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OPINIÓN - DOMINGO, 27 DE JUNIO DE 2010

 

OPINIÓN / EL MAESTRO

¿Funciona el binomio escuela-familia?
 


Andrés Gómez Fernández
andresgomez@elpueblodeceuta.com

 

Es frecuente que en mi diario caminar por diferentes lugares de nuestra ciudad, que me encuentre con un antiguo alumno o alumna de mis colegios “Santiago Ramón y Cajal” y “Juan Morejón”. En general, siempre hay entre los dos un intercambio de “episodios pasados”, a veces simpáticas anécdotas, que muy bien pudieran ser contenidos de un cuarto libro. La tentación está ahí.

En reciente encuentro con un ex¬-alumno, de grato recuerdo, me expone los problemas que le están ocasionando sus dos hijos, en el aspecto disciplinario y, consiguientemente, el rendimiento escolar. Le preocupa mucho el problema del hijo mayor, alumno de 3º de la ESO, que con la entrega de las notas finales de curso, ha batido el record de materias suspendidas, que no podrá recuperarlas en Septiembre.

Con el citado hijo tiene una relación “tormentosa”, que ya no es sólo el rendimiento escolar, sino pretender imponer su santa voluntad desplazando a la autoridad paterna. Ya no es “vuelve temprano a casa” sino “vuelvo a la hora que me apetece”.

El compungido padre, junto a su esposa no saben lo que hacer, ya que ven que su joven hijo se les está escapando de sus manos.

Y como no podía ser de otra forma, arremete contra el sistema educativo –muy distinto al que él le correspondió-, con la escuela en concreto, sin reconocer que, en general, los padres actuales pecan de exceso de proteccionismo y permisividad, olvidándose que la educación “implica como objetivo prioritario la independencia del sujeto, con más seguridad en si mismo e intentar que el sujeto sea capaz de reforzar su autoestima.

Es bueno que sepamos –opinión muy acertada del filósofo, Sr Marina- que la educación tiene dos partes: la instrucción (conocimiento académico) y la formación del carácter (conjunto de recursos afectivos, intelectuales y morales). La escuela y la familia deben estar implicadas y de forma coordinada en ambas parcelas, trabajar mano a mano.

Muchas veces, desde el Colegio depuran responsabilidades: se quedan con la primera parte, la de instruir académicamente, opinión de mi atribulado ex-alumno. Eso es absolutamente improcedente y no se puede tolerar. La escuela educa quiera o no quiera, y a veces lo hace por omisión. Es anticuado y nefasto educativamente que los docentes piensen que sólo tienen que instruir: semejante distribución de funciones es suicida, no funciona y jamás funcionará.

También mi ex-alumno, quizás en la búsqueda deseperada de dar una solución al problema de su hijo, intentando una mayor relación o aproximación, ha pretendido ser “amigo” de su hijo. Ser amigo del vástago de cada uno es una utopía. Es una equivocación. Padre e hijo no son amigos, cada uno tiene una postura distinta: a los chicos les puede resultar cómodo en un primer momento, pero acaba riendo de la situación. El adolescente necesita independizarse de su familia, sin perder los lazos afectivos: los hijos precisan tener algo respecto a lo que separarse, la percepción de que son autónomos, pero que eligen ni desvinculándose de la familia. Los padres son puentes de referencia, una pared fija y estable con la que el chico puede jugar al frontón y para devolverle la pelota a su hijo. Esta pared tiene que ser firme.

La relación escuela-familia ha pasado por diversos momentos. En principio, la familia confiaba plenamente en el maestro. Todo le parecía bien. De hecho, si se le iba al maestro un poco la mano, ni se enteraban, porque sabía que el padre la emprendía a palos con él. Salvo en casos de “daños mayores” era cuando se manifestaba la familia, pidiendo explicaciones al maestro. Prevalecía la autoridad del mismo.

Con la implantación de la Ley del 70, la añorada EGB se pone de manifiesto la obligatoriedad de la participación de la familia en la escuela. Se constituyen la Asociaciones de Padres, representaciones en los Consejos Escolares, la conveniencia de asistir a las Reuniones de Padres, convocadas semanalmente por el Tutor y, por supuesto, comunicación directa por cualquier medio con los tutores.

Estas actividades, dentro de lo posible, se llevaban a cabo en todos los centros escolares y, me consta que las primeras experiencias fueron muy positivas, consiguiéndose buenos resultados.

En algunos centros se constituyen las llamadas Escuelas de Padres, cuya finalidad iba dirigida a conseguir una mayor concienciación y responsabilidad sobre el hecho educativo.

En los momentos actuales, con los niños en pie de guerra, crisis de autoridad y la problemática conciliación familiar, ser padres es el reto más comprometido al que se enfrenta el ser humano, problema intricado en los tiempos modernos.

En el caso de mi ex-alumno, que se siente enormemente confundido, sin saber cómo actuar. Forma parte, sin duda, de un amplio colectivo de padres muy preocupados por la educación de sus hijos, donde la mayoría no saben, cómo, cambiando de actitud, conseguir el equilibrio que necesitan.

Para estos casos, desde hace tres años, funciona la Universidad de Padres, creada por el filósofo y pedagogo José Antonio Marina, con el objetivo de llevar a cabo su “movilización educativa” hasta las últimas consecuencias y decidido a involucrar a toda la sociedad española en la tarea de mejorar la educación, potenciar en los niños un ideal del mundo rico en valores, pensamiento creativo, tono optimista y libertad libre.

Una buena oportunidad para mi ex-alumno, teniendo en cuenta que todavía está a tiempo. ¡Nunca es tarde!
 

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