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OPINIÓN - DOMINGO, 3 DE ENERO DE 2010

 
OPINIÓN / COLABORACIÓN

El año de los Madurescentes

Por Nuria Van den Berghe


Es decir de los que, rondando el medio siglo, año arriba, año abajo o año para los lados, conservamos íntegra las principales cualidades de la adolescencia, idéntica curiosidad, mayor ilusión por el camino porque hemos conseguido superar, aunque sea malamente, muchas fatiguitas y muchas calamidades y un infinitamente superior inconformismo.

Será que para mí, el niño comienza a ser “persona” cuando dice “¿Por qué?” y la persona se afianza cuando es capaz de silabear un “no me conformo”.

Hace ya algunos años, en otra publicación escribí mi “Elogio de la Madurescencia” como glosa a la rebeldía adulta, a la leche de Mayo del 68 aunque nos tiñamos las canas con tintes de L´Oreal. Natural. El ser humano ha de ser rebelde por naturaleza y llevar la curiosidad y el afán de búsqueda impresas en el ADN, digo yo, reflexiono yo, que tampoco soy una gran filósofa, ni pensadora que se mueva en los foros de las tertulias culturetas . Pero también las catetas rifeñas paridas en el Marruecos del Protectorado y destetadas con leche de camella, nos despabilábamos la primera vez que nos despiojaban y echábamos talante acostumbrándonos a vivir en aquella tierra árida, mágica y salvaje donde las gentes pasaban más hambre que un lagarto detrás de una pita. Y ese pequeño contingente de hispanorrifeños desarrapados, retornados a la civilizada Patria nos tuvimos que integrar con el corazón partío entre las dos orillas del Estrecho.

Pero con la sensación y el sentir de que, en algún lugar de aquellos años oscuros, cuando leíamos con incredulidad en el “Mademoiselle Age Tendre” o en el “Salut les copains” traídos a los quioscos morunos desde la zona francesa, cuando bebíamos del espíritu del mayo francés, una crueldad si consideramos que españoles del ex Protectorado subsistíamos con veinte años de atraso con respecto a la península, repito, el sentir de que nos estaban arrancando la adolescencia y robándonos a fuerza de restricciones, moralina, gori-goris y convencionalismos paletos, el corazón mismo de nuestra juventud.

Ciertamente que no son circunstancias análogas a las de las privilegiadas madrileñitas que tuvieron la fortuna de educarse en aquellos siniestros años sesenta en el Liceo Francés o en unas elegantes monjitas irlandesas. Y que jugaban en parques con césped. Y que no tenían que vacunarse periódicamente del temido “piojo verde” el tifus que tantas vidas arrebató, ni del cólera, ni contraían hepatitis por el agua que no era potable. Pero supongo que como esta rifeña, criada en circunstancias extremas, les iría a muchas niñas y adolescentes de la España rural, todas en general más puteadas que los infortunados leones del circo de Ángel Cristo.

De ahí el encanto de la madurescencia, del empeño por vivir o revivir en condiciones cada etapa del camino, sin malos rollos ni síndromes de Peter Pan, sino con el plus que da la experiencia o el superplus que dan las malas experiencias. Pluses porque, si las superas, aún saliendo descalabrada, se te va formando amianto en las tripas, adquieres temple y aún teniendo que echar mano a alis olis de bruja con nombre de compuestos farmacéuticos inhibidores de la serotonina, ansiolíticos y demás jarca de mejunjes que, con muchos circunloquios en los prospectos, muchas explicaciones y mucha palabrería hueca sobre efectos secundarios que, si los lees crees que, en lugar de curarte lo que quieren es asesinarte directamente, aún teniendo que recurrir a esas pócimas encapsuladas que podrían poner como explicación un “Aguanta y échale huevos”, por muchos que sean los errores, los tropiezos y los pesares, vives y creces. Miajita a miajita.

Y si creces es con un “no me conformo”. No nos conformamos con abandonar la búsqueda del conocimiento, ni con convertirnos en fondones y convencionales con el alma anclada en la moral del “Cuéntame”, ni en que nos obliguen al progresismo impuesto ni al pensamiento único de esta nueva y cutre dictadura de “la corrección política”. Somos, como lo fue Orson Welles, “mavericks”, antisistema sin ser chusmones, anarcolibertarios ante el Estado Policial, el miedo a las represalias de los Poderosos, los SITELES y los linchamientos mediáticos. Nuestra rebeldía es a la par endógena y exógena, nos surge de las túrdigas y nos la reafirman la maldad, la falta de valores, la indigencia moral y la injusticia institucionalizada.

Somos madurescentes, tenemos los conocimientos y la experiencia. Y las vemos venir. Somos madurescentes y hoy, ahora, seremos el motor del cambio. Apuesten algo a que sí.
 

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