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OPINIÓN - MARTES, 4 DE MAYO DE 2010

 

OPINIÓN / ESPAÑA CAÑÍ

Rachid el Rifeño
 


Nuria Van Den Berghe
nuriavandenberghe
@elpueblodeceuta.com
 

Dice mi maestro del alma, el doctor Deepak Chopra, de cuyos sabios consejos bebo ansiosa para potenciar mi neuroplasticidad cerebral, que mientras mantengamos nuestra capacidad de aprendizaje y de sorpresa nos mantendremos jóvenes. Entonces supongo que, en determinadas profesiones, en las que no quedan más huevos que estar en contacto directo con el dolor ajeno y encima no crear callos en el alma sino desarrollar la empatía, en esas profesiones nunca pasaremos de una madurescencia o madura adolescencia.

Es decir, la curiosidad, la capacidad de sorprenderse y conmoverse y el entusiasmo de los más jóvenes salpimentado por lo mucho vivido y apencado por quienes pasamos de las fechas del DNI y nos guiamos por el día y el año marcados por el corazón. ¿Qué murmuran con mirar de vicuñas estrábicas? ¿Qué si les voy a ofrecer algunos de mis inventos caseros anti-aging cardiosaludables? Pues no, el tema va de corazón y de capacidad de emocionarse y de un joven marroquí preso desde hace casi dos años en una cárcel andaluza, Rachid el I. un camarero de poco más de veinte años acusado de asesinato ¡tomen ya!. En ese largo periodo había sido visitado una vez por un abogado, hasta que entró en su módulo el tangerino Rachid N. un hombre bueno, un amigo entrañable de Marbella y la suerte del joven cambió. Y yo he recibido una lección impagable defendiendo a este camarero rifeño, como servidora, que nos puso hace pocas fechas firmes a Juan Antonio Roca y a mí en el locutorio de abogados. Una visita en la que llamé a mi compadre Juan Antonio para comentarle un tema y al rifeño para darle noticias de su asunto “Mira hijo, no han encontrado el ADN del muerto en tu ropa, ni el arma del crimen, ni tienen más pruebas que suposiciones porque el difunto te debía veinte euros y en las ropas del fallecido no puede comprobarse si existe tu ADN porque las han perdido, así que o aparecen las ropas o pido nulidad”. En el pequeño cubículo acristalado se sentaban Roca y Rachid, porque con los dos puedo hablar al tiempo ya que ninguno tiene nada que ocultar y encima son amigos y encima Juan Antonio es para los presos como el bálsamo de fierabrás, a todos ayuda, a todos atiende y a todos anima con bromas comparando su triste situación con la de ellos. Roca animaba al rifeño “Amigo, ya estás en la calle, tu confía!” Rachid nos miró con gesto serio “ He estado dos años aquí. Sin ver a nadie. Soy un camarero y con mi sueldo ayudo a mis padres en Alhoceimas. Nunca he tenido para pagar a un buen abogado. Yo sé que es más fácil “echarle la culpa al moro” y todos los del módulo me lo decían “Estás arruinado” pero yo todo los días rezaba y rezaba a Dios y le decía “Dios, ayúdame…” y no me importaba que pasaran los meses, yo no me cansaba de rezar a Dios y de pedirle que me ayudara y entonces, un día, llegó a mi módulo Rachid de Marbella y aquí estoy…Dios me escuchó” Juan Antonio miraba fijamente al joven, extendió la mano y le apretó el hombro con fuerza, con esa fuerza que da la fe, la convicción de que, el buen Dios, escribe derecho con renglones torcidos y con la certeza de que, a los creyentes, nos ha tocado la lotería del Universo. Y es que, el amor a Dios, la confianza total en que está y va a aparecer, nos hace echarle huevos al cada día y aunque a veces parezca que no esperamos nada, somos por nuestra fe, el corazón mismo de la esperanza.

Esta escribidora, hoy se siente una teenager, una jovencita que, aunque peine canas teñidas, siente la emoción y la ilusión de quienes empiezan el camino y el ansia de aprender de seres humanos como Rachid de Alhoceimas, mi defendido. Y defenderle me hace sentir una persona muy principal. Si ustedes son creyentes sabrán el por qué.
 

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