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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 9 DE DICIEMBRE DE 2009

 

OPINIÓN / EL OASIS

Tres días festivos
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Estaban los años setenta tocando a su fin cuando vine a Ceuta, una vez más. Y fue, si la memoria no me falla, debido a que Milosevic, entrenador del Cádiz, me había pedido que le acompañara porque tenía mucho interés en que yo viera el partido de Copa que enfrentaba a su equipo con la Agrupación Deportiva Ceuta.

Lo primero que hice, como en otras ocasiones, fue alojarme en el Hotel La Muralla y luego presentarme en la tertulia de ‘El Rincón’ para saludar a Eduardo Hernández. Pero antes dediqué gran parte de la mañana a pasear por el centro de la ciudad. Y así poder disfrutar del espectáculo de unas calles donde las gentes entraban y salían de los comercios y los bares estaban atestados de un personal que propiciaba un ambiente mediterráneo, que a mí me chiflaba.

En el siguiente viaje, siempre por motivos futbolísticos, me sentí tan a gusto en la ciudad que no tuve el menor inconveniente en pronosticarme mi futuro. Y lo hice de la siguiente manera: diciéndoles a un veterano periodista de la tierra y a Jesús Cordero, cliente asiduo del Muralla, que tenía la certeza de que llegaría a Ceuta un día para quedarme el resto de mi vida.

Ambas personas, o sea, el periodista y Cordero, me miraron como solemos mirar todos a quien nos confiesa algo que nos suena a cuento chino, a ganas de marcarse un farol para quedar bien, en un momento determinado, y luego, si te vi no me acuerdo.

Pasados tres años de mi solemne vaticinio, arribé a la ciudad y llevo en ella casi tres décadas. Y, cada día, aún sigo paseando por sus calles con la misma mirada ilusionada y los mejores deseos de encontrar en ellas motivos que me hagan comprender que mi decisión fue más que acertada.

Y a fe que los encuentro, al margen de cuestiones personales y familiares, cuando presencio que las calles están tomadas por un público que gusta de transitarlas, de charlar en ellas, de vivir al aire libre..., gracias a un microclima especial y a unas vistas que para sí las quisieran otros muchos sitios. En suma: uno se siente vivir aquí.

Cierto es que la animación de aquella otra época, la del momento de esplendor de los bazares, es historia pasada. Sin duda. Pero tampoco pecaríamos de exagerados si dijéramos que el centro de Ceuta continúa estando más frecuentado que muchas capitales de provincias y ciudades tenidas por muy importantes. Lo que digo es algo que descubre cualquier forastero en cuanto pone los pies en esta tierra.

Pues bien, todo esa forma de vida se viene abajo en cuanto se hace uso y abuso de los días de fiestas. Todo cambia cuando los comercios cierran sus puertas a cal y canto. Es entonces cuando uno tiene la impresión de que está viviendo en una ciudad abandonada. De esas llamadas dormitorios y donde los inquilinos esperan ansiosos la menor oportunidad para salir pitando hacia la otra orilla.

Una actitud nada criticable. Faltaría más. Lo criticable es que los comercios permanezcan tres días cerrados. Pues son causantes de que Ceuta caiga en un letargo insoportable. En una modorra desesperante. Y uno, sin querer ahondar en las razones existentes para que tal cosa suceda, sólo se pregunta qué estarán pensando al respecto los varios caletres destacados de la ciudad. Para terminar pidiendo por que se haga la luz en ellos.
 

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