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OPINIÓN - MARTES, 1 DE JUNIO DE 2010

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

En el refugio de Quevedo
yo también pude vivir para mí

 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Quevedo vive, y puedo dar fe que no malvive, puesto que todo el pueblo de Torre de Juan Abad está volcado con él; un municipio de la España profunda, con unas gentes hospitalarias como pocas, ejercitadas en saber leer los renglones de la existencia a través de las edades del tiempo, situado en una provincia que te enamora, Ciudad Real, donde la belleza se injerta en cada rincón, porque así es el poético campo de Montiel. Con apenas una superficie de tres centenares de kilómetros cuadrados y una población que ronda el millar de habitantes, este caminante de sueños, junto a otros caminantes de la ciudad multicultural de Federico García Lorca, padres todos ellos de la Escuela de Padres “el Carmelo”, quiere participar su paso por tan noble villa, lugar que graba el recuerdo para siempre. Resulta vivamente emocionante sentir el pensamiento del señor de la Torre de Juan Abad y caballero de la Orden de Santiago, el eterno Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas, y pensar en el sentimiento del poeta, enraizado a estas gentes de bien, con puro corazón Quevediano, nombradas como Torreños y renombradas por servidor, como almas del verso.

La Casa Museo Francisco de Quevedo, ubicada en Torre de Juan Abad, es hoy un valioso centro cultural, gracias a la incondicional y generosa entrega de José María Lozano Cabezuelo; un Quevedista de primera división, que multiplica sus investigaciones restando horas al sueño, para adentrarse en el periodo que va desde 1610 a 1645, momento en el que vivió en esta casa durante más de siete años el poeta, siendo varias las razones que motivaron esta estancia. El origen de la vinculación con este pueblo se remonta a los veintidós pleitos que duraron toda la vida del escritor, mantenidos con el concejo por el cobro de la deuda contraída por su madre María de Santibáñez, quien el 24 de noviembre de 1598 entregó a la villa la cantidad de 3.084.500 maravedíes, a través del préstamo hipotecario llamado censo. Dos veces le señalaron a Quevedo por cárcel la Torre de Juan Abad, con orden de “no salir de ella en sus pies ni en ajenos sin licencia”, pero si nos atenemos a sus palabras, aquellos forzados destierros fueron aprovechados por el poeta como unos agradables y provechosos retiros: “Los jueces me han condenado a destierro de la Corte; yo a ellos a permanencia en la Corte y en la cortedad… Puedo estar apartado, mas no ausente; y en soledad, no solo”.

Entérese, pues, el mundo: Quevedo mora en Torre de Juan Abad. Él es el gran tesoro. En este pueblo todo exhala su obra y su vida. En los balcones de las casas siempre saluda Quevedo. En la mesa todas las viandas desprenden las caricias de Quevedo. Ciertamente, por todas las venas de sus inmaculadas veredas, la ronca y enternecedora voz Quevediana crece como alta llama, haciéndose presencia y presente, lluvia de luz permanente, vida que convida a soñar y ver. Aquí se versa y conversa bajo el timbre de Quevedo. A todas horas, a tiempo completo. Se recapacita a su manera, hondo y en silencio, saben que “los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”. Con razón es un pueblo para el descanso, para conocerse y reconocerse, para amarse, que es anterior a poder amar. Su alcalde, Emilio Molina García, que aparte de ser el regidor del lugar fabrica los mejores panes y dulces de la comarca gracias al amor que pone en ello, claro está con la bendición de Quevedo de que “sólo el que manda con amor es servido con fidelidad”, sabe también que potenciando las artes y las letras, o sea el cultivo de la autenticidad y del ingenio, se aprende a vivir y a convivir mucho mejor. No en vano, en Torre de Juan Abad es donde mejor se escuchan los conciertos de órgano, saben a gloria como en ningún sitio, lo hemos podido asimismo vivir, quizás porque también llevan la aprobación de Quevedo de “elevar nuestra alma a su Creador”.

Sin duda, los momentos sonoros del órgano, instrumento que se conserva totalmente original desde su construcción en 1763, también nos acercan los abecedarios de Quevedo. Servidor que ha podido disfrutar de sus sones e incluso divisar al poeta cómo daba vítores de gozo, se queda sin verbo para poder describir la sensación. Palabra. ¿Cómo es posible, se preguntarán los lectores, que un pueblo de tan escaso número de habitantes pueda ofrecer un ciclo internacional de conciertos con tanta altura? Urbano Patón Villarreal, párroco dotado de grandes cualidades humanas, que sabe que la música es capaz de abrir las mentes y los corazones a la dimensión del espíritu y llevar a los personas a levantar la mirada hacia la altura, a abrirse al bien y a la belleza absoluta, nos da respuesta a nuestro interrogante: “ El número de habitantes es pequeño; pero la calidad sonora del órgano, con sus casi mil tubos, es muy grande; por eso cada año son más los organistas que quieren conocerlo y participar en sus ciclos y cada vez es más numeroso el número de aficionados que acuden a los conciertos, incluso desde otras provincias. Tenemos lo más importante, el órgano; y la buena disposición de los organistas, que anteponen su arte y su buen hacer musical a los recortes presupuestarios que nos afectan”.

He aquí los próximos conciertos en los que intervienen grandes maestros internacionales como Joris Verdin (19 de junio), Uriel Valadeau (13 de agosto), Iris Eysermans-M. Noelle Bette (28 de agosto), Il Parnaso Musicale (10 de septiembre), Anselmo Serna (30 de octubre)…; junto a otras promesas castellano-manchegas y nacionales como: Liltel Negro-Sofía Pintor (11 de agosto), Ángel Montero (21 de agosto), Antonio Zapata (7 de septiembre), María Huertas (10 de septiembre), Mª Ángeles Jaén (9 de octubre), Jesús Ruiz (11 de septiembre), Alberto Ranninger (23 de octubre), Trio Organum (4 de diciembre)… Siguiendo la estela de Quevedo de que “no es sabio el que sabe donde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca”; estas gentes a las que me consta les afana la música, han conseguido a través de ella que Torre de Juan Abad tenga el mayor de los caudales, la libertad que impregna amar lo armónico y tener siempre a mano la melodía como alimento del alma. En suma, es Torre de Juan Abad un paraíso para perderse, un edén para hallarse, un olimpo para sentirse poeta, un vergel para descubrir que “nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y de costumbres”.

Aquí la vida, es cierto, se ve de otra manera. Comprendo el gozo de Quevedo en su recogimiento y hasta lo envidio.
 

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