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OPINIÓN - MARTES, 21 DE JULIO DE 2009

 

OPINIÓN / EL MAESTRO

D. Antonio
 


Andrés Gómez Fernández
andresgomez@elpueblodeceuta.com

 

A mi regreso de mi breve estancia en la Península, me entero de que D. Antonio Aróstegui había fallecido. Para mí, una gran sorpresa, porque no imaginaba que su salud no era la deseada. Pero terminó con él. Me impactó enormemente la noticia.

Mi relación profesor/alumno se produjo en el cuso 1957-58, en el Instituto “Siete Colinas”, donde él nos impartí clase de Lengua y Literatura Española, en el Bachillerato Nocturno.

En esta modalidad de Bachillerato, asistíamos un alumnado procedente del mundo laboral. Alumnos que oscilábamos en edades desde dieciocho años hasta los cincuenta –algunos con unos años más-. Obreros, funcionarios, militares…Nos veíamos en clase, con un horario de siete a diez de la noche.

Junto al desaparecido D. Antonio, tuvimos la suerte de que nos atendiera un grupo de magníficos profesores: D. Jaime Rigual, D. Rafael Peñalver, D. José Fradejas, D. Manuel Gordillo, D. Carlos Posac, D. Luis Luna, la Sta. Filo… Todos ellos excelentes profesores, muy entregados a su labor.

Nuestro grupo, uno de los más numerosos, procedíamos del desaparecido Parque de Artillería. Todos, pues, obreros. También lo era el formado por los militares. Todos con una ilusión enorme de llegar a conseguir nuestro deseado diploma de Bachillerato Elemental, fundamental para lograr nuestros objetivos. Era, pues, un proyecto muy serio.

De D. Antonio, qué decir. Gran profesional y una gran persona. Recuerdo que una noche de puro invierno, pese a la inclemencia del tiempo, allí acudimos la mayoría de los alumnos de la clase. D. Antonio se retrasó ligeramente, venía “empapado” de la cantidad de agua que estaba cayendo. Se disculpó por el retraso y nos elogió por nuestra presencia. Y nos pusimos a realizar una redacción sobre nuestra llegada al centro escolar, en noche tan lluviosa.

Pienso cómo sería el momento de su jubilación, después de muchos años de dedicación a la enseñanza. Su despedida en su Instituto. Con nostalgia, porque pensaría que ser “forjador de hombres” es la más bella misión que puede tener una persona. Creo, por otro lado, que, en su caso, no se produciría desencanto alguno, porque no viera realizado el proyecto de toda su vida… Y se marcharía, con su madurez personal y profesional, ofreciendo a la sociedad sus mejores frutos.

Profesores totalmente entregados, respetuosos y, de los cuales recibíamos un trato preferencial. A la manera de anécdota, quiero recordar la situación vivida por un compañero. Era de los más estudiosos, pero ese día no preparó su examen. Y se dispuso a hacerlo. Como no sabía nada, tomó el recurso de copiarse, para lo cual era un neófito. Pero algo tenía que hacer y se le ocurrió abrir el libro y colocarlo en el suelo de la clase. El profesor, desde su lugar de observación lo descubrió y, sin apenas darse cuenta el resto de la clase, se acercó al inexperto “copiador” y le dijo: ¡Compañero, se te ha caído el libro, recógelo!. ¡Qué lección tan magnífica!. Después, el propio alumno, habló con el profesor.

Acerté plenamente al enviarle uno de mis libros, concretamente, el último, “Un antes y un después”. Esperé pacientemente su opinión. Pasado un corto período de tiempo, próximo a las últimas Navidades, una llamada telefónica me produjo una enorme emoción. Era él, D. Antonio. Ya había leído mi libro, mi modesta publicación, y me sometió a un intenso interrogatorio. A parte de su contenido, que sí le agrado, sobre todo, sabiendo que estaba enfocado en torno a la escuela. Le llamó poderosamente la atención la labor que yo había realizado para llenar sus páginas de gran cantidad de alumnos, que habían pasado por mis aulas. Reconociendo el esfuerzo que yo había hecho para convertir a mis alumnos en autores y protagonistas…

Para mí, la llamada de D. Antonio, significó una especie de “aguinaldo” por producirse en esos días de Navidad, y un estímulo enorme al indicarme que continuara con la elaboración de otros libros con el mismo tema. Con los deseos de unas “Felices Navidades”, D. Antonio se despidió.

Se nos ha ido D. Antonio. Una vida dedicada a la enseñanza, en la que valoró mucho su responsabilidad. Fue ante todo un hombre entusiasta, que contagiaba su gran vitalidad y sus grandes valores, entre los que le rodeaban. Se nos ha ido con la elegancia, el silencio y la humildad, -el que fue tan grande- con la que supo siempre rodear su ejemplar existencia. Por eso no me parece acertado exponer aquí y ahora, la lista de sus méritos profesionales, libros, artículos, charlas… Otros hablarían de él con más autoridad que yo.

Siempre destacó por su entrega y dedicación, por la brillantez de sus ideas, por su gran capacidad de superación y por su aportación incansable al mundo de la enseñanza.

Pienso que muchos de sus alumnos hoy, con nostalgia y tristeza, les habrán llorado, a ese hombre inteligente, profesional, dinámico, que se crecía ante las dificultades. Y muy especialmente aquellos alumnos de la “gran oportunidad nocturna”, le echaremos de menos.

Por último, ya sólo me queda mandar un saludo lleno de admiración y respeto a su familia.
 

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