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OPINIÓN - DOMINGO, 15 DE AGOSTO DE 2010

 
RELIGIÓN / CARTA PASTORAL

Fiesta de la Asunción

Por Monseñor Ceballos Atienza


La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, que se celebra el 15 de agosto, es para los cristianos una invitación a la esperanza y a cantar con María y en María la gloria de Dios. Ella, terminado el curso de su vida en la tierra, por haber vivido tan íntimamente unida a su Hijo, Jesucristo, lo siguió también en su glorificación a los cielos, sin conocer la corrupción del sepulcro.

 María en su gloriosa Asunción en cuerpo y alma al cielo, como reflejo y consecuencia de la Ascensión del Señor, su Hijo, es una demostración del poder y de la bondad infinita de Dios, que triunfa sobre todos los poderes de este mundo, aún sobre la misma muerte.

 El pueblo cristiano, tanto de oriente como de occidente, ha creído y celebrado desde antiguo este misterio y esta fiesta de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma al cielo, que en el oriente cristiano se denomina y representa como fiesta de la dormición de María, rodeada de los apóstoles.

 La fiesta de la Asunción de Nuestra Señora a los cielos es también nuestra fiesta. No sólo porque es una gran fiesta de María, nuestra Madre, sino porque es anticipo y prenda de nuestra propia glorificación. María como primera y fidelísima discípula de su Hijo Jesús nos precede en la fe, en la esperanza y en el amor, y ahora ya también en la gloria junto a su Hijo.

 El Papa Pío XII, en la Bula Dogmática Munificentissimus Deus (1-11-1950), llevó a cabo la definición dogmática de esta verdad de fe cristiana. Sus palabras fueron estas: “Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad...., pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de fe divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (n. 37).

 María asunta “brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, n. 68).

 La celebración de la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora es para nosotros, por lo tanto, una invitación a la esperanza cristiana. También nosotros, como María, seremos glorificados en cuerpo y alma porque pertenecemos, como Ella, a la familia de su Hijo: somos miembros del mismo cuerpo del que su Hijo es la Cabeza. Si Él ha sido glorificado y ha hecho ya partícipe a su Madre de su gloria, también nosotros vivimos con la esperanza de que un día seremos glorificados.

 Toda la humanidad y la creación entera serán definitivamente redimidas, con su condena, esclavitudes e imperfecciones, del pecado y de la muerte, cuando todo sea definitivamente recapitulado en Cristo.

 Pero, sobre todo, cada uno de nosotros, que nos debatimos abrumados y condicionados por el peso de nuestra naturaleza limitada y mortal, seremos liberados de toda esclavitud y, especialmente, de la muerte y del pecado para participar con el Señor y con su santa Madre de la bienaventuranza definitiva en cuerpo y alma en la gloria.  Vivir de la esperanza y en la esperanza nos conducirá a ponernos en el camino que nos conduce a esa meta siguiendo las huellas del Señor y de su Madre y Madre nuestra, María.

 La esperanza pone en marcha toda la capacidad que Dios ha colocado en nosotros para emprender y continuar el camino que conduce a la meta que el Señor y María ya han alcanzado, y que nosotros esperamos y deseamos alcanzar.

Reza por vosotros, os quiere y bendice

Obispo de Cádiz y Ceuta.
 

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