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OPINIÓN - JUEVES, 7 DE ENERO DE 2010

 

OPINIÓN / EL OASIS

Caracol el del Bulto
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Para quienes no lo sepan, les diré que era un flamenco, mozo de estoques de Joselito ‘El Gallo’, y nada menos que padre de Manolo Caracol. Y de quien se cuentan ocurrencias de todo tipo. Clásico es, para Antonio Burgos, su histórico lance del deshonroso paso ferroviario de Despeñaperros en los años del hambre y las carestías, en un renqueante tren movido por una locomotora de vapor que no podía con su alma por aquellos repechos, desfiladeros, saltos del fraile y órganos pétreos.

La renqueante máquina que cuando tras tantas fatiguitas entró por fin en el andén de Atocha, soltó el histórico chorro de vapor que nubló la castiza figura del flamenco Caracol, hizo que éste se dirigiera a la locomotora, diciéndole en tono recriminatorio:

-¿Ahora? ¿Ahora me vas a venir con un roneo de vapor? ¡Esos cojones, en Despeñaperros!

Igual les digo a quienes se les ha ocurrido airear a los cuatro vientos la destitución, como subdirector de Menores, de Luis María Fernández -a la que llaman cese, erróneamente-: ese roneo de la destitución del tal Fernández lo quería yo haber visto en el Despeñaperros de cuando estaba aún mandando tela marinera el que todos sabemos.

A Fernández, Luis María él, lo hallé yo el lunes pasado, donde casi siempre nos vemos quienes vivimos en esta ciudad, paseando por el centro de ésta, y me puso al tanto de que la Consejera de Bienestar Social, Carolina Pérez, iba a comunicar muy pronto su destitución.

Y me lo dijo sin el menor asomo de aflicción ni tampoco le descubrí ni un adarme de ira contra los que no le pueden ver ni en pintura, por sus magníficas relaciones con la persona que es mejor dejar de nombrar. Sobre todo para no caer en el redoble de tambor

Pero a mí no se me ocurrió ronear con la noticia porque pronto me percaté de que hacerlo sería poner en evidencia a las personas que se creían obligadas a tomar la decisión de desposeer a Fernández de su cargo. Máxime cuando éste había dado ya muestras palpables de pasarse su destino en Menores por donde él lo había creído conveniente.

Y es que ronear a destiempo, es decir, cuando se ha dejado atrás el Despeñaperros de los obstáculos, me parece no sólo una pérdida de tiempo sino, también, un atrevimiento de tan mal gusto como expuesto a que las posaderas de los actuantes sean víctimas del relente.

Porque hay decisiones que, aun siendo acertadas, requieren la discreción adecuada para que no se conviertan en bumerán. Y ésta, la de destituir a Fernández, no necesitaba propagarse a bombo y platillo. Pues no venía al caso. Por muchos motivos.

Ya que, al margen de lo que dijera tan acertadamente Caracol el del Bulto -¡Esos cojones, en Despeñaperros!, egoístamente quienes han dado pie a que se haya hecho tratamiento tan sonado de la destitución del subdirector del Área de Menores deberían saber que, en política, cualquier acto hostil innecesario se vuelve en contra de quienes lo realizan.

Lo que no entiendo es cómo el gobierno, tan repleto de miembros con cordura e inteligencia, ha podido cometer semejante error: el de festejar una destitución que quizá, en su día, hubiera sido si no justa, al menos oportuna. En cambio, ahora...
 

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