír a quien le regala el oído diciéndole que habla tan bien que no debe tomarse el menor descanso cuando coge la palabra.

Así que en la última entrevista que le hice -clasificada como entrevista de declaraciones y que se reproduce por el sistema de preguntas y respuestas-, le dejé hablar pero le dije que las respuestas extensas debían ser condensadas, sin mutilar la idea, y convenientemente aclaradas las que resultaran farragosas. Y asintió. Luego, tras ser publicada la entrevista, el presidente de la Ciudad fue a quejarse a otro medio. Y yo, con todo el dolor de mi corazón, comienzo a no tomármelo en serio.
 

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