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OPINIÓN - SÁBADO, 30 DE ENERO DE 2010

 

OPINIÓN / EL OASIS

Esta casa no depende de los vientos dominantes
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Cuando el levante sopla con ganas el carácter de las personas cambia radicalmente. Yo recuerdo haber visto muchas veces en Tarifa, por ejemplo, antes de que sus habitantes convirtieran el ventarrón en producto de interés turístico, a la gente desquiciada por mor de visitante tan molesto.

Cantidad de veces tuve la oportunidad de charlar con representantes, llamados agentes comerciales desde no sé cuándo, y me contaban lo siguiente: cuando en la provincia de Cádiz hace levante..., lo mejor es suspender las visitas a los comercios. Porque está demostrado que no sólo nos reciben de uñas los encargados de hacer los pedidos, sino que no vendemos. Y además nos exponemos, por el motivo más nimio, a perder los clientes.

Del viento de levante se ha escrito mucho. Y no sólo por demostrar como influye decisivamente en el comportamiento de las personas, que ya es asunto importante, sino para resaltar los perjuicios económicos que causa. Por ejemplo: las playas que sufren el azote de este viento ven mermadas la afluencia de turistas. Verbigracia: por mejores que sean las playas del litoral gaditano, siempre serán menos codiciadas que las situadas en la Costa del Sol. Porque éstas se hallan más abrigadas. Más resguardadas de un elemento necesario pero que trastorna de cabo a rabo.

Se me viene a la memoria cuando en esta ciudad, allá en los comienzos de los ochenta, soplaba el levante y los barcos dejaban de navegar. Y se armaba la marimorena en la estación marítima. Y había que ayudar a la gente de menos posibles para que durmieran al menos con mantas prestadas por el ejército. En cambio, los que tenían buena cartera se quedaban alojados en Hotel La Muralla y bebían y comían a discreción. Los tiempos han cambiado. Pero el levante no. Y cuando éste se desmelena, a pesar de que los barcos que hacen la travesía son mejores en todos los aspectos, la ciudad queda aislada por mar. Y todos nos sentimos fastidiados. Y raro es no oír por la calle eso de que ni los barcos están saliendo...

El jueves, sin ir más lejos, yo supe que el tráfico marítimo estaba cortado porque acudí, como cada mañana, a comprar la prensa. Es decir, todos los periódicos que leo cada día. Sí, por más que tengo la posibilidad de leerlos en internet, me gusta mucho más palpar el papel. Pasar las páginas. Impregnarme de sus olores. Y es que donde se ponga un periódico escrito, quítense todos los digitales del mundo.

Así que fui al quiosco de costumbre y comprobé que en el mostrador sólo estaba ‘El Pueblo de Ceuta’. Y sentí una alegría agridulce. Me explico: a mí me produce sensación de aislamiento cada vez que se corta la ‘carretera marítima’. Aunque no llego a padecer de claustrofobia. Ese temor enfermizo a estar en espacios cerrados. Luego, pasado ese primer momento de malestar, porque a lo bueno nos adaptamos todos más que pronto, dije para mis adentros: ¡Albricias! ¡Aleluya! Exclamaciones alegres y lógicas al ver cómo el periódico en el cual escribo había sido el único capaz de sortear las inclemencias del tiempo. Día, pues, de felicidad. Y pensé también, cómo no, en esa vulgaridad de ajo y agua.

(Por pensar de manera brillante y obrar con recto proceder, diariamente, hago mención especial de intelectuales (!) como Ana María Dueñas Ponce, Fernando Caracena Márquez y Ernesto Sáenz)
 

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