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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 14 DE JULIO DE 2010

 

OPINIÓN / EL OASIS

Pepe Reina
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Cuando empiezo a escribir, trato de volver a la realidad: la realidad para mí es contar cosas relacionadas con la ciudad. Que es lo que más le interesa al editor y sobre todo a los pocos lectores que deciden soportarme cada día. Pero debo confesar que la tarea me resulta complicada. Porque tengo asumido que ni hablando de cuestiones relacionadas con Juan Vivas me sería posible interesar lo más mínimo. Pues en estos momentos, y los que te rondaré, morena, el personal sólo quiere seguir hablando y que le hablen de cuanto ha acontecido en Sudáfrica.

Del país donde Vicente del Bosque ha regresado convertido en el hombre ideal de una España que suspira por la forma de ser de un salmantino que en su momento Florentino Pérez tachó de estar pasado de moda para seguir entrenando al Madrid. Y es que Florentino y Valdano se decidieron, entonces, por la apostura de Carlos Queiroz: portugués versado en idiomas y con aires de galán al estilo de Ricardo Montalbán.

Vicente del Bosque, dado que el éxito ha sido frecuente en su vida, sabrá sobradamente que éste es como el whisky: la primera copa tonifica, la segunda excita, la tercera trastorna y la cuarta tumba. (como estoy citando de memoria, me van a perdonar que no escriba el nombre de su autor).

Ahora bien, los éxitos de Del Bosque y Vivas –excusen la comparación con el presidente de la Ciudad- tienen para mí un pero: apenas son envidiados. Así que habría que preguntarles a ambos si los éxitos acumulados, por la razón apuntada, les producen menos satisfacción. La satisfacción parece anidar permanentemente en Pepe Reina. Prototipo de hombre feliz y que da muestras evidentes de querer a cuantos le rodean. Y lo hace proyectando su felicidad sobre ellos.

El portero del Liverpool, como ya lo hiciera cuando España ganó la Copa de selecciones europeas con Luis Aragonés, hizo un monólogo para poner fin a un recibimiento triunfal y multitudinario de la selección por las calles de Madrid. Viéndole actuar, además de quedar cautivado por el personaje, se me viene a la memoria la siguiente frase:

-No hay cosa más difícil que reconocer el éxito de los demás; el inteligente multiplica los éxitos del otro y el torpe les resta importancia (José Luis Iborte Baqué).

A Pepe Reina el pensar bien le debe costar menos trabajo que seguir manteniendo la titularidad en su equipo y mucho menos que ser tan extraordinario portero. Por una sencilla razón: nació suficientemente inteligente como para no tener que entrenar tal facultad.

Sí, ya sé que a su padre, Miguel Reina (magnífico guardameta. A quien conocí cuando con doce años se pasaba las horas muertas en el campo del Arcángel cordobés, detrás de la portería donde se entrenaba Benegas), le hubiera gustado que su hijo, además de gozar de esa fama antedicha, jugara más veces con la selección. Pero no todo es posible en esta vida. Porque de ser así, Pepe tendría ya los suficientes enemigos como para no tener tiempo de pensar en monólogos generosos.

Motivo: en esta tierra, se puede ser el primero en algo. Pero ser el primero en algo y, además inteligente, es causa de persecución diaria. Por culpa de la maldita envidia.
 

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